Jorge Woodbridge. 1 febrero

El Banco Central prevé un fuerte aumento en el déficit del Gobierno en los siguientes dos años por la falta de una reforma fiscal, publicó ayer La Nación luego de la presentación del Programa Macroeconómico 2018-2019. ¿Qué significa para usted y para mí?

Tasas de interés más altas (incluye la tasa básica pasiva que paga gran parte de la población por el préstamo de la casa o el automóvil) y estrujamiento del crédito al sector privado; es decir, sería muy difícil conseguir dinero de los bancos para abrir una empresita o comprar una vivienda.

La proyección para el 2019 supera el déficit del 7,2 % que alcanzó el país en 1980, en medio de la crisis económica en tiempos de Rodrigo Carazo.

Pero eso no es todo: la proyección para el 2019 supera el déficit del 7,2 % que alcanzó el país en 1980, en medio de la crisis económica en tiempos de Rodrigo Carazo.

Esa es la Costa Rica económica de hoy. No se ha hecho nada para solucionar el problema del déficit y hasta las calificadoras de crédito tienen los ojos encima de nosotros para “descalificarnos” porque gobierno y diputados no se ponen de acuerdo para darle solución.

Todavía seguimos creyendo que como Costa Rica es una de las democracias más consolidadas de América Latina y no hemos tenido dictaduras militares, ni gobiernos autoritarios en casi 70 años, nos vamos a salvar de una crisis que está más que anunciada.

La otra crisis que vivimos es el desencanto de la población. La gente demanda transparencia, el fin de la corrupción, políticas para contener la creciente desigualdad, trabajo para las 247.000 personas desempleadas según la última Encuesta Continua de Empleo del tercer trimestre del 2017 (vea “El grito del desempleado”, La Nación, 30/1/2018) y acabar con los los grandes privilegios de unos pocos empleados del gobierno.

Estas demandas sin respuesta son la causa del descenso en los miembros y la credibilidad de los partidos políticos y en la participación electoral.

Hoy, el voto migra a partidos y candidatos emergentes sin analizar si estos cuentan con un equipo bien preparado para negociar con organizaciones como el Fondo Monetario Internacional, con capacidad para reunirse con líderes mundiales y negociar tratados de libre comercio convenientes para Costa Rica.

Descalificación. Resulta casi vergonzoso participar en política. Hablamos mal de los políticos, aunque estemos claros de que son imprescindibles e inevitables. Solo conversar de “clase política”, implica una connotación de malos principios morales y hasta de “choriceros”.

Es triste ver el léxico y el desprecio creciente hacia quienes tienen aspiraciones políticas. En Costa Rica, exigimos a nuestros gobernantes pensar en los proyectos del futuro, pero les reclamamos resolver de inmediato los problemas del momento.

Demandamos a los políticos velar por el bien común, pero no les damos las herramientas para lograrlo. Estamos condenándonos a no atraer a la gente más talentosa para gobernarnos.

Gobernabilidad. La dinámica de nuestra democracia nos exige competir periódicamente en plazos muy cortos (cada cuatro años), para lo cual debemos cumplir con un electorado demandante de resultados. Es complejo cumplir todas las expectativas de la gente, en especial, en nuestra patria donde hay un Congreso con múltiples fracciones (nueve en esta Asamblea y se prevén muchas más en la que comenzará próximamente), que involucran diferentes visiones y compromisos con un electorado cada vez más fraccionado y disconforme.

La realidad política nuestra es muy compleja, mientras exista un Congreso atado a un Reglamento obsoleto. Es prácticamente imposible avanzar en proyectos vitales cuando un solo diputado puede bloquear una votación.

Hay que cambiar el actual Reglamento interno del Congreso para tener plazos de votación definidos, regular el cuórum, reglamentar el uso de la palabra, tener una agenda de proyectos urgentes que pueda presentar el gobernante con plazos cortos para aprobación o desaprobación.

No podemos hablar de resolver nuestros graves problemas de gobernabilidad si estamos secuestrado por las minorías, que al final son ellas las que deciden el qué, el cómo y el cuándo.

Para este año, el abstencionismo puede llegar a un 35 %, por lo que los partidos y candidatos deben volver a enamorar a los electores.

Partidos. Muchos electores les cobran a los partidos su falta de coherencia y abandono de sus valores originales de lucha por una sociedad más ética, justa y próspera. La opinión del costarricense es que los partidos políticos son necesarios, pero deben mostrar gran capacidad de renovarse y asumir nuevos compromisos con nuevos pensamientos éticos, económicos, ambientales y sociales.

Producto de mucho desencanto con nuestros gobernantes, en la última década se ha presentado el fenómeno de que los jóvenes cada vez participan menos en política y no tienen interés en analizar los programas de los partidos y sus candidatos.

En 1962 la participación electoral era de un 85 % y ya en el 2014 había caído al 70 %. Para este año, el abstencionismo puede llegar a un 35 %, por lo que los partidos y candidatos deben volver a enamorar a los electores.

Los costarricenses han venido perdiendo el interés y la motivación en la campaña electoral. La política ya no se vive como en otros tiempos y mucha de la discusión es la dinámica que dan las redes sociales y los debates organizados por los medios de comunicación.

La tolerancia también se ha venido perdiendo. El voto hoy es más volátil y las preferencias cambian continuamente. La proporción de indecisos en esta campaña es del 35 % y solo el 48 % parece tener claro el candidato de su preferencia.

Elecciones. Los candidatos, en sus programas, han dejado plasmado cómo mejorar la educación, el transporte, la productividad, la seguridad, el ambiental, la salud, el desempleo y el problema fiscal.

Trece candidatos ofrecen hoy soluciones simples a problemas complejos. Pocos priorizan la reforma al Reglamento del Congreso y el grave gasto público que crece geométricamente causando el déficit fiscal más alto en 34 años.

No se ha discutido claramente en esta campaña cómo solucionar el crecimiento desmedido de los salarios de varias instituciones públicas. Algo está mal en nuestra democracia cuando pagamos salarios y pensiones a empleados públicos entre ¢14 millones y ¢15 millones mensuales. ¿Qué acción tomará el nuevo presidente para recortar el gasto, pues nos endeudamos en ¢50 por cada ¢100 que gastamos? ¿Cuáles son las reformas importantes para mejorar la productividad de la CCSS, si invertimos un 6 % del PIB en salud pública y tenemos más de 15 años de retroceso? ¿Como aceptar que pasemos más de 40 años para construir una carretera a San Carlos? No hemos mejorado la productividad de un sector público que supera las 325 instituciones, para un país de escasos 5 millones de personas.

¿Acaso no somos conscientes de que estamos al borde de una crisis institucional, fiscal, política y social como la que vivimos en los años 80? Crisis que causó que se duplicara la pobreza y requirió 34 años para volver a la inversión social pública por persona que poseía en 1980. No es tiempo de improvisar en Costa Rica. Las calificadoras de crédito nos lo han señalado. Los intereses van en aumento, cada vez el Estado tiene menor flexibilidad para financiar los déficits. En diciembre del 2017, el gobierno tuvo que recurrir a los bancos y a los fondos de pensiones para pagar los salarios de los empleados públicos.

El sector privado cada vez cuenta con menores recursos y los costos van en aumento. La actividad económica se está contrayendo e igual suerte tendrá el empleo. El Fondo Monetario Internacional ha sido claro: el problema fiscal debe ser corregido antes de que sea inmanejable.

Votemos con responsabilidad. El próximo gobierno tendrá que contar con un equipo humano de alta capacidad y experiencia. Los actuales problemas son demasiado complejos para que improvisemos. Hoy, lo importante es un acuerdo nacional transparente, con compromisos y plazos. Nuestra democracia está a prueba otra vez y debe salir fortalecida de esta nueva elección. Nuestro deber cívico es ir a votar y exigir soluciones a los candidatos y partidos. Hay que devolver la confianza a los ciudadanos y a la inversión. Todos tenemos esa responsabilidad, de otra forma nos lamentaremos a corto plazo por nuestra apatía.

El autor es ingeniero.