Armando Mayorga. 30 enero

Son personas de hierro. Literalmente. Impresiona verlas en la noche, bajo el sol o un aguacero dando pedal para llevar el pedido de comida a una casa o un lugar de trabajo. Quién sabe cuánto pesa la mochila térmica y el contenido que cargan los de Uber Eats, Glovo y otros que hacen ese trabajo en bicicleta, pero son varios kilos que significan esfuerzo físico, sudor, dolor de espalda e incomodidad para recoger y entregar el pedido a tiempo.

Estas personas, jóvenes y hasta muy canosas, son admirables porque, sin duda, son de esas que no hacen mala cara al trabajo honesto, por más duro que sea. Unas, vieron en su bicicleta una forma de obtener dinero para ayudarse con los gastos y, otras, definitivamente, se metieron a esto para ganarse la vida.

¡Son admirables! Son un ejemplo para miles de costarricenses que desprecian su empleo y que no tienen empacho en pedir más y más beneficios

La cantidad de repartidores que se ven en San José es un reflejo de la Costa Rica que descubrió la Encuesta Nacional de Hogares del 2018, donde la pobreza aumentó, en un año, del 20 % al 21,1 % de las familias, sobre todo porque los ingresos de los trabajadores independientes cayeron por la crisis económica y el desempleo que afrontan 205.000 personas que lo buscan, pero no encuentran.

Son el reflejo, también, de 965.000 trabajadores que tienen un empleo informal, pero sin garantías sociales.

Son el reflejo de San José, una de las zonas urbanas donde los hogares han sido más golpeados. En el 2017, el ingreso de las familias que se sostienen gracias al dinero que recibe un trabajador independiente era de ¢194.500 mensuales; un año después, cayó a ¢168.400, un 13,5% menos.

Lo preocupante de esta nueva clase laboral, es su condición actual y futura. Hoy, carecen de un seguro en caso de accidente, de ser atropellados por un vehículo o sufrir una caída. Con la dimensión de esas mochilas térmicas, las consecuencias de un golpe son mayores. Igualmente, algunos laboran en la noche sin luces que permitan distinguirles claramente. Son vulnerables al hampa porque todos saben que portan un celular con la “app” que los guía. Mañana, en su vejez, deberán acudir al auxilio del Estado porque nunca se preocuparon por cotizar, o no les alcanzó, para una pensión.

Repartir en bicicleta es un trabajo duro. Camino a mi casa, donde hay que subir buenas cuestas, los veo pedalear con dificultad o bajarse para empujar la bici porque la fuerza no da para más, todo, con el fin de ganarse, a lo sumo, ¢1.000 por el servicio completo.

¡Son admirables! Son un ejemplo para miles de costarricenses que desprecian su empleo y que no tienen empacho en pedir más y más beneficios.

Esta nueva clase laboral sí los necesita de verdad. Requiere que el Gobierno, la Asamblea Legislativa y el Poder Judicial pongan los ojos sobre ellos con el fin de darles mínimas garantías y regulación. Su problema es que no están organizados. Por eso, andan a la buena de lo que digan las transnacionales.