Ángela Ávalos.   31 octubre
Jaime Solís Quesada de niño. El futuro médico intensivista fue criado por sus abuelos maternos en el barrio Betania, en Sabanilla de Montes de Oca, al este de San José. La humildad de su familia no fue impedimento para que, con grandes esfuerzos, hiciera realidad su sueño de convertirse en médico. Foto tomada de FB

La foto nos traslada a principios de los setentas. Un niño sonríe para el lente. Sus piernas regordetas y su pequeña figura en pantaloncillos cortos nos muestran a alguien feliz, que fácilmente conecta con los otros por medio de su mirada.

Los rizos en su cabello son los mismos que, varias décadas después, enmarcarán el rostro afable de un hombre bueno.

El pequeño de la imagen en blanco y negro es Jaime Solís Quesada. Podría tener unos cinco años cuando la cámara lo retrató.

Eran tiempos felices, en Betania, Montes de Oca, un barrio de gente humilde al este de la capital, donde creció quien se convertiría con el paso del tiempo en uno de los médicos especialistas en Medicina Crítica y Terapia Intensiva más destacados del país.

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Hace una semana, el hombre de 54 años en que se transformó este pequeño, falleció por causas relacionadas a la covid-19.

Apenas unos días antes de su fallecimiento, él mismo estaba a la cabecera de las camas de Cuidado Intensivo del San Juan de Dios luchando por las personas más gravemente enfermas de covid, y compartiendo sus conocimientos como docente de los futuros especialistas.

Los registros de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) lo cuentan como la víctima mortal número 13 entre sus casi 60.000 funcionarios, y el quinto médico en ejercicio de sus funciones que muere durante esta pandemia.

Solís Quesada era uno de los cuatro intensivistas del San Juan de Dios, uno de los hospitales nacionales que han soportado la mayor carga de la atención de enfermos de la covid-19 durante esta emergencia nacional, que acumula más de 108.800 casos confirmados y 1.371 muertes.

Su prematura e inesperada pérdida, no solo deja peligrosamente diezmado a su equipo de compañeros, quienes continúan lidiando con los embates de la pandemia en su ausencia.

También le arrebata la sonrisa, el consejo oportuno y certero, y la calidez de su compañía a quienes caminaron a su lado por años: familia, colegas y amigos, quienes hoy lo lloran y recuerdan con agradecimiento.

Esta es su historia.

Persistente, soñador y brillante

Jaime, el pequeño de la fotografía, forma parte de una familia con dos hermanos más. Él era el del medio, cuenta su esposa, la médica neumóloga Wing Ching Chan Cheng.

Solís y Chan recién habían cumplido 30 años de casados el pasado 11 de agosto, cuando el SARS-CoV-2 interrumpió bruscamente una historia que llevaba 36 años de estarse escribiendo.

Las primeras páginas de un largo viaje que incluyó tres hijos (dos, le sobreviven), numerosos viajes por el mundo, e interminables y agotadoras jornadas de trabajo en hospitales de la seguridad social comenzaron a tejerse en las aulas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Costa Rica (UCR), en donde los futuros especialistas se conocieron y enamoraron.

"Entonces me pongo a pensar que puede que seamos injustos contando la vida en años y que lo más justo es contarla en momentos. Algunos que aunque queremos olvidarlos aún están ahí en nuestra memoria y muchos más que deseamos no olvidar ni después de la muerte (...) Mis colegas amigos que son mi ejemplo y se ganan cada día mi admiración por lo que hacen y sacrifican día a día, a veces sin reconocimiento; los atesoro porque me enseñan humildad y perseverancia. Hasta mis estudiantes porque sin ellos mi vida laboral podría ser monótona y ellos le han regalado colores a diario. Pero los momentos más preciados son los que compartes con esa persona que sin ser nada tuyo decide compartir pasos contigo. Y te apoya a ratos y te frena a veces. Que te ayudó a compartir el regalo de tener hijos y que te ayuda en el trabajo interminable y desconocido de ser padres. Gracias Wing Ching por esa vida inolvidable. Y gracias chicos por ser los hijos especiales que me tocó tener en este mundo”. Jaime Solís Quesada, 13 febrero 2016, San Pedro de Turrubares, en sus 50 años.

Ambos venían de familias trabajadoras. Solís, incluso, fue criado por sus abuelos maternos, don Nicanor Quesada y doña Teresa Alpízar (ambos, fallecidos) tras la repentina muerte de su mamá, y creció rodeado de los cuidados de sus tíos y tías maternos Misael, Amelia, Jeanette y Miriam, quienes lo educaron con gran amor.

"Tenía apenas nueve años cuando me llegaron a sacar del aula. Era uno de mis tíos y cuando lo vi caminando por el pasillo y por la fuerza con que me abrazó de inmediato supe que no la volvería a ver. Mi madre hacía dos días había tenido un severo dolor de cabeza y del hospital avisaron que había fallecido.

“Eran otros tiempos y recuerdo que el día del funeral por la tarde mi familia regresaba a casa y yo esperaba porque alguien decidió que no era bueno que los niños pasaran por ese dolor. Pero el dolor se quedó”, escribió Solís el 15 de agosto del 2019 en su perfil de Facebook cuando le aconsejó a quienes aún tenían a sus madres aprovechar el calor de esa presencia.

La familia materna aún conserva la antigua casa donde se crió Solís, en las cercanías de la rotonda de Betania. Hasta el año pasado, todos los 25 de diciembre era tradición reunirse ahí a compartir regalos y a sembrar los buenos recuerdos que hoy los sostienen tras la pérdida.

Dentro de sus planes futuros no estaba el retiro al llegar la edad de pensión. Disfrutaba tanto su trabajo en la UCI y la docencia, que no pensaba en alejarse de los hospitales. Foto: tomada de FB

Alumno brillante y esforzado, estudió en el Liceo Joaquín Vargas Calvo. Luego del bachillerato, ingresó a la Universidad de Costa Rica (UCR) a cumplir su sueño de infancia: convertirse en doctor. Fue el primero de la familia.

“No le gustaba la Mate (matemáticas) para nada. Le gustaba más la Ciencia, las letras. Éramos carné 83 (ingresaron a la UCR en 1983), comenzamos a jalar (ser novios) en 1985, cuando estábamos en las rotaciones de la carrera. Yo escogí el Calderón y él me siguió... es lo que me cuenta. Nos casamos en el primer año de la residencia, en 1990”, relata su esposa, quien contó que al médico siempre le gustó escribir prosa y poesía desde joven.

Los años de noviazgo y estudios fueron de estrecheces económicas. Ninguno de los dos tenía recursos.

“Hicimos el servicio social en Turrialba. Él en el Ebáis de Santa Teresita, y yo en la móvil del Ministerio de Salud, junto a otro amigo que hoy es el padrino de mi hija, infectólogo. Estudiamos montones para entrar a la residencia (estudios de posgrado para sacar la especialidad médica), y como éramos buenos, entramos a Medicina Interna", recuerda Chan Cheng.

Fue durante las rotaciones que Solís se enamoró de los cuidados intensivos y críticos. En el segundo de los cuatro años de residencia, hizo el examen de subespecialidad para optar por Medicina Crítica y Terapia Intensiva, y lo logró.

En 1994 se graduó como especialista en el área que ejerció hasta su muerte, aunque no resultó fácil para él encontrar plaza en los primeros años.

“Él comenzó a trabajar en emergencias del San Juan, que luego se convirtió en su segunda casa. Eran jornadas muy duras. Ahí fue cuando, a los años, se lo llevaron a trabajar a Cuidados Intensivos”, recuerda su esposa y colega.

Cualidades únicas

La médica especialista en Medicina Interna, Hannia Figueroa Ramos, hoy jubilada, coordinaba en los noventas esa área dentro del servicio de Emergencias del San Juan de Dios.

"Era y continúa siendo un servicio complejo, donde siempre estamos trabajando con una saturación completa y con necesidad de atender a los pacientes en forma eficaz y efectiva.

"Jaime llega al servicio como parte de una selección de un equipo que yo quería formar para que nos aportara con las innumerables atribuciones profesionales que él tenía. Si por algo se caracterizó durante su paso por aquí fue por ayudar a tomar las mejores decisiones en los momentos más difíciles”, reconoce Figueroa.

Hace poco más de un año, los esposos Solís Chan disfrutaron sus vacaciones en Oia-Santorini, Grecia. Este año, por la pandemia, tuvieron que suspender los viajes planeados a Escandinavia e Islandia. Pasaron su 30 aniversario de bodas en Uvita, península de Osa. Foto: cortesía de la familia

¿Qué lo caracterizaba como médico?

“Él tenía esa habilidad de integrar e inmediatamente indicar lo que en forma aguda necesitaba un paciente. Por ejemplo, en un paciente que entra y tiene una arritmia hay que interpretar el tipo de arritmia y el tratamiento que se le debe dar.

"O la embarazada que ingresa con edema agudo de pulmón y con un niño en sufrimiento fetal... son decisiones que se deben tomar de forma inmediata y coordinada. Él tenía muchas capacidades, y una era esa toma de decisiones rápida y certera; su agudeza diagnóstica y la rapidez de la toma de decisiones”, destacó Figueroa.

El intensivista Carlos Wu Chin trabajó con Solís en Emergencias del San Juan, donde se convirtieron en grandes amigos hasta el día de su fallecimiento, el jueves 22 de octubre, cuando lo visitó por última vez para rezar a su lado antes de que muriera.

Jaime Solís Quesada, médico intensivista fallecido por causas relacionadas a la covid-19, junto a médicos residentes, una semana antes de enfermar. La imagen se tomó en la UCI para enfermos severos de covid. Foto: Paolo Duarte Sancho para LN

“Emergencias era un campo de batalla, y ahí Jaime y yo éramos un equipo donde nos acoplábamos sincronizadamente: él me calmaba, yo lo incentivaba. Su personalidad era más tranquila que la mía. Llegaba a calmar la situación. Yo era más agresivo en el abordaje de pacientes. En la parte de docencia, él tenía más paciencia para enseñar”, recuerda Wu.

La primera y hasta hoy la única médica especializada en Cuidados Intensivos en Costa Rica, Lineth Piedra, cursó la residencia en esa área junto a Solís.

“Jaime sabía lo que le estaba pasando, veía el monitor de signos vitales, sabía para qué le estábamos poniendo qué medicamento y reconoció cuándo se estaba complicando. Fue súper súper valiente, porque se dejó hacer de todo sin rezongar, y aguantó como los valientes hasta el final. Luchó por él, su familia y sus amigos”. Lineth Piedra, especialista en Cuidado Intensivo, Hospital San Juan de Dios, y su mejor amiga.

"Me impresionó la inteligencia de Jaime. Tenía una mente sagaz, clara, un don de gente, una capacidad para expresar claramente esas ideas. Él iba un año antes. Era residente de segundo año y yo de primero.

“Me ayudó mucho porque siendo la primera mujer era un poco difícil, pero siempre sentí su apoyo y amistad desde el principio. Después la vida nos junta cuando él se va a trabajar al San Juan”, comenta la intensivista, quien llegó a convertirse en “el mejor amigo” de Solís, según él mismo le decía al ser la única mujer entre tantos hombres.

“Jaime para mí es insustituible. Era una presencia constante en mi vida. Desgraciadamente, uno no se da cuenta de eso y cuando se enferma y lo perdemos... ¡ha sido un golpe muy duro!”, lamentó Piedra.

Esas cuatro semanas

Fue un miércoles de setiembre pasado. Jaime Solís acababa de impartir su última clase virtual a sus estudiantes de Medicina en la terraza de su casa, en La Unión de Cartago.

La enseñanza era una de sus pasiones, y sus discípulos lo recuerdan como un mentor paciente, dispuesto a compartir toda su experiencia sin ningún tipo de egoísmo.

Caía la tarde y enfriaba el día con la proximidad de la noche. Una carraspera repentina lo hizo sospechar de un resfrío inminente. Dos días después, la fiebre y las indicaciones del oxímetro revelaron que el camino era más complejo que un resfriado.

“'Me estoy resfriando', me dijo. No pensábamos que era covid, pero el viernes tenía más tos y fiebre. Salimos para el San Juan y ahí se quedó. No regresó”, recuerda su esposa tras confirmar que el hisopado que le hicieron a su esposo dio positivo por SARS-CoV-2.

Chan Cheng presume que el origen del contagio podría estar relacionado a la mayor exposición a la que estuvo sometido su esposo al tener que cuidar a tantos enfermos durante la emergencia.

“Ellos (intensivistas) se cuidaban mucho, pero hay pacientes que se ponen mal y en alguno de esos episodios se contagió. El riesgo del personal médico es que al ver tantos pacientes reciben mucha carga viral”, dijo Chan.

Lo que sigue es un relato donde se mezclan días cuando la esperanza repunta pero el miedo aparece; cuando resurgen las oraciones y la fe, pero también aparece la realidad dando cuenta sobre la inminencia de la muerte.

Fueron cuatro semanas de internamiento. Durante las primeras dos, su familia se mantuvo en aislamiento preventivo como lo dicta el protocolo, sin poder aproximarse a Solís.

“De repente, había como cierta mejoría, pero él fue deteriorándose. Tenía muy comprometido el pulmón. Estaba muy asustado y angustiado porque sabía las cosas que venían, aunque los demás evitaban hablarle de eso.

"Yo le decía ‘pórtese como paciente, no vea el monitor, no vea los exámenes’”, comentó la neumóloga, quien tuvo acceso a las radiografías que fueron registrando el amenazador avance de la enfermedad y ella, como especialista, conoció el destino al cual se dirigía su compañero de vida.

Dos años atrás, los Solís Chan visitaron Australia. En la fotografía, la pareja aparece junto a sus hijos Mónica y Cristian en la llamada ruta de los 12 apóstoles, en Melbourne. Foto: cortesía de la familia

Fue a la amiga de Solís, Lineth Piedra, a quien le correspondió tomar la decisión de intubarlo.

"Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos, y más, por Jaime. Ya tenemos ocho meses de pandemia y conocemos más la enfermedad, uno detecta los síntomas y hallazgos de peligro. Aunque muchos van bien y se complican de un momento a otro, uno conserva la fe de que van a salir adelante.

“Es una pérdida muy difícil de recuperar. Hay que invertir mucho tiempo para formar un profesional con las características y la experiencia del Dr. Solís. Y sí duele porque él estuvo avisando, él sentía que la población no estaba haciendo lo que debía. Al final, lo enseñó a costa de su propia vida”. Hannia Figueroa Ramos, especialista en Medicina Interna jubilada.

“Conforme pasaban los días y empezamos a ver complicaciones diferentes en él, empezamos a ser más cautos y realistas. Jaime también lo sabía. En su caso, era un poco más difícil porque yo no podía dorarle la píldora cuando él sabía lo que estaba pasando al ver el monitor de signos vitales, cuando sabía para qué le estábamos poniendo un medicamento y cuándo se estaba complicando”, relata Piedra.

Para intubarlo, la intensivista pidió ayuda a una anestesióloga.

"Yo tengo la convicción de que cuando uno tiene mucho compromiso emocional puede pecar por exceso o por defecto. Y con Jaime estaba emocionalmente muy comprometida, así que le pedí ayuda al servicio de Anestesia.

“Yo le dije que lo íbamos a intubar, él me dijo que sí, que estaba bien, pero que le diera chance de hablar con su esposa. Yo le dije: ‘Te vamos a dormir. Nos vemos cuando te despertés, espero que descansés estos días y después seguimos adelante’", relató la intensivista.

Pasaron tres días después de eso hasta el desenlace final, el 22 de octubre.

Vivan, pero cuídense

Desde marzo, Jaime Solís presentía la crudeza de esta pandemia y dejó constancia de ello en numerosos mensajes escritos en su muro de Facebook, donde apelaba al autocuidado y a la solidaridad de la población para proteger a los otros del contagio del coronavirus.

Como el resto de sus colegas, se preparó al máximo para atender a los nuevos enfermos, sin dejar de sentir cierta aprehensión ante las escenas que transmitían los medios sobre lo que pasaba en otros países.

Mario Sibaja, director interino del Hospital San Juan de Dios, confirma que médicos como Solís construyen con su trabajo la primera línea de batalla contra esta pandemia.

Son quienes están con los pacientes más críticos: los invadidos con catéteres venosos, con soporte renal como hemofiltros, plasmaféresis o hemodiálisis, intentando sobrevivir con las condiciones de salud más complejas y extremas.

“Él, en sí mismo, es insustituible. Su muerte nos llena de dolor. Nunca había visto al hospital entero volcado en una despedida a un compañero.

"Su inesperada partida nos deja también una necesidad que tenemos que llenar con ayuda de la Gerencia Médica, para coordinar todas las posibilidades para traer más soporte y apoyo al equipo de la UCI”, reconoció el funcionario.

“Cuando uno se enfrenta a una realidad de estas, aprende el riesgo que está tomando con el manejo de estos pacientes. En el caso de Jaime, le cobró la vida. No sé cómo la gente piensa que esto es un juego o un invento de alguien. Jaime deja un vacío que todavía no hemos podido asimilar. Lo que puedo aprender de su vida es que definitivamente uno tiene que aprovechar al máximo las oportunidades". Juan Ignacio Silesky Jiménez, jefe del servicio de Cuidado Intensivo, Hospital San Juan de Dios

La muerte de Solís motivó la intervención de todo un equipo de soporte psico-social ante la fuerte afectación emocional entre sus compañeros, quienes deben seguir trabajando al tiempo que aprenden a lidiar con la ausencia de una persona querida, admitió Sibaja.

“El doctor era un amigo de todos. Era una persona a quienes todos querían. No era solamente un funcionario ejemplar. Era un maestro, el mentor, el compañero, el profesional, y también era el amigo...”, dijo Mario Sibaja.

Juan Ignacio Silesky, jefe del servicio de Cuidados Intensivos en el San Juan, asegura que será muy difícil encontrar a alguien con la experiencia que Solís tenía. En el país solo hay 41 médicos con esta especialidad dedicados a la atención de pacientes adultos.

“Jaime era uno de los de mayor experiencia y uno se apoyaba en él en todos los momentos del día. Durante su enfermedad, lo atendimos aquí porque él quiso, quería estar en la que fue su segunda casa, y porque confiaba en el personal y en nosotros. Nos queda el único consuelo de que le ofrecimos lo más que pudimos”, agregó Silesky.

“A muchos pacientes que hoy están en su casa él los salvó. En los intensivistas hay cierto grado de anonimato porque cuando los pacientes llegan ahí están sedados y no pueden ver a sus médicos. Pero ahí a muchos se les salva la vida. Es algo duro, pero lo más duro es que hay que seguir trabajando después de esta dolorosa pérdida. Mis respetos para los compañeros de la UCI porque en estos momentos deben seguir trabajando con este duelo”. Mario Sibaja, director a.i. Hospital San Juan de Dios

Lo más difícil para los colegas y parientes que vivieron de cerca esta muerte, es la indiferencia con la que muchas personas toman la cercanía de esta pandemia.

"Todas las familias de este país van a sufrir una pérdida, la de un ser querido, de alguien conocido porque la gente no se cuida y piensa que esto es de mentira. Esto es una lotería genética y uno no sabe si le va a dar y tampoco sabe cómo.

“Muchas de las personas creían que son solo los adultos mayores a quienes les va a ir mal, pero nosotros hemos visto morir gente de 23 años. Se nos han muerto parejas de esposos, la mamá primero y el hijo después... y eso es un testimonio muy duro. Y la gente lo oye y piensa que es mentira. Ya llevamos más de 1.000 muertos y a la gente no le interesa porque no es su muerto”, dijo Lineth Piedra con un dejo de frustración.

Wing Ching Chan Cheng recuerda la última vez que se tocaron las manos, de camino al hospital, el día que su Solís quedó internado. ‘No me toque, porque se puede contagiar’, le advirtió su esposo.

Hasta la fecha, solo la hija enfermó, aunque no requirió hospitalización. Chan está a la espera de realizarse los exámenes de anticuerpos para ver si ella y su otro hijo pudieron contraer el virus y ser asintomáticos.

“Quienes no creen nunca van a aprender nada de estas pérdidas. Van a seguir siendo testarudos. Lo más importante es que si uno no se cuida uno puede caer en la ruleta rusa en la que le puede tocar feo o le puede ir bien. La enseñanza de la muerte de Jaime es aprender a vivir todos los días como si fuera el último”. Carlos Wu Chin, intensivista del Hospital Clínica Bíblica y amigo.

Lo que le pasó a Jaime demuestra que a cualquiera le puede pasar.

"Aguantó, aguantó y luchó como nadie porque nos había hecho la promesa de volver. Pero nos llamó la mañana del lunes (19 de octubre), y me dice: ‘gorda, me van a intubar, quiero despedirme’. Fue cuando Jaime habló por última vez con sus hijos.

“Los tres pudimos despedirnos de él. Lo sostuvieron con medicamentos unas horas para que todos nos pudiéramos despedir. Eso es lo que la gente no entiende y yo quisiera que resaltara: que esos números que dan todos los días no son cifras. Son esposos, hijos, padres, amigos”.

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