Ángela Ávalos. Hace 3 días
"Es dantesco". La frase pronunciada por este cirujano general describe la intensidad con la que transcurren los días en los hospitales de la CCSS que atienden enfermos de covid-19. Foto: Shutterstock

El corazón se le hacía un puño cada vez que llegaba al sótano del hospital y apretaba el botón del ascensor que lo llevaría al último piso. Ahí estaba su mamá internada en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), luchando contra la covid-19. Como médico, él sabía que existía la posibilidad de encontrar la cama vacía.

Ese martes de octubre, dejó a su papá muy grave, en el área covid de Emergencias. Pocos minutos antes, una ambulancia lo ayudó a llevarlo al hospital con repentinas complicaciones respiratorias tras haber superado un primer internamiento debido al nuevo coronavirus. Lo dejó en manos de sus colegas mientras subió a ver cómo seguía su mamá.

Cuando bajó, los médicos le dieron la dura noticia: su papá, un adulto mayor de 81 años, había fallecido pasadas las 7 p. m., mientras él visitaba la UCI. No pudo estar con él en sus últimos momentos.

Su mamá nunca se enteró de la muerte del hombre con quien compartió casi 60 años de matrimonio y cinco hijos. Estaba sedada. Cuatro días después de este deceso, ella también falleció por causas relacionadas a la covid-19.

No ha pasado ni un mes de tan trágicas pérdidas para este médico especialista en Cirugía General, quien como muchos profesionales de la salud, ha tenido que encarar los embates de la pandemia desde su trabajo en un hospital de la Caja.

“Es dantesco”, dijo entre las primeras frases de una historia que accedió a compartir a cambio de reservar su identidad. Lo hizo con la única intención de que quienes la lean tomen consciencia de la magnitud de la emergencia que vive el país y el mundo.

“Desde que se registró el primer caso, en marzo, fuimos conscientes del riesgo inmenso para todo el mundo, y de la posibilidad de que esto se hiciera algo grandísimo”.

Además, la herida, profunda y dolorosa, todavía está fresca para él y su familia. Apenas acaba de reincorporarse a su trabajo en uno de los hospitales nacionales.

“Ha sido muy muy duro. El tema de mi papá ha sido terrible, pero de alguna forma nosotros esperábamos un evento así por la condición que él tenía. Uno cree estar preparado, pero cuando llega la hora, no es así”, comentó en referencia a un trastorno neurodegenerativo que su progenitor arrastraba de años y que lo hacía más vulnerable al ataque de cualquier enfermedad.

Su mamá, por el contrario, era una adulta mayor joven, con 77 años recién cumplidos, totalmente activa, hasta el día en que apareció con un resfrío repentino que terminó siendo la covid-19.

“El tema de mi mamá fue como que si te cayera un balde de agua fría porque era una mujer 100% funcional. Como médico y como hijo, me tocó la parte dura de estar aquí. Es muy duro, desgastante y estresante. Al menos, tuve la oportunidad de estar con ella en sus últimos momentos”, dijo.

Uno de sus cuatro hermanos no pudo sepultar a sus papás. Estaba hospitalizado por la misma causa cuando se enteró de las muertes. Otro hermano contrajo el coronavirus, pero su evolución fue más favorable y no requirió internamiento.

El llanto atrapado en la voz

A este cirujano general, con varias décadas de experiencia, le ha tocado enfrentar en su trabajo otra cara de la pandemia: la de los pacientes no covid que deben pasar a quirófano por su estado de gravedad.

“¡Esta ha sido una experiencia emocional tan intensa! No sé cuántas horas he llorado por esto. Es la parte triste, pero también al final es positiva porque no me alcanzarían mil años para agradecer el apoyo que he recibido”.

Son las emergencias, los enfermos oncológicos o aquellos con cirugías programadas cuyos médicos especialistas han mediado para justificar la urgencia de la operación. El resto de procedimientos están suspendidos desde marzo para dar prioridad a la atención de la pandemia.

“Como cirujano general, me han tocado pacientes con cáncer, o emergencias. También he tenido que entrar a algunas salas covid, con todos los cuidados, porque cada vez hay más pacientes que requieren alguna intervención nuestra.

“Desde que se registró el primer caso, en marzo, fuimos conscientes del riesgo inmenso para todo el mundo, y de la posibilidad de que esto se hiciera algo grandísimo”, comentó.

Lo que nunca imaginó es que la enfermedad tocaría a la puerta de su casa de esa manera. “Fue hace más o menos un mes, cuando me enteré de que mi mamá estaba con síntomas de una gripe. Ella se cuidaba bastante. En algún momento sospechamos que se podía haber contagiado en alguna de las salidas que hacía, pero después supimos que había un vínculo familiar. Ahí se contagió. Salió positiva”.

Primero estuvo en salón, pero su condición se fue deteriorando. Como todavía era una mujer funcional y rescatable, dijo, se subió a la UCI. “No era ni hipertensa, ni diabética. El único antecedente es que había sido fumadora, pero lo había dejado hace como 20 años”, aclara.

No se sabe en realidad quién contagió a quién: si su mamá a su papá, o viceversa. Ambos ingresaron al hospital, pero solo la señora subió a UCI porque reunía los criterios para estar ahí.

Su papá no. Él quedó en salón y, contrario a los pronósticos por su condición de fondo, tuvo una evolución más favorable, al punto que le dieron la salida. “Siguió el manejo en la casa pero ahí se complicó. Fue cuando lo volvimos a trasladar al hospital, y falleció”, relata.

“¡Esta ha sido una experiencia emocional tan intensa! No sé cuántas horas he llorado por esto. Es la parte triste, pero también es positiva porque no me alcanzarían mil años para agradecer el apoyo que he recibido”, menciona.

Compañeros de trabajo y amigos se han convertido para este médico y su familia en el bálsamo para la herida.

Él aspira también a que el resto de la población reaccione y no espere a vivir una experiencia similar a la suya para caer en cuenta de que esta enfermedad es tan dura como real.