Modi Mwatsama y Howard Frumkin.   28 enero

LONDRES – No existe país en el mundo que no esté lidiando con las consecuencias graves para la salud y el medio ambiente de las dietas de su pueblo. Tiene que haber una mejor manera de alimentar a todos bien y de manera sustentable.

Tal como están las cosas, aproximadamente 820 millones de personas en todo el mundo carecen de alimentos suficientes y muchos más –por lo general en los mismos países– consumen alimentos poco saludables que provocan obesidad, enfermedades cardíacas, diabetes y otras afecciones que limitan la vida. Los riesgos para la salud que implica la mala alimentación hoy superan el impacto combinado del alcohol, del cigarrillo, del sexo no seguro y del consumo de drogas.

En el frente ambiental, la producción global de alimentos es la mayor presión que ejerce el ser humano sobre los recursos del planeta: utiliza el 40 % de la tierra del mundo y el 70 % de su agua dulce. También contribuye sustancialmente a aumentar las emisiones de gases de tipo invernadero, la pérdida de biodiversidad, el surgimiento de zonas muertas en los océanos y la deforestación.

Los riesgos para la salud que implica la mala alimentación hoy superan el impacto combinado del alcohol, del cigarrillo, del sexo no seguro y del consumo de drogas

Frente a las estimaciones de que la población global alcanzará los 10.000 millones de habitantes en el 2050, el reto de alimentar al mundo de una manera saludable y sustentable no hará más que agudizarse. Hacer frente a este desafío exigirá cambios sistémicos importantes y de largo plazo.

Un buen lugar para empezar es el conjunto de lineamientos basados en la ciencia que acaba de difundir la Comisión EAT-Lancet sobre Dietas Saludables a partir de sistemas alimentarios sostenibles, financiada por Wellcome (con quienes nosotros dos estamos asociados).

En la dieta propuesta “ventajosa para todos”, aproximadamente un tercio de las calorías se obtendrían a partir de granos enteros y tubérculos; la proteína provendría principalmente de plantas, aunque también se incluiría alrededor de 15 gramos de carne roja por día; y se consumiría diariamente alrededor de medio kilo de frutas y verduras. En promedio, la dieta reduciría a la mitad el consumo global de carne roja y azúcar, y cuando menos duplicaría la cantidad de frutas, verduras, frutas secas y legumbres que se consume hoy a nivel mundial.

Por supuesto, dada la diversidad de los sistemas alimentarios en todo el mundo, para no mencionar el papel de la cultura y la tradición en la formulación de las dietas, sería necesario adaptar componentes específicos a las necesidades y gustos locales. Pero, si todo el mundo adoptara una versión de esta dieta, hasta 11,6 millones de muertes prematuras vinculadas con la alimentación podrían prevenirse cada año.

El informe de la Comisión establece estrategias claras para que esto suceda, según las cuales organizaciones internacionales y gobiernos nacionales tomarían la delantera a la hora de garantizar que existan dietas saludables y sostenibles y que resulten atractivas y asequibles para todos. Su implementación requerirá, primero y principal, una revisión de los sectores agrícolas de los países, para asegurar que estén ofreciendo los componentes necesarios de la dieta.

En lugar de basar sus decisiones exclusivamente en los niveles de producción, los agricultores tienen que producir productos suficientemente diversos y adoptar prácticas sustentables. Con ese fin, será necesario crear incentivos efectivos.

Es más, en los países de bajos ingresos, fortalecer la infraestructura que vincula a las comunidades agrícolas rurales con los centros urbanos favorecerá un mayor acceso a productos frescos y saludables, al tiempo que se reducen los desechos asociados con el transporte. En verdad, si tenemos en cuenta toda la cadena de suministro, casi una tercera parte de los alimentos producidos a nivel mundial se está desechando. En este escenario, los programas nacionales de reducción de desechos tendrán que complementarse con una mayor inversión en infraestructura.

De la misma manera, para garantizar una seguridad alimentaria global de largo plazo, deben destinarse más recursos al desarrollo de cultivos más nutritivos, de mayor rendimiento y más resilientes que puedan tolerar fluctuaciones de temperatura, tiempo extremo y pestes. No importa qué semillas nuevas se desarrollen, deben estar a disposición y resultar asequibles para los agricultores en todo el mundo. Mientras tanto, los agricultores en regiones áridas necesitan un mejor acceso a los cultivos existentes tolerantes a las sequías, como la legumbre caupí alta en proteínas, para poder proteger el suelo y preservar la humedad.

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En términos más generales, una dieta sostenible exige que el mundo mejore su gestión del planeta. Esto implica tomar medidas no solo para desacelerar la deforestación, sino también reforestar la tierra degradada, así como proteger la biodiversidad marina e impedir la expansión de tierra agrícola.

El informe de la Comisión EAT-Lancet no tiene todas las respuestas. Es necesario seguir trabajando, por ejemplo, para determinar la mejor manera de transformar la producción de alimentos en ambientes de bajos recursos. Pero la estrategia basada en evidencia que defiende el informe ofrece un marco útil para todos los involucrados –incluidos gobiernos, productores y ciudadanos– para cooperar en la transformación de los sistemas alimentarios no sostenibles y garantizar una dieta saludable para todos.

Modi Mwatsama es directora de ciencia sénior en Sistemas Alimentarios, Nutrición y Salud en Nuestro Planeta, Nuestra Salud de Wellcome.

Howard Frumkin es director de Nuestro Planeta, Nuestra Salud de Wellcome. © Project Syndicate 1995–2019