Silvia Artavia, Josué Bravo.   17 febrero
Lucía Pineda junto a su madre, Lucía Ubau.

La periodista costarricense-nicaragüense, Lucía Pineda, ha tenido que defecar sobre una mano envuelta en papel. La han recluido en una celda oscura en donde solo cabe una persona. Fue sometida a 30 interrogatorios y sufrió una infección urinaria.

En las noches, la dejan sin baño. Solo dos veces por semana puede salir a tomar el sol y es vigilada permanentemente por policías. Incluso, los oficiales graban con video las visitas de familiares que, por cierto, son cada vez más restringidas.

Continúa aislada, ahora en una celda conocida como “El Infiernillo”, bajo permanente amenaza policial de afectar a su familia si denuncia los maltratos que sufre.

Sin embargo, sus parientes denuncian las torturas a las que fue sometida en las cárceles a las que ha sido enviada, acusada de terrorismo y de discriminación contra los partidarios del partido de Daniel Ortega (el FSLN), por la cobertura de las protestas desatadas en abril del 2018 contra el régimen, en las que murieron al menos 325 personas.

Ver más!

Su tío Alejandro Ubau, exalcalde de Upala y quien recientemente se reunió con el canciller Manuel Ventura, relató que, en una de las visitas de sus familiares a El Chipote, el 22 de enero, la encontraron enferma. Tenía alergia en la piel y una infección urinaria. “Estaba pálida, brotada, muy afectada”, asegura.

Ella estuvo en esta temida cárcel durante 40 días desde el día de su detención, el 21 de diciembre. Allí, la jefa de prensa del clausurado canal independiente 100% noticias fue sometida a 30 interrogatorios y, en varias ocasiones, debió defecar sobre su mano envuelta en papel.

Su abogado Julio Montenegro relató el 30 de enero a La Nación: “Después de que estuvo en una celda que estaba en hacinamiento y dormía en el suelo, fue trasladada a otra aparte. En esa celda, había un inodoro que estaba fétido, estaba taqueado, de tal manera que ella estaba solicitando que limpiaran el lugar, o bien, que le suministraran material de limpieza para poder utilizarlo".

"Sin embargo, pasaron los días y no la atendieron. Como medida alternativa, ella se ponía una hoja de papel sobre su mano y defecaba sobre esta. Luego, le daba vuelta con el mismo papel, hacía como una especie de pelota, lo echaba dentro de algún paquete y lo echaba a la basura para que lo pasaran retirando”.

En el Chipote, donde los reos duermen en literas de concreto y entre ratones y cucarachas, pasó los primeros días con poco alimento y sufrió hacinamiento junto a otras detenidas, pero también estuvo confinada en una celda oscura donde solo cabe una persona.

El 30 de enero, Pineda fue sacada de la cárcel conocida como centro de torturas, ubicada en lo alto de la Loma de Tiscapa, en Managua. La trasladaron a La Esperanza, la cárcel de mujeres de Nicaragua situada en Tipitapa, en las afueras de la capital nicaragüense.

Sin embargo, el cambio no se tradujo en un mejor trato carcelario. De hecho, ahora tiene una mayor restricción en el régimen de visitas.

Ese sistema la tiene con ojeras, el rostro demacrado y con un mayor pérdida de peso, aunque ya no está pálida, describió un familiar cercano de la comunicadora, quien pidió se reservara su identidad al hablar con La Nación.

En La Esperanza, ahora ella duerme en una cama y la celda tiene mayor iluminación con acceso a un baño.

No obstante, sigue estando aislada y, durante el día, es vigilada permanentemente por una policía que se rota el turno con otras dos compañeras.

En la noche Pineda, queda sola sin acceso al baño. Sus necesidades fisiológicas debe hacerlas en un balde que luego, a la mañana siguiente, debe botar en el inodoro.

Cada dos días sale al patio a tomar sol durante media hora, pero tiene prohibido hablar con las otras reclusas.

En El Chipote la familia podía ingresarle alimentos diarios, en La Esperanza, solo los martes. Además, las visitas son dos días al mes.

Desde que está en La Esperanza la familia le ha llevado alimentos en una ocasión e insumos personales en otra; también, la visitaron un día, el 4 de febrero.

El día de la visita Pineda estuvo vigilada por unos ocho policías. La visita duró unos diez minutos y fue grabada en video por la policía, que además el tomó fotografías a cada momento.

Hasta en esa ocasión, las autoridades de la cárcel entregaron una parte de las pertenencias de la comunicadora que le habían retenido desde el día de su detención.

Se trata de facturas, tarjetas y 3.800 córdobas (unos $120), así como una de las facturas hacía constar que las autoridades gastaron unos $40 para comprale medicinas.

Su cédula y pasaporte de Nicaragua y Costa Rica siguen retenidos, así como su teléfono celular.

Según comenta Ubau, por medio de la Cancillería costarricense, la familia ha solicitado que un médico vea a Lucía.

Sin embargo, la respuesta de Nicaragua a las 11 peticiones de visita consular que ha hecho Costa Rica para tener acceso a la periodista, ha sido el silencio.

El exalcalde afirma que el acompañamiento de las autoridades costarricenses es un condicionante “para que no se atrevan (el régimen de Ortega) a otras torturas”.

“Ese ha sido uno de nuestros temores. Sin embargo, las torturas las han aplicado. Lo que estamos por corroborar es que ella se atreva a decir realmente qué es lo que ha pasado. Que pierda ese miedo, porque la tienen sumamente amenazada”, insiste Ubau.

La familia teme que esté siendo sometida a otros tipos de torturas, comentó su tío Alejandro Ubau.

“El trato es muy cruel, bastante inhumano. Nosotros tenemos la sospecha de que puede haber otro tipo de tortura y que, para no afectar a la familia, ella no dice nada, porque a ellos los amenazan mucho con la familia".

"Lo que pasa es que se guardan mucho el dolor que están viviendo allá adentro y sobre la violación a sus derechos humanos fundamentales, para ahorrarle dolor a la familia”, dijo el tío.

Desmoralizar a la familia
La periodista solía visitar Costa Rica unas tres veces al año, para reunirse con su familia materna, residente en Upala. Foto: Alejandro Ubau para LN.

La presión sobrepasa a los presos. La persona quien es el contacto entre la periodista y su familia materna –residente en Upala, Zona Norte, Costa Rica– vive como una prófuga de la justicia, asegura Ubau.

Se desplaza, temerosa, en carros diferentes. Llega a casa a distintas horas, para no revelar a los paramilitares un patrón de comportamiento.

Cuando visita a Lucía, encara todo tipo de insultos en las afueras de los centros penales, proferidos por grupos pagados por el régimen con el único objetivo de aleccionar la moral de los familiares de los prisioneros.

“El trato que le dan a los familiares de los detenidos es realmente humillante, bochornoso... La gente llega todos los días a dejarles comida a sus hijos, mayoritariamente jóvenes universitarios y líderes campesinos. Esas turbas, todos los días, desde temprano, están con toldos y asistidos por los mismos policías, insultando y tratando de bajar la moral de los familiares”, enfatiza Ubau.

Superada la ola de agresiones verbales por parte de los agitadores en las afueras de los reclusorios, el calvario se extiende en horas de espera previas a la cita con los detenidos.

“Hay operadores políticos en la entrada. En el caso de Lucía y de Miguel Mora, tanto a la persona que va a ver a nuestra familiar como a la esposa de Miguel (Verónica Chávez), aunque lleguen de primeros a hacer la fila, en la madrugada, siempre a ellos los dejaban de últimos”, asegura.

Los hacen esperar hasta cinco horas para ingresar al penal a dejarles a sus allegados quienes privados de libertad, comida y artículos personales.

“Son técnicas que pretenden desmoralizar. Afortunadamente, la persona que tenemos allá es serena y sabe administrar las emociones ante incidentes de este tipo, porque no sé si todos tendríamos esa capacidad para no irnos encima de alguien que está jugando con el dolor ajeno” prosigue Ubau.

Ver más!
Ese 21 de diciembre…

Justo el día en que la arrestaron, la comunicadora viajaría a Costa Rica a pasar la Navidad y el fin de año en familia.

En contraposición, ese fue el último día de libertad, hasta hoy, de la periodista. La fecha marcó el inicio de una cadena de dolorosos acontecimientos que, según cuenta el tío de la periodista, espera que acaben pronto.

“Estábamos esperándola porque ella venía a reunirse con la familia, como todos los años lo hace, y fue cuando nos dieron la sorpresa de que ese mismo día fueron secuestrados (ella y Miguel Mora)”.

“En el caso nuestro, una hermana de Lucía le reza a la Virgen (el 24 de diciembre); todo eso estaba listo. El rezo se hizo en nombre de la libertad de ella y de sus compañeros”, añade el tío.

Para los allegados de la comunicadora, la forma en que la arrestaron y le atribuyeron los cargos de “terrorismo” e “incitación al odio contra el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN)” fue una especie de secuestro.

“Nosotros lo calificamos como un secuestro porque no hubo exposición de la persona, ni derecho a llamadas, ni abogado. Ella estuvo desaparecida los dos primeros días”, explica Ubau.

La zozobra convive con los allegados de Lucía desde entonces. Sin embargo, rescata Ubau, cuentan con una robusta red de apoyo.

“Esto nos ha alterado por completo la vida cotidiana. Ahora salimos a nuestro trabajo, pero tenemos estar pendientes de lo que acontezca en Nicaragua y a nivel internacional, porque eso va a tener un impacto en el trato que se les da a los presos políticos”, comenta.

Sobre la madre de Lucía, su hermano asegura que la fe en Dios ha sido su bastión.

“Es una mujer sumamente serena, fuerte y con una gran vocación cristiana. Eso es lo que le da fuerza para soportar el dolor que significa la incertidumbre que vive su hija en una cárcel de un régimen tan violento”.

“Obviamente, tiene sus recaídas. Está muy afectada, pero también muy acompañada. Somos una familia grande y una comunidad muy solidaria aquí en Upala. Siempre hay gente acompañándola”, agrega Ubau.

¿Qué les desea el tío de Lucía Pineda a Daniel Ortega y a su esposa, Rosario Murillo? Que “ojalá hereden a sus nietos una historia menos trágica que la que ellos han provocado estos meses”.