Silvia Artavia. 1 abril
El comestible mensual que recibe Jesús Naranjo viene con verduras, carne roja y blanca, huevos, leche, cereal, galletas, yogurt, granos básicos, café, atún y hasta artículos de aseo. Una buena sopa, preparada por él mismo, es uno de sus platillos favoritos. Foto: Jorge Castillo.
El comestible mensual que recibe Jesús Naranjo viene con verduras, carne roja y blanca, huevos, leche, cereal, galletas, yogurt, granos básicos, café, atún y hasta artículos de aseo. Una buena sopa, preparada por él mismo, es uno de sus platillos favoritos. Foto: Jorge Castillo.

La falta de un techo y de un plato de comida ha sido un fantasma difícil de ahuyentar en la vida de Jesús Naranjo Chinchilla, de 83 años.

Este vecino de Rincón Grande de Pavas, en San José, conoce de carencias. Quedó huérfano de padre y madre a los 6 años y, a esa edad, le tocó convertir la calle en su hogar.

Aunque trabajó arduamente durante su juventud y logró salir adelante, la vejez lo agarró desprovisto y casi lo devuelve al inicio del camino.

Sin embargo, a diferencia de cuando tuvo que dormir en una estación de tren, la suerte le sonrió en la última etapa de su vida.

La red de cuido de Rincón Grande, administrada por la Asociación de Adultos Mayores San Antonio de Padua, le abrió las puertas a una vejez digna.

“Me dan un diario. Me dieron cama, ropero, cocina, lavadora y cada 15 días me ve una terapista. Nos llevan a paseos, nos hacen fiestas”, cuenta con entusiasmo.

Naranjo es uno de los 230 beneficiarios de esa asociación, que coordina un centro diurno y tres redes de cuido: la de Rincón Grande; la Sor María Romero –que atiende a adultas mayores de la Gran Área Metropolitana–, y la San Pedro Nolasco, a cargo de personas mayores de 65 años abandonadas o en condición de calle.

En el país, hay 56 comités de ese tipo, los cuales administran distintas redes de cuido que auxilian a 13.900 adultos mayores en pobreza y en pobreza extrema.

Se trata de una iniciativa implementada por el Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (Conapam) que vio la luz en el 2010, durante la administración de Laura Chinchilla.

“Lo más primordial es el trato que nos dan; casi nos ven como hijos. Nos tratan de ‘amor’ para arriba. No hay discriminación de nada; nadie tiene más que nadie. Si un pan hay para uno, un pan hay para todos. Es algo muy especial”, prosigue Naranjo.

Don Jesús, quien es el sétimo de 11 hermanos, no cuenta con ningún familiar en el país.

Siendo joven, se fue a trabajar como carpintero a Guatemala, pero, según cuenta, la violencia que se vive en esa nación lo trajo de vuelta a Costa Rica.

Allá dejó a su compañera y a sus dos hijos, a quienes no ve desde hace más de 40 años.

Su única compañía es Pinky, un perro que compró por recomendación médica, pues padece problemas circulatorios y el médico lo mandó a hacer actividad física.

El animal, una pequeña pensión y el apoyo de la red de cuido son su bastión.

Dicho programa social lo ayuda a pagar parte del alquiler de un apartamento, le ha dado el menaje para que se sienta a gusto en su hogar, lo ha provisto de ropa, y le otorga un comestible al mes.

Este último incluye una bolsa de carne roja, otra de carne blanca, verduras, huevos, leche, cereal, galletas, yogurt, granos básicos como arroz y frijoles, además de pasta, café, atún y hasta artículos de aseo.

Lo necesario, y hasta más, para prepararse una buena sopa, uno de sus platillos favoritos, comenta mientras pela una zanahoria con miras a tan ansiado manjar.

De su cuello cuelga un cordón con un crucifijo. Bajo este, “dignidad” es la palabra que lleva en el pecho... Así dice la camiseta que también le regaló la red de cuido.