Víctor Valembois. 31 enero

En 1979, la Revolución sandinista ilusionaba a la mayor parte de Costa Rica y da rabia, hasta vergüenza ajena, que esa batalla se desnaturalizó por completo.

Fue el final de décadas de ruin interferencia norteamericana, desde allá lejos, en 1907, con la Declaración Taft, que metió marines en Centroamérica, instaló después a la dinastía Somoza, pese a la amarga confesión de Roosevelt: “es un hijo de... pero es nuestro”. Ahora bien, en su última y reciente crónica (La libertad, causa común, 27/1/2019), me extraña que Sergio Ramírez, si bien señala el papel decisivo del presidente Carter en el descrédito del último de esa vil satrapía, no destacara el papel del presidente Rodrigo Carazo.

Entristece ver cómo se irrespetó al ciudadano desde esa farsa de canal chino por medio del lago de Nicaragua

En el giro decisivo de lo que esperábamos sería un régimen progresista, aparte de heroicos “muchachos” (cantidad de ellos mucho más valientes que ese Daniel, que por chiripa salió de presidente), un papel destacado lo tuvo además el arte, muchas veces más fuerte que la espada, como con los Mejía y, cómo no, a pesar de la reaccionaria postura del Papa entonces (confundiendo lo nica con el escenario polaco), esa religiosidad popular tan creativa, por ejemplo de “Cristo ya nació en Palacagüina”.

Pero qué desilusión, para nosotros, fuera, y qué traición, en la patria de Sandino, el auténtico socialdemócrata, el que se distanció de Farabundo Martí, en El Salvador, que sí era comunista. Fui interprete en varias ocasiones por allá y entristece ver cómo, no más cruzando la frontera, ese afiche de “socialismo cristiano” suena a manipulación, que degeneró en engaño y ahora huele a pura traición: la prueba es que la misma Internacional Socialista, una organización mundial que agrupa 145 partidos políticos y organizaciones de izquierda de todos los continentes, acaba de expulsar al Frente “Sandinista” de “Liberación” Nacional.

Farsa. Entristece ver cómo se irrespetó al ciudadano desde esa farsa de canal chino por medio del lago de Nicaragua; da rabia constatar que no hay respeto por la nacionalidad, como con esa pobre Lucía Pineda, ¡una costarricense! –demacrada se observa–, no solo por esa foto de captura de pantalla, sino por las condiciones subhumanas, según grabó y subrayó el diputado europeo que la vio.

Y qué valentía la de esa nicaragüense y belga Amaya Coppens, acusada de “terrorista” por el simple hecho de defender en forma auténtica valores de verdad democráticos para su Nicaragua. ¡Sí, las armas del pensamiento son peligrosas, incitan a ahondar en ideas de dignidad y democracia!

A uno, que vio nacer esa flor revolucionaria al final de la década de los setenta y principios de los ochenta, cómo le entristece ver a la juventud nicaragüense que viene por acá para salvar su pellejo, pero ya no saben ni se imaginan la de “sangre, sudor y lágrimas” que costó volcar la villanía del dictador Somoza.

Al mismo tiempo sorprende de manera positiva que esos muchachos, esas muchachas, casi intuitivamente, fueron capaces de comprender que los engañaron, que ese socialismo paradisíaco que les ofrecieron era pura patraña. La cerrazón de poderes concentrados salta a la vista y ese socialismo de la billetera (de algunos) no ofrece alternativa para los jóvenes.

Por casualidad me he topado con varios que vienen a tierra costarricense, no solo a salvar su pellejo, sino su dignidad. Es como cuando Salomón de la Selva, el gran vate de ellos vino para acá y se repitiera la historia y el fuego de la libertad se sigue alimentando. Nicaragua, Nicaragüita: ¡ánimo!

El autor es profesor universitario.