José Ricardo Chaves. 18 febrero

El costarricense pareciera vivir en un eterno presente, sin mayor sentido de pertenencia a una tradición histórica, sin mucha idea de un futuro colectivo, chapoteando en un presentismo inmediato, preso de sus humores, gustos y fobias, que lo llevan a despotricar a la primera contra quien represente una amenaza a sus prejuicios.

Su identidad colectiva, más que construida con la historia, parece descansar en una cuestionable ideología de la excepcionalidad, que esa misma historia a la cual no quiere prestar atención pone en jaque diariamente.

Pese a las fuertes inversiones en educación desde hace décadas, no se ha fraguado un perfil crítico que, al mismo tiempo, sepa valorar su tradición y sus expresiones cultas y populares. Si a esto se agrega el declive de una perspectiva humanista en las últimas décadas, sustituida por una actitud tecnocrática y comercial, se tiene el ambiente perfecto para una vida sin alma, sin altas miras, sostenida por la fiesta, el deporte, la religión y la política, concebidos en niveles básicos y muchas veces mezquinos.

Con los niveles de amargura, bajeza y violencia en las redes y comentarios, algunos no dudarían en quemar desde ya a Óscar Arias dentro del Teatro Nacional

Por el lado de la alta cultura, la llegada de relativismos y deconstrucciones teóricas alimenta la fragmentación, bajo la bandera de una mal entendida diversidad y una asfixiante corrección política que se muestra cada vez más autoritaria, con fundamentalismos feministas, veganos, populistas, ecológicos y demás, cohabitando en inevitable matrimonio con el conservadurismo atroz de nuevos y viejos cristianismos, la codicia empresarial, la degradación de las élites políticas y una moral sexual disfrazada de sentimental para ocultar su misoginia, homofobia y demás prejuicios eróticos.

¡Que se queme el vejestorio! Una señal de esta falta de sentido histórico es la destrucción del patrimonio arquitectónico. En este sentido, pocas ciudades tan arrasadas como San José y tan despreocupadas por ello. Una muestra actual la tenemos en la discusión sobre el préstamo para garantizar la protección del Teatro Nacional, joya sobreviviente por obra y gracia de algún santo de la cultura, cuyo rechazo o postergación se quiere justificar con el argumento de que es mucho dinero en tiempos difíciles. Aunque fueran tiempos fáciles, también se lo negarían, pues no hay consciencia del valor espiritual de ese edificio, ahora símbolo nacional, aunque para algunos no sea más que “el vejestorio de los ricos”. Sin duda, alguna vez lo fue, pero desde hace mucho tiempo dejó de serlo para convertirse en un centro cultural pluriclasista facilitador de la convergencia democrática.

Que es mucho dinero. Sí. La cultura es cara, pero es un gasto necesario que un pueblo con consciencia histórica está dispuesto a pagar porque lo que está en juego no es una cosa más, sino un valor espiritual colectivo. ¿Imaginan ustedes a los mexicanos negándose a pagar los gastos de reparación y mantenimiento del Palacio de Bellas Artes con el argumento de que es lugar de ricos y cultos, o del Castillo de Chapultepec porque fue el lugar de un emperador extranjero?

Hasta en sus mayores crisis han sacado dinero para ello, y con gusto. ¿O se imaginan a los franceses negándose a asegurar la permanencia del Palacio de Versalles porque fue asiento de la maldita monarquía derrocada? Mexicanos y franceses son pueblos con honda consciencia histórica y saben separar la paja del grano y defender los signos de su tradición.

Del acoso (sexual y humano). Otro ejemplo reciente y más polémico de esta costarriqueñidad salvaje: las acusaciones de acoso sexual contra Óscar Arias, expresidente y ganador del premio nobel de la paz.

Como algunos sabrán, no es santo de mi devoción, entre otras cosas por su cambio de rumbo hacia las aguas del neoliberalismo en el viejo Partido Liberación Nacional, en su primera administración, o su tratamiento de la crisis del sida en dicho periodo, por solo mencionar dos asuntos entre varios posibles.

Pese a todas las críticas que se le puedan hacer, tanto políticas como personales, debe reconocerse en él a un costarricense talentoso, de éxito que, gústenos o no, ha llegado a ser una “marca” del país a escala internacional. A pesar de sus “errores”, lo suyo queda dentro de lo propio de la batalla política democrática, no es un Pinochet, un Maduro o un Ortega.

Ahora llega el asunto de las acusaciones sexuales. Por las reacciones vistas, muchos quieren cobrarle sus decisiones políticas con supuestas deudas que se darían en otro ámbito, más privado, dejando de lado la necesaria suposición de inocencia hasta que se demuestre lo contrario, o lo discutible de tales asuntos sexuales entre gente adulta y con capacidad para actuar, negarse, pelear, gritar, correr, etc.

En cualquier caso, no se trataría de un adulto lanzándose contra una criaturita, sino de las interacciones eróticas en la cultura machista donde el hoy septuagenario Arias se crió, aceptadas como “normales” hasta hace poco tiempo, cuando han sido cuestionadas por una nueva cultura sexual.

No intento para nada justificar su mala conducta sexual, sino señalar el linchamiento adelantado de su figura (otro motivo también hubiera sido útil), sin tener en cuenta que, vistas las cosas desde fuera, Arias representa, como pocos, al propio país, por lo cual su situación debe resolverse dentro del marco jurídico y no de la revancha politiquera.

A muchos esto no parece importar, sin medir las consecuencias sobre la imagen del país, que, desgraciadamente, de cualquier forma saldrá afectada.

Con los niveles de amargura, bajeza y violencia en las redes y comentarios, algunos no dudarían en quemar desde ya a Óscar Arias dentro del Teatro Nacional, con lo cual se desharían de dos objetos odiosos: uno político y otro cultural.

Eso sí, después de esto, moverían banderitas de Costa Rica el 15 de setiembre, irían en romería a Cartago el 2 de agosto y, claro, los domingos acudirían al Estadio Nacional (ese sí más valioso que el Teatro) o a jugar la mejenga a la plaza, para después pasar al trago. Autofagia nacional, autocanibalismo colectivo: la serpiente costarricense se muerde la cola, no para iniciar un nuevo ciclo histórico, sino para estancarse en la nada de un presente bárbaro.

El autor es escritor.