Por: Jacques Sagot.   11 enero

Hay momentos, por su naturaleza misma, fugaces, en los que todo cuanto en la cultura se nos ha hecho pasar por “natural” se derrite, el absurdo institucionalizado de la sociedad se revela ante nuestros ojos: una realidad que a fuer de evidente hemos ignorado desde niños, emerge del fondo de las costumbres para perturbarnos, para desengañarnos. Lo que Joyce llamaba “epifanías”.

Estaba sentado en uno de mis restaurantes favoritos. Pequeño, íntimo, casi a family business. Exquisita comida. Atendido siempre por una rubiecita delgada pero recia: un junco, una espiga. Céline es su nombre. Siempre amabilísima. Ya sabe qué tipo de pan y de bebida comienzo por pedir, así que sin preguntar me los trae prestamente, dándome prioridad sobre los demás clientes. Tratamiento de realeza. Cada vez que voy la veo más linda. Ligera, alerta: una libélula.

31/10/2006. Hoy a partir de las 6 p.m., se dio el Pasacalles del Encuentro Nacional de La Mascarada en la ciudad de Cartago, en el cual participaron grupos de varias partes del país, hubo mucha mascarada, bailes tipicos y pasacalles con zancos. Foto de Jorge Castillo. 6pm. (izq a der) Grupo del Liceo de Paraiso. Mascaradas, máscaras.
31/10/2006. Hoy a partir de las 6 p.m., se dio el Pasacalles del Encuentro Nacional de La Mascarada en la ciudad de Cartago, en el cual participaron grupos de varias partes del país, hubo mucha mascarada, bailes tipicos y pasacalles con zancos. Foto de Jorge Castillo. 6pm. (izq a der) Grupo del Liceo de Paraiso. Mascaradas, máscaras.

Cuando el menú propone mantarraya, me llama para comunicármelo. Es uno de mis platos favoritos. Y su gentileza extrema, y el esmero con que el chef prepara la comida cuando sabe que es para mí, y su ir y venir de golondrina. “Monsieur Sagot, monsieur Sagot, monsieur Sagot”. “Figaro qua, Figaro là, Figaro su, Figaro giù” . Un día traía puestos unos pantaloncitos rojos ajustados, y sus piernas y su torso de náyade… delgada y vibrante sin ser reseca. Una corza.

Pero ese no es el punto. Nada de lo que hasta ahora he dicho es “el punto”. Pura escenografía. El hecho es que después de regalarme todas sus atenciones, su simpatía, y de haberme alimentado con aquella casi materna atención, llega con la cuenta y la repulsiva maquinilla metálica. Y espera sonriente a que yo encuentre mi tarjeta, y ella ahí de pie, ofuscándome con su mera presencia.

Hurgo nerviosamente en todas las bolsas de la camisa, pantalón y abrigo, hasta que doy con el grotesco plastiquillo (los billetes y la moneda tenían por lo menos su nobleza: los rostros de los próceres de la patria, viejos blasones, emblemas y símbolos sorprendentes por su contenido esotérico, amén de un vínculo simbólico más estrecho con el oro, el tangible, universal y objetivo garante del valor de las mercancías y servicios).

Ella introduce la tarjeta en el hocico del adminículo y yo procedo a marcar mi código (no deja de tener su connotación sexual el gesto, ahora que lo pienso).

La farsa. Y ahí fue donde todo se me convirtió en una farsa. No es que no lo supiera antes, pero es que entre “saberlo” y “sentirlo” hay un largo trecho. Una farsa, sí. Saqueado, estafado. Su cariño, su solicitud, una mera negociación: yo te doy placer, vos me das plata. ¿Cómo se atrevía a cobrarme? ¿Le cobraría una madre a su hijo por alimentarlo?

Sí, sí, ya sé que fue un error verla como a una madre, y que si no se le pagara a los que nos dan de comer, ellos mismos no tendrían qué comer. Perogrullo habría estado muy orgulloso de mi línea de razonamiento. Pero entonces hay que convenir en algo que para todo el mundo es evidente, pero que a mí se me hace perturbador: la vida en sociedad es una gran comedia, un sainete, un baile de máscaras.

Había algo irreductible, incompatible en la amabilidad de aquella mujer, en su vocación nutricia, en su preocupación por mi bienestar y la disfrazada rapacidad con que ahora me arrancaba el dinero. ¿Se cobra, por ser amable, por ser bello, por “dar de comer al hambriento”? ¿Todo, absolutamente todo en la cultura es negocio? ¿Todo el mundo juega el mismo hipócrita juego? ¿Me había estado engañando esta mujer por espacio de una hora, embelesándome —ahora lo veo bien— con su falsa forma del amor?

Aquella manera que tenía de prodigarse, ¿era entonces una enorme mentira? ¿Por qué debe uno de pagar por comer? ¿No es todo esto, en el fondo, profundamente absurdo? ¿Me había estado vendiendo su amor? Pero tal práctica, ¿no es, en esencia, inmoral? ¿Fingir, mentir? ¿Qué podría ser más indecente? El robo tiene siquiera la virtud de no ser falaz… pero, ¿que uno se deje alimentar, sabiendo que está siendo estafado, si no económicamente, sí humanamente? ¡Cuán injusto sería, entonces, el estigma social sobre la prostitución! Porque prostitutos somos todos: vendemos nuestro saber, nuestro cariño, nuestra belleza, nuestra ciencia, nuestra religión, nuestras competencias, nuestros servicios, nuestras destrezas, nuestro cuerpo. Imposible escapar a la transacción.

Conocimiento vivencial. Se dirá que estoy “descubriendo la palanca”, y que ya estoy muy viejo para no saber cómo funciona —o disfunciona— la sociedad. Es cierto, pero hay momentos en los que uno “descubre” lo que ya “sabe”: pasa del conocimiento teórico e intelectual al conocimiento vivencial. Y se nos aparecen frescos, como si nunca los hubiésemos vivido, y los recibimos entre indignados y atónitos.

¿Venderme su sonrisa? ¿Venderme su figurita de venadita en celo, el vislumbre de su íntimo fuego? Es decir que, de no haber podido pagar la cuenta, ¿hubiera salido a la luz el ave de rapiña, la fiera exigiendo ser compensada por sus servicios, los policías, un destacamento de Special Weapons And Tactis (SWAT), los bomberos, brigadas de choque, la madre que se transforma en carcelera… Vigilar y castigar de Foucault? ¡Pero qué es este juego infame! ¿Cobro yo por mis conciertos, mis libros, mis conferencias? Ni siquiera me entero, y con frecuencia la respuesta es “no”.

Todo, absolutamente todo tiene su precio… aun Cristo murió en la cruz para racheter al género humano, ¿que usó su propia sangre para “cerrar” el negocio? Eso no tiene importancia: cualquier cosa puede ser moneda. ¡Y la expresión inglesa: to redeem a merchandise! La redención, ¿sería también ella, una transacción?

En el antiguo hebreo existía una palabra para designar el acto por medio del cual un gran señor compraba a un esclavo para liberarlo: lo “redimía”. Lo que, supuestamente, Cristo hizo con nosotros. La noción teológica de la redención, así pues, es posterior al concepto economicista de la mercancía. Acaso su subproducto.

La infraestructura —las condiciones materiales de vida, las relaciones de producción— condicionando, moldeando la superestructura —la ideología, la religión, los valores éticos—, habría dicho Marx.

¿Tiene alguna manera el hombre —ya que no los dioses: venimos de verlo— de relacionarse con su prójimo que no sea, en esencia, economicista? ¿Todo en nuestra cultura es intercambio?

Y el dinero, ¿sería la forma “equivalente general” objetiva, universal? Hoy, esta bellísima mujer… por un momento me hizo creer en la sinceridad de su cariño, por un momento. Realmente, hay que ser muy cretino para no entender la enorme farsa donde todos somos actores: carceleros a un tiempo que prisioneros.

El autor es pianista y escritor.