Constantino Urcuyo. 28 agosto

El país se ha visto sacudido, en el último año, por sucesivas ondas de emociones extremas e intensas que conmocionan las conciencias. Las voces punitivistas con intenciones electoreras trataron de exacerbar sentimientos populares afectados por la ola de delincuencia y ofrecieron manos duras y superduras.

La opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos desató todos los miedos y prejuicios inconscientes y dio pábulo para que la homofobia se transformara en una fuerte corriente de intolerancia y exclusión.

Hay que insistir en el peligro que representa pasar fácilmente de no creer en nada a creer en cualquier cosa, caldo de cultivo del extremismo

La segunda ronda electoral permitió la vinculación de la homofobia con el fundamentalismo religioso. Los fanáticos introdujeron al diablo como inspirador de los homosexuales y, en su desborde, acusaron de satánica a la Virgen de los Ángeles.

El delirio del fanatismo, la intolerancia por el Otro y su diferencia se expresan hoy en el paroxismo xenófobo y agresivo contra nicaragüenses en el parque La Merced.

El aumento de los feminicidios y de los crímenes violentos parece señalarnos que todos estos fenómenos están conectados.

Los grandes cambios estructurales de los últimos años, diversificación de la producción, urbanización y apertura al mundo explican mucho. La erosión de las instituciones, parálisis legislativa y actos de corrupción en distintos ámbitos generan profunda desconfianza y la búsqueda de soluciones inmediatas.

Tradición a prueba. Las transformaciones en los sistemas valóricos ponen en duda las conductas tradicionales, en una colectividad en agudo proceso de transición hacia destinos desconocidos. Hay que insistir en el peligro que representa pasar fácilmente de no creer en nada a creer en cualquier cosa, caldo de cultivo del extremismo.

¿Qué nos pasa como sociedad cuando generamos irrespeto, intolerancia y violencia? ¿Por qué resolvemos los conflictos de la convivencia acudiendo al insulto en las redes o al simplismo de creer que con endurecer las leyes penales se resolverá la delincuencia? ¿Por qué somos incapaces de aceptar que la sexualidad tiene múltiples formas de manifestarse y no es por inspiración de fuerzas demoníacas?

¿Qué ocurre con los hombres que se niegan a aceptar a las mujeres como iguales y tratan de imponer de manera sangrienta la ley de un patriarcado que no se sostiene más? ¿Por qué nos negamos a entender que los nicaragüenses que llegan a nuestra tierra vienen en busca de una vida mejor o huyen de la persecución política, que nuestra porosa frontera nunca logrará detener esa marea de desesperación y sufrimiento causada por décadas de autoritarismo dictatorial?

Las soluciones no son fáciles. Con respecto a la criminalidad, tenemos lustros de apostar por la mano dura, aumentar penas, crear Policías y jurisdicciones especiales, y el problema sigue. La guerra contra las drogas es fallida mientras los grandes países consumidores no se impliquen seriamente en resolver el problema de su demanda interna. Estamos ante el fracaso de una lucha de cuarenta años sin logros sobresalientes y tampoco parece tener fin.

Desempleo. En cuanto a la delincuencia común, las soluciones pasan por lo que el presidente, Carlos Alvarado, llamó una respuesta integral. No basta con megaoperativos policiales y estadísticas de decomisos. Es imperativo que en las zonas conflictivas se ejecuten políticas públicas que atiendan el problema del desempleo y la violencia desde una cultura de paz, lo cual incluye educación, esparcimiento y deporte.

Equipos de trabajadores sociales, sociólogos, sicólogos y recreacionistas, trabajando interdisciplinariamente, será más productivo a mediano y largo plazo que la intervención policial puntual en las barriadas.

La conexión que generan las redes sociales debería promover los valores del diálogo y el respeto a la opinión del Otro. No basta con endurecer la legislación contra los delitos que se cometen en esos espacios; lo importante es un esfuerzo incansable de mercadeo social, similar al que efectúa la CCSS con la salud física y la promoción del respeto a la dignidad humana, mediante una comunicación adecuada.

Todas las religiones deben respetarse, pero también tolerar a quienes no creen. Quienes acepten sus cánones pueden hablar del pecado o las amenazas del infierno, pero sus líderes no deben estigmatizar a quienes no forman parte de sus organizaciones ni promover solapadamente el desprecio por la libertad de conciencia y pensamiento.

Los credos religiosos están adscritos a la ley civil, que es independiente y obligatoria para todos, la indiferenciación entre lo religioso y lo secular reina en el mundo islámico, pero Occidente lo superó desde el Edicto de Nantes (1598). En Costa Rica el divorcio es legal desde el siglo XIX y la Iglesia católica no lo acepta. Esas contradicciones afectan la convivencia social.

Uso del miedo. Los extremismos más diversos se nutren de la construcción de enemigos absolutos. El homófobo como el populista punitivista o el xenófobo tienen necesidad del fantasma. En un caso, hablan de los normales frente a los pervertidos; en el otro, del autoritarismo frente a los transgresores y, en el último, de los ticos puros frente a los indeseables nicas. Comparten la debilidad de identidades que los obliga a buscar refuerzo en el adversario externo y no en la fortaleza espiritual propia, utilizan el miedo para movilizar las pasiones más primitivas al servicio de las pulsiones de castigo o de revancha.

Frente a la crisis de identidades es necesario plantear el valor de la mezcla cultural, lo irrisorio de identidades puras en un mundo globalizado e interdependiente, donde la contaminación de culturas y genes potencia a la humanidad.

La crisis nicaragüense no es única, el mundo experimenta maremotos migratorios que no se detienen ni con policías ni con nuevas leyes. Lo que sucede en el norte tardará en resolverse y nuestra participación política internacional, al igual que lo están haciendo otras naciones, es uno de los primeros elementos para resolverla y evitar que la desintegración del régimen o una guerra civil causen problemas mayores.

Recurrir al Alto Comisionado de la Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) es una ruta inevitable para ayudarnos a mitigar, no a eliminar, el impacto de nuevos flujos migratorios. Los grandes países amigos de América y Europa pueden ser pilares para construir una salida al problema, la cooperación internacional es otra vía para disminuir el impacto de esta situación en nuestro país.

Es evidente que la xenofobia no resuelve nada, crea conflictos internos y es la mejor excusa para el dictador del norte, quien tratará de crear unidad en torno a supuestas persecuciones de sus compatriotas en suelo costarricense y le echará gasolina al fuego de una confrontación con Costa Rica para desatar el nacionalismo en Nicaragua.

Prudencia, sensatez y cautela. No debemos darle excusas a Ortega, pero, sobre todo, no debemos alterar el ritmo normal de nuestra convivencia. La respuesta a la xenofobia y a los grupos neonazis ha de ser fundamentalmente política, pero enérgica en la reafirmación de nuestros principios.

Costa Rica es democrática y solidaria, respetuosa de los derechos humanos. Cultivar el odio solo incrementará la violencia. Más bien, visibilicemos y combatamos a los responsables del extremismo. Frente a quienes sufren persecución, no podemos refugiarnos en lo que el papa Francisco bien ha definido como la globalización de la indiferencia.

El autor es politólogo.