Armando Mayorga. 21 noviembre, 2018

Salí de un colegio público en Limón y, gracias a Dios, en esos años no había un Albino Vargas, un Gilberto Cascante o una Mélida Cedeño que atentaran, como ellos, contra la calidad de la educación pública.

Estos tres nombres deben entrar en la historia de la educación, no por algo bueno, sino por empobrecerla al comandar una huelga que ni siquiera es contra un patrono, sino contra un proyecto de ley, el cual no es cosa nueva, pues en campaña todos todos los candidatos presidenciales dijeron que no había quite. Ahora, por populistas, y estar en la oposición, se quitan.

Esta generación de sindicalistas antepuso sus intereses personales a los de niños y jóvenes en condición económica vulnerable al negarles conocimientos durante dos meses

Esos tres sindicalistas son responsables directos de que miles de alumnos hayan perdido, hasta hoy, 54 días efectivos de clases, es decir, una cuarta parte del curso lectivo que debería de ser de 200 días.

Esta generación de sindicalistas antepuso sus intereses personales a los de niños y jóvenes en condición económica vulnerable al negarles conocimientos durante dos meses. Su gran contribución es hacer más grande la brecha entre estudiantes de centros públicos y privados.

Las cifras reflejan las dos Costa Ricas: en colegios privados aprueban el año académico el 93 %; en públicos, el 80 %. La tasa de repetición en privados es del 3 %; en públicos, del 13 %. El 85 % de los alumnos de privados aprueban el bachillerato; de públicos, solo el 55 %.

Ni se diga quiénes tienen más oportunidad de ganar un cupo en las pruebas de admisión a universidades estatales. Es obvio, los de privados.

Cascante, con total desfachatez, se dejó decir que la pérdida de días lectivos “son daños colaterales” porque ellos “luchan por un proyecto por Costa Rica, no solo por el magisterio”.

Falso. ¿Cuál “proyecto” y cuál “Costa Rica”? Su “proyecto” son los privilegios crecientes; su “Costa Rica” es el magisterio. Nada más.

La Costa Rica que sufre el daño colateral es la niñez que no puede pagar educación privada, los buseros que ya no llevan estudiantes, los pequeños negocios de fotocopiado, las librerías en quiebra, las pulperías, los vendedores de alimentos… Eso es maldad y los que hoy la sufren no lo deben olvidar. Aquí, sindicalistas que se jactan de ser del pueblo, atentan contra su propio pueblo. Maldad.

El autor es jefe de Redacción de La Nación.