Por: Saúl Weisleder.   12 enero

Escribo cuando en las casas y en los albergues de playa, donde muchos han pasado las fiestas de la época, ya casi no quedan tamales y los envases se acumulan en los montículos de basura. Ha acabado lo más cercano a un bacanal nacional celebrado en nuestra tierra y en casi todo el mundo. Ha acabado “la fiesta”, diría Joan Manuel Serrat, y “cada quien vuelve a ser lo que es”.

Ahora, empieza el momento de volver a trabajar y pensar en serio.

Como pocas veces, creo que los mayores (o “mayorcitos”, si con ello incluyo a generaciones con más experiencias vividas) tenemos una gran responsabilidad de explicar (sí, explicar, no solo mencionar o contar) lo que ha significado construir esta Costa Rica. Con sus defectos, carencias y miserias (por ejemplo, la subsistencia de altos niveles de pobreza y una desigualdad que ha crecido), pero también con sus enormes fortalezas y logros.

Las fortalezas que debemos destacar no son solo aquellas que se consideran regalos de Dios o de la naturaleza, sino las que se han construido a pulso y sacrificio, a punta de trabajo e ingenio, a fuerza de acuerdos y desacuerdos. Como construcción y logros colectivos: de los trabajadores, los intelectuales, los empresarios, los clérigos, los artesanos y los políticos. Sí, los políticos, de los cuales hay buenos, malos y pésimos. Como hay en cada profesión u oficio si lo pensamos bien (periodistas, blogueros, empresarios, catedráticos).

De los soñadores y los realizadores, o de los pocos (no podría ser de otro modo) que han sido ambas cosas. Pensemos en ellos. Leamos sobre ellos. Compartamos esos aprendizajes con los jóvenes.

¿Es que acaso tendrán más razón quienes presentan todo oscuro, todo desastroso, todo corrupto, todo malo, que quienes pensamos que vivimos en un país que debe mejorar, pero que, más que muchos otros, tiene la plataforma humana y física para lograrlo?

País admirado. Repaso y repaso nuestra historia. La comparo y miro a nuestro alrededor y encuentro países y pueblos que tienen mucho de qué enorgullecerse también, pero no les vamos a la zaga. Al contrario, por algo la mayoría de ellos nos admiran como país, nos envidian en el buen sentido de la palabra (la distinción de “envidia de la buena” y “de la mala” creo que es útil, aunque el diccionario no la reconozca ni distinga).

¿Sabían ustedes, lectores, que el título “la Suiza centroamericana” se lo debemos a un nicaragüense? Sí, Tino López Guerra.

Para no ser chovinistas, reconozcamos que la letra de “La patriótica costarricense”, que cantamos con tanto fervor, tiene su origen en un poema del cubano Pedro Santacilia y la música sí es de Manuel María Gutiérrez, también autor de la del himno nacional. Cosas de la vida. (Al periodista e investigador Armando Vargas Araya le debemos ese descubrimiento).

Cito lo anterior para resaltar que muchos de los pueblos que más éxito han tenido a lo largo de la historia, valorando esto por la calidad de vida de su gente, por haber alcanzado hitos colectivos que otros países o pueblos con condiciones más favorables de inicio no han logrado, tienen como importante factor común entre ellos que su enriquecimiento lo han conseguido con diversas influencias.

También, que han sido guiados por gobernantes de manos firmes, que han sembrado buenas semillas y forjado las condiciones para que esas semillas germinaran y dieran, llegado su tiempo, frutos sanos, nutritivos, sabrosos.

Equilibrio. Y vuelvo a quienes han predicado la hecatombe, el desastre, resaltado los yerros y fracasos, señalado el grano podrido entre el cúmulo del arroz blanco. ¿Es que acaso han creado obras que recordemos? ¿Es que con su dedo acusador desde sus atalayas, púlpitos o cátedras han sido más generosos y solidarios que aquellos a quienes señalan?

Claro que no se trata de pintar un panorama rosa de nuestro país. Toda obra humana posee defectos y es susceptible de ser perfeccionada. Pero seamos justos, seamos equilibrados, no cometamos el error de tirar el agua sucia de la tina con el bebé precioso que amamos y acabamos de bañar en ella. Las cosas se desechan fácilmente, pero recuperarlas, reconstruirlas es mucho más difícil que haberlas producido en un inicio.

¿Es que la Caja, el ICE, la Corte, el PANI y gran parte del Estado en general tienen problemas y necesitan cirugía menor y mayor? Claro que sí. Pero busquemos entonces un equipo de cirujanos, precedido por internistas que ya han hecho un buen diagnóstico y no un grupo de “matasanos” que jamás han curado un paciente.

Yo me siento orgulloso de Costa Rica. Todos los días bendigo el momento cuando mis mayores arribaron a Limón y no a otros puertos de esta parte del mundo. Y quiero y he querido compartir con amigos, familiares, alumnos y lectores una convicción sobre todo: a la hora de escoger, a la hora de votar, deben ser el cerebro y el corazón, más que el hígado, los que guíen nuestras decisiones. Parece que hay mucha gente a punto de cometer un grave error; ojalá no lo hagan.

Eso sí, exijamos a quienes resulten electos que gobiernen para el bien común, para la paz, para la seguridad, para la armonía con la naturaleza, para crear más y mejores oportunidades, especialmente para la clase media y los menos afortunados, para seguir construyendo una senda de mucho bienestar. Para sentirnos dignos de nuestra historia. Para que cuando celebremos los triunfos de la Sele, haya mucho más que una victoria futbolística detrás.

En pocas palabras, para que cuando pensemos en Costa Rica, digamos orgullosos lo que dice el pueblo: “Algo tiene el agua cuando la bendicen”.

El autor es economista.