Andrea González Mesén. 8 diciembre

París. En la céntrica y lujosa plaza Vendôme de París, completamente desierta, un turista neoyorkino se fuma un puro y observa con fatalismo la enorme fila de furgones de policía que custodian los alrededores, en una nueva jornada de protestas en toda Francia.

Este largo fin de semana en la Ciudad de la Luz iba a ser una sorpresa de cumpleaños para su mujer Carmela, que cumple 59 años. “Efectivamente, será inolvidable”, comenta esta última en tono irónico.

Calles sin autos, museos y la Torre Eiffel cerrados, tiendas y cafés atrincherados: el centro turístico de la capital francesa parecía el sábado una ciudad fantasma teñida por dos colores dominantes, el amarillo de los chalecos de los manifestantes, emblema de las protestas, y el azul marino de la policía.

“Todo estaba cerrado. Así que celebramos mi cumpleaños con champán en el recibidor de nuestro hotel”, el Westin, a solo unas decenas de metros de esta lujosa plaza, sonríe Carmela, que salió a “tomar el aire” con su marido después de un día encerrados.

Un manifestante, de rodillas, se enfrenta a agentes de la policía antidisturbios durante una manifestación de
Un manifestante, de rodillas, se enfrenta a agentes de la policía antidisturbios durante una manifestación de "chaleco amarillo" (Gilet Jaune) contra los crecientes costos de vida frente al Arco de Triunfo en París.

Las escenas de guerrilla urbana que se vivieron el fin de semana pasado, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo, no dejaron indiferente a Livio. Antes de tomar el avión, llamó por teléfono al hotel. “Nos dijeron que todo había acabado, que no habría problemas. Una increíble mentira”, se indigna este estadounidense, que vive en Long Island.

La pareja, que llegó el jueves, y a la que se le unieron dos amigos, tenía planeado desplazarse el sábado a las playas del desembarco de junio de 1944 en Normandía. “Mi padre combatió en Omaha Beach”, cuenta Carmela. Pero anularon la excursión debido a los bloqueos en las carreteras dirigidos desde hace tres semanas en todo el país por los “chalecos amarillos”, que protestan contra la política fiscal y social del gobierno.

Reiterado

No muy lejos, dos turistas austriacos pasean delante de la pirámide del Museo del Louvre, con mucha menos gente que de costumbre. El mayor museo de París cerró sus puertas, como prácticamente todos los puntos turísticos de la capital.

A distancia se oyen las detonaciones de los lanzagranadas. La policía impide a los manifestantes acceder a la plaza de la Concordia, muy cerca del palacio presidencial y de la Asamblea Nacional.

"Todos parecen un poco tensos. Pero tenemos cuidado y si es necesario, nos movemos", explica Michael Klemm, de 36 años, que viene de Viena con su hija Rafaela de 16 años.

"Sabíamos que el Louvre estaba cerrado. Pero queríamos verlo al menos por fuera. Es una pena por la Torre Eiffel, pero ya veremos si podemos entrar mañana" domingo.

A dos pasos de los céntricos grandes almacenes del bulevar Haussmann, que tienen sus puertas cerradas, dos turistas belgas miran desconcertados un mapa de París. Quieren dirigirse a la estación del Norte pero el tráfico del metro y de los autobuses está interrumpidos.

Belinda De Cuyper, de 46 años, empleada de una empresa estadounidense en Bruselas, y su pareja Franck van Poppel, de 54 años, que trabaja en el sector del turismo, llegaron el jueves por la mañana a París para una breve visita prevista desde hace tiempo. Se volverán por la noche a Bélgica.

"Estábamos en un hotel en una pequeña calle adyacente a los Campos Elíseos. Nos aconsejaron que nos saliéramos muy pronto para evitar las manifestaciones", explica Belinda, que arrastra una maleta de ruedas.

Los manifestantes que usan
Los manifestantes que usan "chalecos amarillos" (gilets jaunes) envían recipientes de gas lacrimógeno durante los enfrentamientos con la policía antidisturbios (invisible) durante una protesta contra el aumento de los costos de vida en los Campos Elíseos en París.

"Fue un poco estresante desde ayer por la noche. Nuestros amigos nos mandaron mensajes y nuestras familias nos pedían que tuviéramos cuidado", dice.

Pero la pareja "entiende al movimiento. Somos trabajadores normales. En Bélgica los impuestos también son altos y estamos preocupados por el futuro de nuestros hijos". El movimiento de los "chalecos amarillos" ha comenzado a extenderse igualmente a Bélgica.

"No es la guerra, es una manifestación", relativiza Franck que esperaba "poder visitar Montmartre", al norte de la capital, antes de irse.

Carmela Forte, por su parte, ya sabe cómo se vengará. “Mañana toca irse de compras”, dice con una sonrisa.