Agencia AFP.   23 febrero
Chileno víctima de abuso sexual dando su testimonio ante la cúpula de la Iglesia católica.

Ciudad del Vaticano. Una nueva víctima de abusos sexuales contó en la tarde del sábado su “humillación” durante una celebración religiosa de penitencia organizada con la jerarquía de la Iglesia católica y el Papa, al fin de tres días de reflexión.

“El abuso, de cualquier tipo, es la mayor humillación que un individuo puede sufrir”, explicó un joven hombre chileno que reside en Kuwait y fue recibido por el papa Francisco en su residencia.

“Cuando se experimenta el abuso, se querría poner fin a todo. Pero no es posible. Se querría escapar, así sucede que uno deja de ser uno mismo. Se querría huir tratando de escapar de uno mismo. Así es que, con el tiempo, uno se queda completamente solo”, dijo delante de los obispos, en la majestuosa sala real del Palacio apostólico.

“Lo que más duele es la certeza de que nadie te comprenderá. Esa certeza permanece contigo por el resto de tu vida”, agregó ante una sala en silencio.

Seguidamente, el Papa tomó la palabra y se expresó visiblemente emocionado. “Debemos examinar donde son necesarias acciones concretas en las iglesias locales, para los miembros de las conferencias episcopales, para nosotros mismos”, dijo.

“Todo esto demanda que miremos honestamente la situación en nuestros países y en nuestros propios actos”, dijo Francisco.

Seguidamente, los obispos pidieron perdón por sus faltas en los escándalos de abuso de menores. “Confesamos que a menudo nosotros, obispos, no hemos estado a la altura de nuestras responsabilidades”, dijeron.

“No fuimos suficientes para enfrentarnos a los lados oscuros de nuestra Iglesia”, dijo Philip Naameh, presidente de la conferencia episcopal de Ghana, durante la meditación.

“No debería sorprendernos (...) si las personas hablan mal de nosotros, si hay desconfianza con relación a nosotros”, expresó.

En la noche del viernes una mujer, que también permaneció anónima, había sacudido a los prelados al contar su calvario.

“Cuando tenía 11 años un padre de nuestra parroquia destruyó mi vida. Desde entonces, yo, que adoraba los colores y las piruetas, he dejado de existir”, expresó, de acuerdo con el texto de su testimonio divulgado el sábado.

“Cada vez que me sometía con una fuerza sobrehumana quedaba grabada en mis ojos, en mis orejas, mi nariz, mi cuerpo, mi alma”, dijo. “Yo sentía que no valía nada, no tenía ni el derecho a existir. Solo que quería morirme. Lo intenté, pero no tuve éxito. El abuso duró 5 años. Nadie lo notó”, dijo.

La mujer contó haber esperado 40 años para denunciar su drama ante una asamblea eclesial únicamente masculina, después de una vida marcada por el tormento.