Fernando Araya. 18 agosto, 2018

Algunos estudiosos sitúan el origen de la actual crisis del catolicismo en tiempos del emperador Constantino, cuando la nobleza romana y los dirigentes cristianos establecieron la alianza política y económica entre el cristianismo y el Imperio romano. Luego de esa alianza se identifican varias circunstancias que han debilitado al catolicismo: finales de la Edad Media, Renacimiento, reforma de Martín Lutero, Revolución francesa, modernidad científica, tecnológica y humanista, modernismo y posmodernidad. En la época contemporánea se está en presencia de la descristianización de la sociedad y el poscristianismo, consecuencia de la pederastia clerical, el encubrimiento de delitos sexuales y financieros y la burocratización y deshumanización de la institución religiosa. ¿Cómo han abordado este asunto los tres últimos Papas?

Inmanencia y trascendencia. Para comprender el itinerario de los liderazgos papales desde 1978, conviene referirse al principio de inmanencia. ¿Qué dice este principio? Lo siguiente: el ser humano es creador de sí mismo según sean las condiciones sociales en las que nace, y no necesita de una instancia trascendental, suprahistórica, para existir.

¿Qué hoja de ruta debe seguir el catolicismo para encontrarse con la modernidad científica, tecnológica y humanista sin dejar de ser lo que es?

El enunciado es la antítesis de la tradición y del pensamiento que los Papas expresan; para ellos, el principio que rige la realidad es el de la unidad inmanencia-trascendencia, según el cual la evolución de la materia-energía se da en relación con una instancia suprahistórica como fundamento de todas las formas de existencia, a la que se denomina “dios” en religión. Wojtyla, Ratzinger y Bergoglio creen en la unidad inmanencia-trascendencia.

¿Han tenido éxito estos Papas en su oposición a la unilateralidad del principio de inmanencia? Creo que no, o al menos su éxito ha sido insuficiente.

Decisión fraguada en Polonia. El cardenal Karol Wojtyla fue elegido papa (Juan Pablo II) el 16 de octubre de 1978. Venía de Polonia, país donde existía una férrea dictadura política que expresaba el poder de una clase social dominante formada por dirigentes partidarios, altos puestos de la burocracia estatal, ideólogos y militares.

Antes de su elección, Wojtyla estaba concentrado en buscar la síntesis del pensamiento aristotélico-tomista con la fenomenología y el personalismo, al tiempo que insistía en el lugar central del ser personal en las dinámicas sociales colectivas, lo cual le permitió articular una coherente oposición a la dictadura en su país.

Cuando Wojtyla se convirtió en el papa Juan Pablo II, el principio personalista y la lucha en contra de los regímenes políticos semejantes al polaco se convirtieron en ejes de su acción pública, y fue en ese marco que el nuevo pontífice concentró su energía en el proyecto de hacer desaparecer los sistemas políticos, sociales y económicos dictatoriales del tipo conocido en Polonia y apuntalar la influencia social del catolicismo.

Pasados veintisiete años, las dictaduras del “socialismo real” desaparecieron en Europa, la influencia del catolicismo se elevó y se rechazó al capitalismo libertario. Ese éxito, sin embargo, se vio opacado por las corrupciones que padecía el catolicismo.

El cardenal Ratzinger expresó esa circunstancia el 25 de marzo del 2005, cuando, refiriéndose a la religión católica, declaró: “¡Cuánta podredumbre! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!”.

El Papa silente. La declaración de Ratzinger prefigura una de las líneas maestras de su pontificado como Benedicto XVI. Para él, depurar el catolicismo era una condición necesaria para vencer a “la dictadura del relativismo”, definido como una corriente cultural que niega la existencia de valores éticos objetivos a partir de los cuales pueda juzgarse la historia humana y las acciones de las personas.

El juicio moral, según la perspectiva de Ratzinger, es sustituido en el relativismo por débiles y vaporosas opiniones que a nada comprometen.

En abril del 2005, el programa de acción de Ratzinger era diáfano (y fue ese programa el que puso en ejecución una vez Papa): depurar el catolicismo, derrotar el relativismo moral y profundizar el análisis crítico del capitalismo de Estado dictatorial (que algunos llaman “socialismo”) y del capitalismo libertario.

Estas líneas de acción resultaron en exceso incómodas. Los escándalos no tardaron en aparecer. Se hicieron públicos los tortuosos y corruptos manejos de los Legionarios de Cristo; se revelaron los múltiples y globales encubrimientos de delitos sexuales; se identificaron los manejos turbios e ilegales de las finanzas vaticanas; Paolo Gabriele, mayordomo del Obispo de Roma, filtró las cartas privadas de Benedicto XVI.

A través de delaciones, filtraciones e investigaciones periodísticas, policiales y judiciales, se mostró la corrupción oculta tras las apariencias del poder religioso. En tales condiciones, el Papa renunció el 11 de febrero del 2013 sin haber logrado sus objetivos.

Llegó Bergoglio. La elección de Jorge Mario Bergoglio, el papa Francisco, el 13 de marzo del 2013, generó una gran expectación. Francisco decidió continuar la depuración del catolicismo, la crítica al relativismo moral y el análisis crítico del capitalismo libertario y del capitalismo de Estado dictatorial, agregando tres variables: primera, un mayor énfasis en el acompañamiento pragmático de la condición humana; segunda, flexibilización del lenguaje comunicacional, y tercera, mayor concentración en lo ambiental y migratorio.

El programa de acción del papa Francisco, como ocurrió con Juan Pablo II y Benedicto XVI, constituye un intento de responder a las siguientes preguntas: ¿Qué hoja de ruta debe seguir el catolicismo para encontrarse con la modernidad científica, tecnológica y humanista sin dejar de ser lo que es? En la modernidad, lo que se llama “verdad” se alcanza a través de las ciencias y la diversidad de la experiencia, pero el catolicismo se autodefine como la religión que posee la “verdad” por revelación sobrenatural. ¿Existe la posibilidad de unificar ambas perspectivas? En las respuestas a las preguntas planteadas se resuelve el presente y el futuro del catolicismo.

Principios olvidados. Los poderes religiosos y seculares acostumbran olvidar cuatro principios de elevada exigencia ética. Los recuerdo: la libertad es la única revolución permanente y es la violación del régimen de libertades la causa principal de que hayan fracasado y fracasen los proyectos totalitarios (comunismo, nazismo, fascismo, capitalismo de Estado dictatorial y capitalismo libertario); segundo, cuando no hay justicia “¿Qué son en realidad los reinos sino bandas de ladrones?” (Agustín de Hipona); tercero, “toda jerarquía es ilegítima hasta que no demuestre lo contrario” (Noam Chomsky); y cuarto, la paz es una forma de vida sin odio ni fanatismo.

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Al catolicismo contemporáneo estos principios le serían de mucho provecho y también a las corrientes actuales de la modernidad científica y humanista.

Hace algún tiempo, el genial agnóstico Jorge Luis Borges escribió unos versos muy apropiados para la circunstancia que atraviesa el actual Papa: “El rigor ha tejido la madeja. No te arredres. La ergástula es oscura, la firme trama es de incesante hierro, pero en algún recodo de tu encierro puede haber una luz, una hendidura. El camino es fatal como la flecha, pero en las grietas está Dios, que acecha…”.

El autor es escritor.