26 junio, 2011
Kenneth Jara vive con su esposa, Marielos Quesada, y su hija Dayanara en una casa prestada en Carrillos Bajo de Poás, Alajuela. Jara no cursó la secundaria pues debió trabajar, debido a la crisis económica de los 80. | MAYELA LóPEZ

La severa crisis económica de los años 80, que duplicó la pobreza, disparó el desempleo y trajo hiperinflación en el país, todavía persigue a 315.000 costarricenses.

Esas personas representan al 68% de quienes estaban matriculadas en primaria o secundaria en 1984, pero que dejaron las aulas en busca de cualquier tipo de empleo que les permitiera llevar algo de sustento a sus hogares.

A ellos se les conoce como la “generación perdida”. Hoy tienen entre 32 y 48 años de edad y, debido a que no concluyeron sus estudios, solo logran obtener trabajos de salarios bajos.

De hecho, el 41% de esas personas todavía vive con sus padres, aunque estén casados y con hijos, pues carecen de dinero suficiente para alquilar o comprar casa, reveló el estudio.

“Es gente que no puede mejorar sus condiciones de ingreso porque no tienen mayor nivel educativo”, resaltó Isabel Román, coordinadora de un estudio del Estado de la Educación que analizó el tema.

Un ejemplo de ello es Kenneth Jara Chinchilla, quien tiene 35 años y solo cursó la primaria.

“En esa época había que trabajar y yo soy el mayor. Lavé buses y trabajé en fábricas cuando era menor de edad”, relató.

Jara, casado y padre de dos hijos, vive en una casa prestada en Carrillos Bajo de Poás y se encuentra desempleado.

Ahogados. La economía de la década de los 80 era tan frágil que en 1982 el tipo de cambio pasó de ¢8,60 a casi ¢60.

“Es como si ahora pasara de ¢500 a ¢10.000. El precio de los productos se duplicaban en un año”, ejemplificó Leonardo Garnier, ministro de Educación.

Lo más grave es que esos muchachos no querían abandonar los salones de clases, pero lo hicieron obligados por las penurias económicas, opinó Garnier.

Como el dinero no alcanzaba, los jóvenes vendían golosinas o limpiaban zapatos.

“Las familias lanzaron a sus hijos a buscar ingresos en cualquier actividad. No era por el costo de los uniformes o útiles sino por lo que dejaban de aportar (si no trabajaban)”, comentó José Carlos Chinchilla, sociólogo de la Universidad Nacional (UNA).

En medio de la angustia por la falta de dinero, la “generación perdida” se topó con otra dificultad: el país le dio la espalda y no tomó medidas para que regresara a las aulas, afirmó Isabel Román.

Arturo Aguero, uno de los damnificados de esa época, lamenta hoy que en 1980 no existiera un programa de becas.

“Cursaba octavo año en Hatillo y mi mamá me dijo que debía trabajar porque no podía más. El dinero no alcanzaba”, contó Aguero.

El ministro Garnier cree que estas personas sufren ahora amargura y problemas de autoestima por no haber concluido los estudios.

“Es una mezcla de sensaciones, en parte tuve la culpa por salirme del colegio pero en parte la sociedad me sacó del colegio. Era gente con ciertas expectativas pero al salir del colegio renunció a ser clase media en ascenso y son clase media en descenso, que tienen problemas económicos”, lamentó Garnier.

¿Y el Estado? La alta deserción vino acompañada por el freno estatal a la inversión en educación.

Por ejemplo, en 1980 el Estado destinaba al año ¢77.000 por habitante en educación, pero en 1990 apenas invirtió ¢45.400. Esas cifras se convirtieron al valor del colón del año 2000.

Además, en la década de los 80 solo se construyeron 39 colegios (10 de ellos en 1989) mientras que en la década pasada se levantaron 339.

El país requirió 20 años para recuperar la cobertura en secundaria que tenía en 1980.

“La crisis económica fue muy fuerte, el Estado perdió músculo en la inversión en educación y en la capacidad de que la gente estudiara. La gente debía optar por comer o estudiar”, concluyó Román.