Esteban Valverde. 5 abril
Nueva York tiene varios centros especializados en coronavirus, uno es el Elmhurst, también el Maimonides Medical Center, donde trasladaron al paciente en imagen. Fotografía: AFP
Nueva York tiene varios centros especializados en coronavirus, uno es el Elmhurst, también el Maimonides Medical Center, donde trasladaron al paciente en imagen. Fotografía: AFP

Grace Hidalgo Armenta es una costarricense de 33 años, ella vive en Estados Unidos, específicamente en Queens, Nueva York. Además, trabaja como pediatra en el Hospital Flushing, a solo dos millas del principal centro de lucha contra el nuevo coronavirus, el Elmhurst Hospital.

Hidalgo es una nacional que lejos de casa confronta a la enfermedad que tiene en vilo al mundo, porque reside en el lugar de Estados Unidos con más casos; también trabaja en el sistema de salud que lucha por controlar el avance de una pandemia que suma a más de 4.000 fallecidos en esa ciudad.

La doctora Hidalgo es sincera; todos los días el miedo la invade, también la angustia, el sentimentalismo. Esta mujer también es madre de un pequeño de cuatro años, esposa, y tiene a sus padres en Costa Rica. La preocupación se multiplica hacia donde vuelva a ver.

En su día a día, desde hace tres semanas, ya se acostumbró a vivir con los anuncios por el altavoz del centro médico al que pertenece de que hay un nuevo caso de covid-19, también ya ve como normal atender pacientes sospechosas o confirmadas, no obstante, ella les da soporte en otra área.

"Yo por ahora estoy en cuidados intensivos neonatales y maternidad, ahí uno piensa que hay menos exposición, pero todos los días llegan mamás a dar a luz y tienen el virus o son sospechosas, entonces es muy común ver el virus de frente", contó.

"Cada vez que voy a una cesárea o parto me pongo todo: protector de ojos, doble mascarilla y el traje porque sinceramente se da por sentado que todo el mundo acá está infectado", reveló.

La pediatra explicó cómo las sensaciones fluyen en ella al alistarse cada mañana para ir a trabajar, porque no solo la ataca el temor de ver la evolución de sus pacientes, sino el propio de ser infectada o el que más la atormenta: llevar el nuevo coronavirus a su casa.

Con un pequeño que no ha vivido todavía su primer lustro y que lo único que desea es abrazar a su madre cuando regresa, a la pediatra solo le queda tragar fuerte, evitar el nudo de garganta y hacerle entender a su hijo que los abrazos deben esperar.

"Uno tiene algo en el corazón que le dice: 'no quiere ser culpable', aunque usted sabe que si se contagia no fue su culpa, pero siempre tiene el temor. No estoy en los zapatos de emergencias y medicina interna que son los que verdaderamente luchan, pero sí les puedo decir que esto es estar en la guerra pero sin armas. En el hospital todos tenemos una sensación de impotencia, angustia, nos sentimos vulnerables... Nos invade el miedo por el paciente, por nosotros y por nuestras familias", mencionó.

Al covid-19, Grace lo ve reflejado en sus actividades normales. Para esta especialista formada en la UCIMED y la Universidad de Costa Rica hay imágenes que dimensionan la fuerza de la enfermedad; también son un duro golpe a la realidad.

“Tuvimos un paciente de cuatro días de nacido que fue positivo. Habían familiares en la casa con tos y pensaron que no era nada, pero cuando el niño tuvo fiebre pues lo trajeron y salió positivo, al final se conservó estable, pero siempre te genera inquietud. Llegar al trabajo y ver tres camiones esperando cadáveres te hace vulnerable. No se puede no sentir...”, reflexionó.

La doctora tiene todo un ritual sanitario cuando regresa a su hogar. Primero se quita los zapatos, luego la suéter y abre la puerta del apartamento, seguidamente pasa a un baño, el cual solo es utilizado por ella, ahí se baña y mete toda su ropa en una bolsa.

Luego de saludar a su esposo e hijo, se dirige a la lavadora, donde deposita la ropa y la lava de una vez.

"Yo trabajo en un hospital comunitario, entonces eso quiere decir que la mayoría de los pacientes que yo veo son personas que no tienen seguro privado. La mayoría de mis pacientes son latinoamericanos. Estamos a dos millas del Hospital Elmhurst que es como el centro especializado en coronavirus en este momento, por lo que sí tenemos una gran área de atracción de familias afectadas por la pandemia. Hemos recibido ventiladores extra y hemos tenido toda una reestructuración, pero a veces no alcanza"; dijo.

En la labor diaria lo más complicado para esta costarricense es comunicarle a una madre que su hijo porta el covid-19, por lo que ella toma en cuenta hasta la parte psicológica para darlo a conocer.

"Es complicado decirle a una mamá, con todos los miedos que hay en el aire: 'la enfermedad de la que todo el mundo habla, la tiene su bebé. Nos toca reconfortar a los padres, mantenerlos en calma. Es cierto que la mayoría de la gente sale bien, pero también acá en Nueva York se han visto muchos casos de gente de 20 o 30 años que ha requerido intubación y cuidados intensivos", profundizó.

La profesional tiene en su hoja de vida el enfrentamiento a un fenómeno similar, cuando a finales de la primera década de los 2000 formaba parte del Hospital Nacional de Niños cuando la gripe H1N1 azotó al mundo.

Aunque en su currículum tiene esa vivencia, la especialista de la salud es clara en que lo vivido en la actualidad no tiene punto de comparación.

Grace junto a su esposo Simone Ghirlanda y su pequeño, en Nueva York. Fotografía: Cortesía
Grace junto a su esposo Simone Ghirlanda y su pequeño, en Nueva York. Fotografía: Cortesía

Desde su perspectiva, Costa Rica está en un momento clave del desarrollo de la misma y para evitar una saturación del equipo médico como sucedió en EE.UU el comportamiento de la población es clave.

"En Costa Rica hay un sistema de salud muy bueno, pero en el momento en que la cantidad de pacientes que requieran cuidados intensivos supere la capacidad del país no hay vuelta atrás. Estados Unidos es grande, con recursos, pero no hay camas, ni ventiladores suficientes. El dinero no lo compra todo, si la gente no se queda en casa no hay nada más que podamos hacer como médicos", añadió.

A Grace en ocasiones la ataca la frustración, porque los escenarios que observa sobrepasan la capacidad del equipo médico al que ella pertenece.

“Es complicado porque no sabemos o no conocemos bien al enemigo, es silencioso, no sabemos cómo atacar. Las bacterias responden a antibióticos, para combatir la influenza está la vacuna y los antivirales, pero en este caso no hay nada, solo damos soporte respiratorio al que lo necesite, entonces es frustrante no poder hacer más por el paciente. Hay angustia porque no sabemos cómo terminará esto, la gente pregunta y son respuestas que no se tienen”, finalizó.