Durante Semana Santa muchas familias costarricenses deciden aprovechar para realizar un paseo. Si va a ir a la playa, a un río, una poza o piscinas, siga los siguientes consejos

El día que casi morí ahogada

Yuri Lorena Jiménez
yjimenez@nacion.com



A casi todos nos ha pasado. ¿Quién no se ha llevado un susto en el mar, en un río, en una piscina? Pero hay sustos de sustos… y claro, los que desgraciadamente terminan en tragedia.

Hace exactamente 40 años me salvé de morir ahogada justo en la plenitud de mi preadolescencia, cuando tenía 12 años, a punto de sacar el título de primaria y con la gran ilusión de entrar al Cole.

Tantos años después, tengo presente el episodio y, aunque no pienso en eso todos los días, cuando las noticias dan cuenta de que niños, adultos y hasta miembros de una misma familia han perdido la vida en un tris, por un accidente acuático, algunas veces retrocedo la cinta de mi vida y pienso en aquella grisácea tarde de domingo, hoy perdida en el tiempo, pero que bien pudo haber marcado un atroz final para mi entonces corta vida: posiblemente ahorita ya todo se hubiera superado y mi vida sería un buen recuerdo para mis seres queridos…

Pero bueno, el hubiera no existe, solo los hechos, y lo que ocurrió fue que casi me ahogo de la forma más imprudente y absurda. Vivía en Juan Viñas, un pequeño pero populoso distrito de Jiménez, Cartago, bastante transitado a finales de los 70 porque aún no se había construido la ruta 32 y Juan Viñas era de paso obligatorio para quienes viajaran a la Zona Atlántica.

Sin embargo, era más que todo una zona de paso, entonces, para las familias de la época, las salidas de los domingos se limitaban casi solo a los ríos aledaños, la poza de La Mica y, principalmente, El Balneario.

Mis tres hermanas y yo conseguíamos el permiso de papi a grandes costos cuando queríamos ir solas; si lo lográbamos, tras no sé cuántas advertencias, nos dejaban ir bajo el cuido de Lucía, mi hermana mayor. Había una cancha de basquet, una de voleibol, amplias áreas verdes y una piscinota –a mí se me hacía gigantesca--… no recuerdo si había piscina para niños pero como ya yo tenía 12 años y me sentía muy “grande”, casi adulta, me metía a la piscina grande pero del lado no profundo… incluso ahí, ya me cubría el pecho.

En Juan Viñas y Turrialba, ya desde entonces, llovía mucho.


El día en cuestión, aprovechamos el sol desde temprano, pero ya tipo 3 empezó a encapotarse el cielo y cuando ahí se desgranan las nubes, el diluvio y la nubosidad son demenciales. Como todo el mundo salió soplado de la piscina para acaparar los vestidores yo, jugando de audaz, vi aquellos filones de gente, incluidas mis hermanas, miré hacia abajo y descubrí la inmensa piscina totalmente solitaria, ni un alma, ni dentro ni alrededor.

¡Zaz! El plan era perfecto: entre el molote de los vestidores y Lucía arreando a mis otras dos hermanas, le dije que iba a recoger una bolilla plástica que había quedado “por la cancha de voley”… ella no me puso mucha atención, enredada como estaba y yo me fui feliz a terminar el día con la gran gesta: cruzar (a lo ancho, obvio no a lo largo), la piscina para adultos. Así, sin nadie, con los goterones ya cayendo en el agua: el plan perfecto, no había quien me acusara con mi hermana.

Bajé las gradas y con algo de apuro, me paré en la orilla, calculé la distancia y me mandé. Como no sabía nadar (aunque yo juraba que sí), empecé a bracear con cero técnica, concentrada en avanzar, desperdiciando energías y sin que se me ocurriera ni por un momento que debía concentrarme en avanzar en línea recta. De hecho, apenas sacaba la cara del agua para tomar un poco de aire, pero como es lógico mis pulmones empezaron a tirar alertas y mi agote pudo más que mi ego.

Ya al borde del desmayo, paré de “nadar” y me puse de pie… todavía me da un vértigo espantoso recordar el tenebroso escenario: había avanzado a lo largo, no a lo ancho, de manera que lejos de tocar piso, al intentar pararme me fui directo al fondo de la piscina. Para peores no tenía reservas de aire, en esos momentos la mente se desconecta y los microsegundos de reacción que podrían quedar se malinvierten en chapaleos inútiles, ya con las fosas nasales repletas de agua y a punto de abrir la boca, a sabiendas de que esa sería la compuerta al más allá.

Fueron, literalmente –eso supongo-- microsegundos. En un último tirón de resistencia, me impulsé con los pies, con toda la fuerza que pude, del piso de la piscina hacia arriba, buscando la superficie. Como he dicho, ya a esas alturas la mente está disociada, no hay razonamiento, solo instinto.

Lo más terrorífico era que a esas alturas el área de piscina y prácticamente todo el balneario estaba desierto, caía una tormenta inclemente, los nubarrones envolvían el barrio y el pueblo y todo estaba dado para que ese último aliento con el que me impulsé, hubiera sido cruelmente inútil.

Pero nadie lo habría sabido nunca, porque simplemente me hubiera hundido de nuevo… hasta que alguien descubriera lo ocurrido.

Entonces, pasó lo que al día de hoy me parece un extraño capricho del destino. Aquel domingo, un grupo de turrialbeños destacados en el basquet local habían tenido, temprano, un partido contra el equipo de Juan Viñas… eran una especie de rock stars criollos. Ya después del mediodía no los vimos más. Pero resulta que uno de ellos, un turrialbeño, Pablo Solano Fernández, aún estaba en las instalaciones, haciendo encestes. Todo lo que tuvo que pasar para que Pablo mirara a la piscina justo cuando yo lograba mi agonizante asomo por sobre el agua, es algo que nunca nos hemos podido explicar, ni él, ni yo.

Yo volví a hundirme y ya ahí, supongo que empecé a perder la conciencia. Lo siguiente que recuerdo fue un abrupto, casi violento tirón, prácticamente del pelo. Como en una cadencia de imágenes sueltas, de pronto me vi sostenida en el centro de la piscina, con la cara hacia arriba, tomada por Pablo, quien me sostenía por las axilas pero se mantenía sin avanzar para ninguna parte.

No había un alma. Yo no sabía que estaba pasando, él no me dijo ni una palabra. Se quedó quieto, calmo, flotando conmigo ya recuperando un poco la respiración en medio de la tos brutal, expulsando el agua. No sé cuánto tiempo pasó. Él tenía 14 o 15 años, pero yo lo veía como un hombrón y esa fue la actitud que tomó, sangre fría, mente controlada, solo dejó que pasara el tiempo y, cuando lo consideró prudente, fue nadando despacio hacia la orilla. Me ayudó a salir del agua, yo en ese momento estaba llorando mucho y todavía tosía, pero evidentemente, había sobrevivido.

--¿Con quién anda?-- fue lo único que me preguntó.

--Con mis hermanas-- balbucée. --Están en los vestidores--.

--Okey. Búsquelas-- me dijo, y se fue caminando despacio, sin preguntar quién era yo o por qué me había pasado lo que me había pasado. La lluvia seguía inclemente, la tarde ya casi era noche y la figura del improvisado salvavidas se perdió en ya casi desierto balneario.

Ese avistamiento absolutamente fortuito, de Pablo hacia la piscina, me tiene hoy aquí contando el cuento. Y no, no he aprendido a nadar. En esas estoy. Solo que no estoy segura de que nunca más tomaré un riesgo innecesario… ni siquiera si tengo a mi hoy gran amigo/hermano, Pablo Solano, a la par.

Seguridad en el agua: evite ser una víctima de ahogamiento

El año pasado se contabilizaron 129 víctimas mortales producto de ahogamiento, según datos del Organismo de Investigación Judicial (OIJ). En promedio se dio un caso cada tres días.

De ese número, 54 perdieron la vida en un río y 51 en el mar. De estas 129 muertes, 59 (46%) se registraron en la provincia de Puntarenas; 19 (15%) en Guanacaste y 19 (15%) en Limón.

Estos números preocupan a las autoridades del país, pues, en muchas ocasiones, la falta de precaución o de conocimiento sobre cómo actuar ante una situación de emergencia han sido los principales factores que conllevan a este tipo de desenlaces.

La mayoría de los casos se presentan en los mares y ríos; sin embargo, las cataratas, lagunas y piscinas, tienen el mismo nivel de peligro.

Las principales víctimas son hombres

La otra población masculina afectada dentro de estas cifras es la que va de los 0 a los 14 años.

Otro dato que arrojó la investigación, es que la mayoría de sucesos tiene lugar durante la época de vacaciones, por ejemplo, a finales y principio de año y durante Semana Santa, corroboró la investigación.

Para este año, el Ministerio de Seguridad Pública tendrá un intenso operativo durante la Semana Santa, en el que se reforzará con guardavidas que han cumplido con el programa de entrenamiento de cara a la atención de muertes por sumersión.

Habrá 31 oficiales entre Policía Turística y las unidades regulares distribuidas en los diferentes puntos de alta demanda de turistas.

Medidas de precaución

  • En la playa

    VER MEDIDAS
  • En un río o poza

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  • En la piscina

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  • ¿Qué hacer en caso de emergencia?

    El guardavidas Marvin Pérez aconseja que lo más prudente es avisar a una autoridad lo que está ocurriendo, pues estas personas cuentan con capacitaciones para este tipo de situaciones. Si una persona intenta ingresar, pero no sabe manejar la situación, lo más probable es que se ahoguen los dos. Si usted está en una situación de emergencia, debe:

    1

    Mantener la calma. En el momento que la persona entra en pánico está un paso más cerca de no lograr salir con vida.

    2

    No intente pelear contra la corriente, guarde energías. Lo mejor es que flote y levante la mano en señal de ayuda.

    3

    No nade de manera paralela a la corriente, este es un mecanismo que por lo general las personas siguen; sin embargo, es probable que al llegar a la orilla vuelva a ser arrastrado por la corriente.

    4

    Si hay oleaje, lo mejor es que intente salir del agua con el movimiento del agua.

    Testimonio de un rescatista:

    Marvin Pérez, guardavidas:

    “La gente tiene que entender que donde hay agua siempre habrá peligro”

    Marvin Pérez tiene 42 años y unos 20 de experiencia como guardavidas, una profesión que lo hizo poner de lado su pasión por el surf para tener sus ojos atentos hacia aquellos bañistas que disfrutan día con día de las aguas de su natal Jacó.

    Pérez asegura que desde su temprana adolescencia ya tenía claro que esta sería su vocación; sin embargo, reconoce que a pesar de que ahora cuenta con todo un sistema de guardavidas, equipo de calidad y reconocimientos a nivel mundial, sus comienzos en esta noble labor no fueron sencillos.

    “Jacó antes era muy peligroso, el índice de ahogamientos era muy alto, por ello decidí llevar un proyecto de guardavidas a la municipalidad, me fui a capacitar a Australia para luego recibir una licencia que me permitiera capacitar a los surfistas”, comenta Pérez, quien además comparte que cuenta con el tercer lugar en el mundo como mejor capacitador en rescates para surfistas en altamar.

    Sin embargo, a pesar de que este amante de las olas ha logrado obtener reconocimientos y viajar a distintos países gracias a su profesión; asegura que las emergencias reales le han dejado desde heridas abiertas en su corazón, que todavía le roban el sueño, hasta largas amistades.

    “La gente tiene que entender que donde hay agua siempre habrá peligro; a veces se confían pero el mar hay que saber leerlo, hay que estudiarlo y no confiarse”, dice Pérez.

    Dentro de sus días más duros recuerda el caso de un señor extranjero en Playa Hermosa (Jacó) a quien le estaba aplicando la técnica de resucitación (RCP), cuando una señora con una niña de seis años y otro de 13 se acercaron para orar.

    “La señora me preguntó si sabía hablar inglés, entonces ella dijo: Padre Nuestro recibe a mi esposo en el cielo y protege a mis hijos en la tierra y dos minutos después el señor falleció”, comenta Pérez.

    La aceptación del infortunio por parte de esa familia, lo dejaron impactado de por vida.

    Otro momento que lo marcó, fue el caso de una señora vecina de Heredia que cuando la encontraron estaba flotando boca abajo. “Nos pareció muy extraño porque por lo general las personas se hunden, pero lo más sorprendente fue que al llegar, nos dimos cuenta que dos niños (sus hijos) estaban manteniéndose a flote gracias al cuerpo de la mamá y lograron sobrevivir”, recuerda con tristeza.

    "En la arena, estaban su esposo en muletas y otro niño, fue un momento muy impactante”, dice.

    Amistades de por vida

    Para Pérez, lo más preciado que le ha dejado su trabajo son las amistades que ha logrado cosechar después de los momentos difíciles.

    “Uno de los mejores rescates fue el de Karla Vargas. Ella vive en Heredia y andaba paseando con dos de sus amigas en un hotel de la zona. Cuando llegamos al rescate logramos sacar a sus dos amigas, pero a ella no la encontrábamos por ningún lado”, cuenta.

    En ese momento, el guardavidas tomó la decisión de sumergirse y en el fondo logró verla donde se estaba hundiendo. Entonces la tomó y la sacó a la orilla, ahí le practicó RCP por 20 minutos.

    “Yo a ella la saqué muerta del agua, cuando le hice la técnica empezó a vomitar y a quejarse y se volvió a ir; entonces le hice con más fuerza hasta que volvió a vomitar. A las semanas me llamaron para decirme que Karla había sobrevivido”, expresa.

    “Ahora somos muy amigos y no perdemos comunicación”.

    Otro caso que le ha generado satisfacción es el rescate de una muchacha que estaba con su novio (quien sí falleció). “Se le practicó RCP a ella porque la sacamos inconsciente del agua. Cuando logramos ‘regresarla’ los paramédicos se la llevaron a un centro médico y dos semanas después me llamaron para decirme que tanto la joven como el niño que llevaba dentro estaban a salvo”...