Ronald Matute. 9 mayo

Caminar por las aceras es una aventura temeraria, solo justificada por la necesidad de llegar a nuestro destino. El riesgo de resbalarse, torcerse un tobillo en una grieta, tropezarse con una tapa, salpicarse en un charco o pisotear alguna sorpresa acompaña al peatón a cada paso.

Tan mal están algunas, que los caminantes prefieren tirarse a la calle en busca de un terreno más parejo, aunque menos seguro, para movilizarse con más rapidez y comodidad. Hay aceras tan angostas, con gradas tan altas, con rampas tan descuadradas o con pendientes tan pronunciadas que desafían al más hábil de los equilibristas.

En otros sitios, acumulan años de desgaste y descuido multiplicados por los infames vándalos. Hay aceras que han terminado siendo parqueo de autos, mostrador de ventas ambulantes, sanitario de mascotas, basurero a cielo abierto o charral. Otras tantas se han convertido en la obra de arte de espíritus creativos que decidieron sustituir el concreto por losetas, ladrillos, adoquines, piso cerámico, piedras y lajas.

Si bien las aceras no representan el mayor problema de nuestra sociedad, sí son un reflejo de cómo hemos perdido el gusto por las cosas bonitas y bien hechas.

Debiera preocupar en un país que cuenta con un nutrido contingente de andariegos que salen a realizar sus actividades cotidianas: estudiantes, amas de casa, trabajadores, personas que hacen ejercicio, desempleados y un número cada vez más grande de adultos mayores. No obstante, a muy pocos les importa el estado en que se encuentran y los peligros que acechan a sus clientes frecuentes. Muchas municipalidades parecen indiferentes ante esta realidad y los ciudadanos tampoco reaccionan para exigir soluciones a sus autoridades locales.

Al final del túnel, se observa una pequeña luz de esperanza. En algunos cantones, han comenzado a aparecer tramos de aceras con características de primer mundo. Se trata de senderos de concreto grueso con parrillas metálicas, rampas, pasamanos y una hilera central amarilla que sirve de guía para personas invidentes. Uno recorre esos pasos pensando que finalmente llegó el progreso al vecindario. Pero no. Solo unas zancadas después, en la misma cuadra, reaparecen las grietas y las congojas.

¿Por qué será que nos gusta tanto hacer las cosas a medias? ¿Por qué profesamos con tanto empeño la cultura del remiendo? Si bien las aceras no representan el mayor problema de nuestra sociedad, sí son un reflejo de cómo hemos perdido el gusto por las cosas bonitas y bien hechas.

Ronald Matute es jefe de Información de La Nación.