Juan Fernando Lara. 19 agosto
Servicios de televisión satelital en casas del precario Triángulo de la Solidaridad (San Gabriel de Calle Blancos, Goicoechea). Hace siete años había 54.000 hogares pobres con televisión paga. Al 2017, eran 147.000. Fotografía Jorge Castillo
Servicios de televisión satelital en casas del precario Triángulo de la Solidaridad (San Gabriel de Calle Blancos, Goicoechea). Hace siete años había 54.000 hogares pobres con televisión paga. Al 2017, eran 147.000. Fotografía Jorge Castillo

Sea en el campo o la ciudad, en torres de apartamento o en ranchos de cinc, el servicio de televisión pagada alcanza 69% de las casas en Costa Rica.

El alcance, que creció una cuarta parte en los últimos siete años, se explica por la presencia de más proveedores y el arribo del servicio a zonas y sectores de población antes desatendidos.

A julio del 2010, de 1,2 millones de viviendas en Costa Rica, alrededor de 568.000 viviendas (45%) tenían algún servicio de cable, satelital u otro, indican datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC). Para julio del 2017, la cifra de hogares con el servicio llegó a 1.032.000 (69% de 1,5 millones); precisó el INEC.

El salto significa otros 464.000 domicilios con televisión pagada; muchos de los cuales podrían estar en sectores de población con menos ingreso por lo cual es poco sorpresiva la cantidad de antenas posadas sobre los techos en esos asentamientos.

“Mi hijo Joseph tiene parálisis cerebral y a él le hace mucho bien porque lo entretiene. Ha sido muy bonito y me ayuda mientras hago oficio en la casa. A mí que no me lo corten. ¡Dios guarde, aquí se usa mucho!", exclamó Xiomara Méndez Guido, jefa de hogar vecina de la ciudadela Rossiter Carballo, en La Uruca.

Méndez reside allí desde hace 11 años gracias a una pensión estatal por la condición de su hijo de 9 años. Allí también vive su hija de 17 años y estudiante de colegio. Esta madre soltera paga ¢15.000 al mes por su televisión satelital; un enlace que instaló hace 9 años.

Para ella, la conexión es “muy necesaria” pese a su trajín diario de llevar y traer a su hijo del hospital a sus sesiones de terapia y seguimiento, además de otras necesidades de los tres.

Para ellos tres, ese enlace al exterior es una forma de entretenerse más accesible y sin salir de un hogar donde, dado el único ingreso disponibles, salidas al cine o irse de vacaciones a la playa es improbable.

“El fin de semana hay más tiempo y vemos películas”, aseguró esta madre.

Según el proveedor, en servicios de televisión satelital, el cobro por los paquetes básicos (sin video en alta definición) comienza en ¢11.000. En televisión por cable, el piso tarifario ronda los ¢20.000 sin incluir el servicio de Internet.

Que este tipo de servicios se haya convertido sin importar el estrato económico es entendible para Carlos Sandoval García, académico e investigador de la Universidad de Costa Rica. La televisión, recuerda Sandoval, no discrimina como vehículo de comunicación.

Para él, un factor que podría explicar el incremento de este servicio es ser una forma de diversión accesible a las familias, como lo confirma la vecina de la ciudadela Rossiter Carballo.

“Un contraste que puede clarificar este punto es que, si uno considera una salida al cine del papá, la mamá y dos hijos, por ejemplo, esa es una salida onerosa. Entre entradas, bebidas y golosinas; sin considerar costo del transporte o combustible; el paseo ronda fácil ¢7.000 por persona. Nos damos cuenta así que el entretenimiento puede oneroso”, aseguró Sandoval.

En efecto, la penetración del servicio ha entrado tanto a hogares pobres como no pobres, confirmó Eddy Madrigal Méndez, coordinador de la Encuesta Nacional de Hogares que realiza el INEC.

“Mire, en el 2010 el porcentaje de hogares pobres con televisión paga era 20%, al 2017 era 49%. Se ve que toda capa de población ya tiene más acceso”, explicó Madrigal.

Un servicio que podría juzgarse de “lujo” sobre ranchos en un precario podría, sin embargo, constituir un apoyo para soportar el miedo, el cansancio y la incertidumbre que la pobreza deposita en abundancia sobre quienes la soportan; en ocasiones en solitario respecto al posible apoyo de entidades oficiales u otros grupos de la sociedad civil.

Como indicó Madrigal, hace siete años eran 54.000 de 269.000 hogares pobres los que tenían televisión paga. Al 2017, ya eran 147.000 (93.000 más) de 297.000 familias en esa situación.

La variable geográfica

Otro factor que influye en la tendencia es la zona geográfica, apuntó José Francisco Correa, profesor universitario y consultor especializado en análisis y consumo de medios.

Según Correa, la televisión satelital despegó en últimos años porque anteriormente ningún proveedor de cable había visto la conveniencia de atender zonas alejadas del centro del país donde, encima, la recepción de señal de televisión libre y gratuita es deficiente. Los datos lo respaldan.

Al 2010, la televisión con antena satelital sumaba 12% del negocio de televisión pagada y 88% eran suscripciones de cable; precisan datos de la Superintendencia de Telecomunicaciones (Sutel). Al 2017, la televisión satelital iba por 29% del mercado, había 3% televisión sobre protocolo de Internet y los enlaces con cable quedaron en 68%.

De hecho, donde proporcionalmente se instalaron más servicios de televisión satelital y cable fue la región Huetar Caribe, que incluye a Limón y parte de Sarapiquí.

Esta zona pasó de 31.000 hogares en el 2010 con alguno de esos servicios a 80.000 al 2017 (154% de incremento) señala INEC.

Le siguen la regiones Brunca (Pacífico sur), con 131% de variación (de 30.000 a 69.000 servicios), Huetar Norte (zona norte) con 110% de repunte (34.000 a 72.000) y Pacífico Central con 78% (de 36.000 a 64.000).

El área que sumó numéricamente más suscripciones (y cuya base de hogares con servicio es la más amplia) fue la zona Central que cambió de 402.000 casas con televisión cobrada en 2010 a 663.000 en 2017 (261.000 más equivalentes a 65%), indica INEC.

Esos crecimiento cobraron fuerza con la apertura del mercado de telecomunicaciones en 2011, cuando llegó al país la empresa mexicana América Móvil (marca Claro) que luego empezó a vender televisión satelital dirigida a sectores populares. Antes de ese año, el servicio solo lo ofrecía en Costa Rica la empresa Sky.

“Claro apuntó al segmento de más bajo de ingreso lo cual permitió cubrir mucha zona rural donde, por densidad poblacional o geografía, a las empresas de cable nunca les pareció rentable invertir. Sin embargo, al acercarse la apertura de telecomunicaciones, otras empresas corrieron a instalar postes y tendidos para llevar cable e Internet", recordó Gilles Maury, analista de la firma consultora Deloitte.

Estos proveedores, agrega Maury, fueron las cooperativas de distribución eléctrica, localizadas precisamente en zonas rurales.

Cuando se abrió el mercado de telecomunicaciones, varias cooperativas de electrificación vieron la oportunidad de crear una red de fibra óptica entre esas cooperativas para proveer más servicios, explicó Erick Rojas, gerente del Consorcio Nacional de Empresas de Electricidad de Costa Rica R. L (Conelectricas R. L.). Este se integra de las cooperativas Coopelesca R. L, Coopesantos R. L, Coopeguanacaste R. L y Coopealfaroruiz R. L.

“Las cooperativas no es que hacen clavos de oro con estos servicios, más bien la estrategia comercial era primero ofrecer Internet y luego cable a precios cómodos para competir”, comentó.

Según Rojas, hacia el 2005 las cooperativas ya habían analizado la conveniencia de esa aventura comercial porque también descubrieron que la brecha digital entre el centro del país y zonas rurales “era grande”. En síntesis, era estratégico invertir en telecomunicaciones. A partir de entonces, y con la cercana apertura de ese mercado, las cooperativas asumieron como política, tejer redes de fibra óptica.

Goles y dramas en alta definición

En el proceso, el mercado de televisión pagada se dinamizó y alcanzó a más viviendas. Algunas, incluso, ya no conciben estar sin el servicio después de probar las “mieles” del video en alta definición. Es el caso de Juan José González Alvarado y su familia.

Antes de servicios de televisión satelital de varias empresas sobre los techos de casas en la ciudadela Rossiter Carballo en la Uruca /Foto de Jorge Castillo
Antes de servicios de televisión satelital de varias empresas sobre los techos de casas en la ciudadela Rossiter Carballo en la Uruca /Foto de Jorge Castillo

González reside hace 36 años en la ciudadela Rossiter Carballo, en La Uruca. Pastor de la iglesia local, este asesor de ventas vive allí con su esposa, dos hijos (de 11 y 18 años), un sobrino también de 18 años y su suegro de 92 años. En conjunto y por separado, todos son televidentes infatigables adictos a las películas y el fútbol.

“Un motivo importante de tener este servicio es que la oferta nacional es mala: poca película, mucha novela. Casi nunca hay partidos internacionales ni buenos programas deportivos o de análisis. Durante el Mundial, sin esto, no era posible ver los juegos”, explicó.

Frente al televisor, algunas veces se apiñan todos. En Semana Santa, por ejemplo, es su tradición ver las películas religiosas de esos días y, en otras ocasiones,“sufrir en familia” cuando juega la Selección Nacional. Sábados y domingos; él y su esposa suelen ver películas después de de la cena “mientras mis muchachos van a ver a sus novias”.

En esa casa se pagan ¢29.500 por cuatro cajas receptoras de un servicio de televisión satelital contratado hace ya años y para sorpresa del padre.

“Queríamos contratar pero nadie ofrecía el servicio aquí. Hasta que un día llegó mi esposa y me anunció que ya había contratado el cable. Fue una promoción de una compañía que al final la convenció”, explicó González quien respalda la decisión de su esposa.

Según el esposo, la familia es “adicta a ver películas” y incluso disponen de un mueble repleto de discos de largometrajes comprados en el tiempo cuando hacían ese gasto. Ahora, explicó, nada más esperan la eventual transmisión de los filmes cuando diversos canales las anuncian como estrenos en su programación.

Su proveedor incluso les brinda hace algún tiempo acceso a Internet, como un extra por la suscripción después de que, en cierta ocasión, casi se cambian de compañía al sentirse insatisfechos con el servicio contratado.

“Eso también nos ha resultado beneficioso. Yo llevo cursos de teología en línea, entonces incluso a mí me ayuda para fines de estudio”, recalcó.