12 diciembre, 2019

Los últimos minutos del partido se vivían con mucha tensión en el estadio. Mi equipo perdía por dos goles y la tenue esperanza del empate mantenía a los aficionados en una angustiosa espera. En medio del envolvente silencio, un pequeñín, que no tendría más de 10 años, se desprendió del lado de su padre para disparar un furioso madrazo, capaz de dejar boquiabierto al más apasionado hincha. La descarga desesperada, visceral y estridente del niño me quedó grabada como un triste ejemplo de la grotesca formación que reciben los menores en nuestros escenarios deportivos.

Lo más censurable es que esa pestilente andana de improperios provenga de padres de familia que, en vez de enseñarles a sus hijos los nobles valores del deporte, los adoctrinen en el arte del matonismo y la vulgaridad.

Muchos años después, superada mi fiebre por frecuentar la tribuna, recordé la escena a propósito de los bochornosos incidentes registrados en los últimos meses en el fútbol nacional. El hecho de que algunos partidos de las ligas menores se hayan convertido en una despiadada rayería de amenazas e insultos racistas en contra de jugadores infantiles y juveniles evidencia que algo anda muy mal. Lo más censurable es que esa pestilente andana de improperios provenga de padres de familia que, en vez de enseñarles a sus hijos los nobles valores del deporte, los adoctrinen en el arte del matonismo y la vulgaridad.

El irrefutable derecho a apoyar a sus retoños no les da licencia a los papás y a las mamás para tratar de destruir al rival de turno a punta de ofensas, gritos y gestos indecorosos. ¿Dónde quedan los ideales de la sana competencia, el fair play y el respeto al adversario? Posiblemente, están bajo llave, en el rincón más olvidado del corazón de estos energúmenos.

En el fondo, esta conducta denota una profunda falta de cultura, de tolerancia, de inteligencia emocional, que lamentablemente se transmite de grandes a chicos y que luego se va a sentar a las graderías de la primera división. Muchos alegarán socarronamente que eso es fútbol, que las cosas siempre han sido así, que el que se mete aguanta, que el estadio es para liberar el estrés, que lo que pasa en la cancha se queda en la cancha y muchas excusas más.

Pues no. Escuelas de fútbol, equipos de ligas menores, entrenadores y padres de familia tienen la responsabilidad de acabar con el bullying. Enseñemos a nuestros hijos a darlo todo en la cancha y a saber perder. Esas son lecciones para la vida.

rmatute@nacion.com

Ronald Matute es jefe de Información de La Nación.