Elizabeth Drew. 28 diciembre, 2018

WASHINGTON, DC – Para quienes no lo habían visto todavía, el precio de tener un presidente estadounidense que desdeña las opiniones de los expertos y es impulsivo, mendaz, no muy listo, inquieto, desinformado, poco curioso, incompetente, temperamental y mal negociador se ha vuelto evidente en los últimos días.

Tres grandes sucesos que ocurrieron entre el miércoles y el sábado de la semana anterior pusieron nerviosos incluso a algunos de los protectores republicanos de Donald Trump, que habían racionalizado que, después de todo, había recortado impuestos (principalmente a los ricos y las corporaciones) y puesto a dos conservadores en la Corte Suprema. Pero ahora se hicieron más difíciles de ignorar los peligros de tener a una persona así en la oficina oval.

El muro es muy impopular entre la gente, y solo los seguidores más fanáticos de Trump lo ven como una respuesta a la inmigración ilegal

Los tres grandes acontecimientos fueron causa de alarma y para ambos partidos: cada uno de ellos perjudicaba los intereses nacionales de EE. UU. y cada uno era evitable. Lo peor es que vinieron en una seguidilla uno tras el otro, causando la sensación de que ahora (en contraposición a las alarmas previas) la presidencia de Trump realmente estaba pasando a estar fuera de control.

La mañana del miércoles 19 de diciembre, Trump tuiteó que el Estado Islámico (EI) había sido derrotado y, por tanto, Estados Unidos retiraría sus tropas de Siria. La decisión vino de manera completamente inesperada para todos excepto una pequeña cantidad de funcionarios de gobierno, cada uno de los cuales había intentado disuadirle. Miembros clave del Congreso no habían sido informados, mucho menos consultados; tampoco lo habían sido los aliados de EE. UU., algunos de cuyas tropas dependen del Ejército estadounidense. Las decisiones de peso en política sencillamente no se toman de esa manera; al menos se informa previamente a las figuras importantes del Congreso. Son precauciones que van más allá de las buenas maneras: una administración podría enterarse de una o dos cosas al consultar e informar.

La decisión generó detractores de inmediato. Lindsey Graham, que acostumbra a ser un aliado de Trump en el Senado, señaló: “Se ha dado un duro golpe al EI , pero no ha sido derrotado. Si se decidiera retirar nuestras tropas de Siria, subirían radicalmente las probabilidades de que regresen”. Si la retirada comenzara de inmediato, los kurdos quedarían abandonados a su suerte. Estados Unidos los ha protegido de Turquía y ha evitado un ataque conjunto planeado sobre el EI. La retirada deja a Siria a merced de Bashar al Asad, Rusia (protectora de Asad) e Irán.

Los únicos líderes extranjeros que saludaron la decisión fueron el líder autoritario de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y el presidente ruso, Vladimir Putin. Más adelante se supo que Erdogan había persuadido a Trump, quien había dicho con anterioridad que deseaba, como una propuesta general, retirar las tropas estadounidenses de Siria, a que lo hiciera. Entonces llegaron las noticias de que Trump también había decidido –de nuevo con escasas consultas– retirar la mitad de sus tropas en Afganistán, a pesar de que Estados Unidos estaba en medio de negociaciones con los talibanes.

El anuncio de la abrupta retirada de Siria fue demasiado para el secretario de Defensa, James Mattis, el miembro más respetado del gabinete de Trump, aunque no fue para nada la única provocación. El jueves, Mattis, que muchos veían como la única esperanza de limitar los impulsos más peligrosos de Trump, sorprendió a casi todos al renunciar a su cargo. Su elocuente carta de renuncia dejó en claro que no solo objetaba la treta siria, sino todo un patrón de comportamiento: la confusión de Trump entre aliados y enemigos; su disposición a abandonar amigos, como los kurdos; y su abandono de alianzas como la OTAN. Los amigos de Mattis explicaron en entrevistas de televisión que lo que más preocupaba al general retirado de cuatro estrellas de los Marines e intelectual de la defensa era no solo que ya no podía influir en las políticas, sino que su permanencia en el gabinete se interpretara como un apoyo a Trump, posición que ya no podía soportar.

Hasta Mitch McConnell, líder de la mayoría en el Senado y persistente seguidor de Trump, dio a conocer una declaración el jueves por la tarde de que estaba “entristecido” por la salida de Mattis (una señal significativa, ya que muchos creen que a McConnell le preocupan en privado los efectos de Trump en el Partido Republicano). Hubo miembros del Congreso que expresaron directamente su miedo a los efectos de una presidencia de Trump sin ninguna barandilla.

La lista de cargos que han abandonado la administración de Trump es de una longitud sin precedentes. Aunque algunos han sido despedidos por corrupción abierta (y no se les debería haber contratado en primer lugar), otros lo han dejado porque Trump se les volvió en contra, y otros más han renunciado por trato abusivo del presidente. Grita a sus subordinados sin freno alguno y los usa como chivos expiatorios a voluntad. De primeras, Trump trató a Mattis con respeto y hasta con algo de afecto, pero poco a poco se cansó de sus casi constantes discrepancias con sus políticas.

Tan inestables son las lealtades de Trump que supuestamente “se agrió” con su tercer jefe de gabinete incluso antes de que comenzara a desempeñar su cargo. Trump había recurrido a Mick Mulvaney para llenar el puesto, que nadie más parecía desear, un excongresista conservador que ya había desempeñado altos cargos de gobierno en simultáneo. Resulta que Mulvaney había dicho en un debate televisado durante las elecciones del 2016 que votaría por Trump por sobre Hillary Clinton, a pesar de que Trump es un “terrible ser humano”.

Luego, a medianoche del viernes, gran parte del gobierno federal cerró porque Trump había estado buscándose una pelea por la negativa del Congreso (que está controlado por los republicanos) a gastar miles de millones de dólares en financiar su promesa electoral de construir un muro en la frontera entre México y Estados Unidos. (La maniobra de Trump en las elecciones legislativas de ordenar el envío de tropas a la frontera, supuestamente para defenderla de la marcha de inmigrantes de América Central, había irritado profundamente a Mattis).

El muro es muy impopular entre la gente, y solo los seguidores más fanáticos de Trump lo ven como una respuesta a la inmigración ilegal (o el contrabando de drogas). Sin embargo, al usarlo para cultivar su base política –que es de cerca del 35 % del electorado, como mucho–, Trump podría arrinconarse a sí mismo. En una reunión televisada en la Casa Blanca, cayó en la trampa que le tendieron líderes demócratas insistiendo airadamente que estaría “orgulloso” de cerrar el gobierno si no pudiera obtener algunos miles de millones para financiar al menos parte del muro. Bajo una intensa presión de figuras mediáticas de derecha, Trump hizo y abandonó acuerdos presupuestarios hasta que se le acabó el tiempo.

Así, justo antes de Navidad, cientos de miles de empleados federales –gente de carne y hueso de todo el país, con cuentas que pagar– recibieron licencias temporales o se vieron obligadas a trabajar sin saber cuándo se les pagaría. Y Trump es ahora un rehén en la Casa Blanca, porque incluso él entiende que se vería muy mal jugar golf y departir con sus amigos ricos en su campo de Palm Beach mientras, en Navidad, los trabajadores de su gobierno se quedan sin tareas.

Pero mientras Trump se las ingenia para bajar de su muro imaginario, hasta ahora ha intensificado su mezquindad, sacando a Mattis dos meses antes de lo programado y tuiteando insultos a los políticos que han criticado sus últimas torpezas.

Se dice que su estado de ánimo está más agrio que nunca, y la temporada de fiestas se ha llenado de una creciente sensación de peligro que emana de la Casa Blanca.

Elizabeth Drew es una periodista con base en Washington. Su último libro es “Washington Journal: Reporting Watergate and Richard Nixon’s Downfall”. © Project Syndicate 1995–2018