Armando Mayorga.   11 julio

Patadas iban y patadas venían. Unos con botas de hule que les cubrían casi hasta la rodilla. Otros, con zapatos también de hule. Y, varios, descalzos. El equipo de niños corría animadamente de un lado a otro de la “cancha”, a plena carcajada, para quitarle la “bola” a su único contendiente, un hombre de 55 años a quien si acaso le llegaban a la cintura. “¡Vamos!, ¡una jugada al centro!”, les dijo él en un momento y la lata de atún salió disparada al campo de juego. Los chiquitos trataban de marcarlo. “¡Venga uno, venga el segundo, el tercero!” y, complaciente, Javier Román Arias se dejaba arrebatar la “bola”.

Ver al obispo, con apenas tres años en el cargo, llevar en persona un mensaje de solidaridad a costarricenses en el olvido, es ejemplar

Un momento después, la lata de atún se salió del campo, chirrió contra una piedras y uno de los futbolistas la tomó y la devolvió con una buena patada al área donde ese, el obispo de Limón, trató de tomarla, pero el pequeño lo burló muy bien.

El video lo retrata todo. Entre las montañas de Talamanca, la vida sí vale mucho y las penurias de los indígenas se eclipsan con cosas tan sencillas como una lata de atún convertida en “balón”.

El mismo obispo lo describió en su Facebook, junto al video de 50 segundos que publicó y que se ha hecho viral: “Ayer (domingo 8 de julio) en visita a la comunidad indígena de Alto Cohen me conmovieron estos niños. Son un ejemplo de que la felicidad no está en las cosas materiales, sino en nuestra capacidad de compartir y de ser felices en lo poco que se tiene”.

Observar ese “partido” lleva a pensar cómo muchos nos complicamos la vida al atarnos a lo material cuando, en la sencillez de las cosas, podemos disfrutar más de la existencia. Mirar ese “encuentro futbolístico” es significativo porque es un modelo de voluntariado, algo que los ticos tenemos muy relegado.

Ver al obispo, con apenas tres años en el cargo, llevar en persona un mensaje de solidaridad a costarricenses en el olvido, es ejemplar.

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Visitarles y oficiar una misa, cada mes, implica un viaje de dos horas en carro; luego, subir a pie durante poco más de hora y media, entre trillos, barro, piedras y ríos, apoyado en un bastón, para después iniciar el regreso al mediodía. El martes, al obispo aún le dolían la espalda y los brazos por el esfuerzo. Desde aquí, ¡aplausos, padre!

amayorga@nacion.com

Armando Mayorga es jefe de Redacción en La Nación.

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