7 noviembre

Un dato aterrador y vergonzoso saltó a la luz en estos días: en lo que va del 2019, en Costa Rica se ha registrado un feminicidio cada 28 días.

Sí, así como lo está leyendo. Este año, en “el país más feliz del mundo”, la violencia ya apagó la sonrisa y las ilusiones de 11 mujeres.

El dolor que sufren hoy decenas de familias por la pérdida de una madre, una hija, una hermana o una amiga debe despertarnos del letargo cómplice en que vivimos.

Ellas fueron víctimas de viejos demonios de nuestra sociedad: el machismo, la cobardía y esa retorcida idea de creerse dueño de alguien más.

El reciente asesinato de la universitaria Eva Morera Ulloa, a manos de su excompañero sentimental, evidencia cuán lejos estamos de erradicar este problema.

A sus 19 años, Eva soñaba con encontrar una solución a la ola de feminicidios que azota al país, e incluso ofreció ayudar a mujeres agredidas.

“Lo único que puedo hacer y sé que ustedes también pueden hacerlo, es dejar la crianza machista de lado; no tolerar los actos machistas”, escribió la joven en Facebook, en diciembre pasado.

Meses después, ella volvió a escribir en su perfil que en su familia no cabía el odio y trataba de educar a su pequeño hijo con mucho amor y valores.

Esas palabras salían de lo más hondo de su corazón y se nutrían de la amarga experiencia que ella misma estaba sufriendo.

Eva no pudo romper su propio círculo de violencia, pero su mensaje debe llevarnos a una profunda reflexión sobre nuestro papel en esta tragedia que desangra los hogares.

El dolor que sufren hoy decenas de familias por la pérdida de una madre, una hija, una hermana o una amiga debe despertarnos del letargo cómplice en que vivimos.

Tenemos la impostergable tarea de enfocar todas las baterías en la construcción de una sociedad justa, tolerante, respetuosa y solidaria.

Nosotros, los adultos, somos los primeros llamados a romper con los sesgos que arrastramos con respecto a los roles del hombre y la mujer.

Urgimos de un cambio sincero, profundo, que nos permita tomar acciones concretas para erradicar la desigualdad, el maltrato y la denigración.

Tenemos que salir del cómodo rincón desde donde vemos pasar las cosas y convertirnos en una fuerza proactiva para denunciar con firmeza los abusos.

La familia, la escuela, el colegio, la iglesia, los equipos deportivos y los clubes artísticos son sitios propicios para formar a las nuevas generaciones.

La Navidad no será igual este año para las familias de Eva Morera Ulloa y de las otras diez mujeres asesinadas. No permitamos que más personas pasen por lo mismo.

rmatute@nacion.com

Ronald Matute es jefe de Información de La Nación.