Por: Daniela Cerdas E. 20 diciembre, 2015

Marjorie, de 20 años, estaba recluida en la cárcel cuando la llamaron hace nueve meses para decirle que su madre de 50 años había muerto de un infarto.

Esta joven descuenta en la cárcel de menores Zurquí, en San Luis de Santo Domingo de Heredia, una pena de casi dos años por robo agravado.

Tras la muerte de su madre, Marjorie va al taller de artesanías, ubicado en el centro, para plasmar en un lienzo sus pinturas sobre la maternidad.

“Mi mamá me inspira, pintando me salgo del ride , no pienso en esta soledad que se vive aquí. Mi mamá estuvo presa, también mi papá y mis siete hermanos por tráfico de drogas”, contó esta joven.

Una de sus pinturas muestra a una mujer, con un ojo morado, y una pequeña manita de bebé acariciándole su cara.

En otra de las obras se observa a la madre de Marjorie, con alas, con un rostro sereno y alzando a un bebé.

“Perder mi libertad, significó mucho para mí. Me quitaron la posibilidad de hacer lo que yo quería. Estar aquí es muy feo; se siente una soledad terrible, Estoy cambiando un montón, quiero salir y ser otra persona”, aseveró la joven.

En el taller, Marjorie aprendió a combinar colores, distintas técnicas y las miles de formas en que se puede hacer arte.

En la feria penitenciaria que se realizó en la Antigua Aduana, Marjorie vendió sus cuadros en ¢30.000. Ese dinero lo usó para sus gastos.

La muchacha suele llevarse sus pinturas a la celda para adelantar trabajo.

“Aquí en la celda uno no hace nada; por eso, me traigo mis trabajos. Yo he cambiado; antes era muy explosiva y ahora me tomo las cosas en calma, trato de llevar la fiesta en paz”, finalizó.

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