5 noviembre, 2008
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Si hay alguien por ahí que todavía dude que Estados Unidos es un lugar donde todas las cosas son posibles; que todavía se pregunte si el sueño de los fundadores [de esta nación] está vivo en nuestra era; que todavía cuestione el poder de nuestra democracia, esta noche es su respuesta.

Es la respuesta que dieron las filas que se estiraban alrededor de escuelas y templos en números que esta nación nunca había visto; por la gente que esperó tres horas y cuatro horas, muchos de los cuales lo hicieron por primera vez en la vida, porque creyeron que esta vez tenía que ser diferente, que su voz podía causar esa diferencia.

Es la respuesta dada por jóvenes y viejos, ricos y pobres, demócratas y republicanos, negros, blancos, latinos, asiáticos, aborígenes estadounidenses, homosexuales, heterosexuales, discapacitados y no discapacitados, estadounidenses que enviaron un mensaje al mundo respecto a que nunca hemos sido una colección de Estados Rojos y Estados Azulea; somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América.

Es la respuesta que llevó a aquellos a quienes se les ha dicho durante mucho tiempo de parte de muchas personas que sean cínicos, y temerosos, y que duden respecto a lo que podemos lograr, a poner sus manos sobre el arco de la historia y doblarlo una vez más en dirección a la esperanza de un mejor día.

Ha tardado mucho tiempo en llegar, pero esta noche, debido a lo que hicimos este día, en esta elección, en este momento definitorio, el cambio ha venido a los Estados Unidos.

Acabo de recibir una llamada muy amable del senador McCain. Él lucho durante mucho tiempo y denodadamente en esta campaña, y ha luchado durante más tiempo y más esforzadamente aún por el país que ama. Ha soportado sacrificios por Estados Unidos que la mayoría de nosotros no puede siquiera empezar a imaginar, y hoy vivimos mejor por los servicios que prestó este heroico y abnegado líder. Lo felicito junto a la gobernadora Palin por todo lo que han logrado, y espero con expectación el trabajar con ellos para renovar la promesa de esta nación en los meses venideros.

Quiero agradecer a mi compañero en este periplo, un hombre que ha hecho campaña desde el corazón y que habló por los hombres y mujeres que crecieron en las calles de Scranton y con los que viajó en aquel tren a casa en Delaware, el vicepresidente electo de los Estados Unidos Joe Biden.

No estaría parado aquí esta noche sin el apoyo inquebrantable de mi mejor amiga durante los últimos 16 años, la roca de nuestra familia y el amor de mi vida, la próxima primera dama de nuestra nación Michelle de Obama. Sasha y Malia, las amo tanto, y se han ganado el nuevo perrito que vendrá con nosotros a la Casa Blanca. Y, si bien ya no está con nosotros, se que mi abuelita nos está mirando, junto con la familia que me hizo lo que soy. Los echo de menos esta noche, y sé que mi deuda con ellos escapa a cualquier medida.

Al director de mi campaña David Plouffe, a mi principal estratega David Axelrod, y al mejor equipo de campaña que jamás se conformara en la historia de la política: ustedes hicieron que esto sucediera y estoy eternamente agradecido por lo que han sacrificado para lograrlo.

Pero, por encima de todo, nunca olvidaré a quien realmente pertenece esta victoria: les pertenece a ustedes.

Nunca fui el candidato más probable para este puesto. No empezamos con mucho dinero o mucho beneplácito. Nuestra campaña no se incubó en los salones de Washington, empezó en los patios traseros de Des Moines y las salas de Concord y los corredores delanteros de Charleston.

La construyeron hombres y mujeres que rebuscaron en los pocos ahorros que tenían para dar cinco dólares y diez dólares y veinte dólares a esta causa. Sacó fortaleza de jóvenes que rechazaron el mito de la apatía de su generación; que dejaron sus hogares y familias por empleos que les ofrecía poca paga y menos sueño; de los no tan jóvenes que se enfrentaron al duro frío y al quemante calor para ir a tocar la puerta de perfectos extraños; de los millones de estadounidenses que se ofrecieron como voluntarios, y se organizaron y probaron que más de dos siglos después, un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no ha perecido sobre la faz de la Tierra. Esta es la victoria de ustedes.

Sé que ustedes no hicieron esto solo para ganar una elección y sé que no lo hicieron por mí. Lo hicieron porque comprenden la enormidad de la tarea que tenemos por delante. Porque aunque celebramos esta noche, sabemos que los retos que traerá mañana son los más grandes de nuestras vidas: dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera en un siglo. Porque aunque estamos aquí esta noche, sabemos que hay estadounidenses valientes en los desiertos de Irak y las montañas de Afganistán que arriesgan sus vidas por nosotros. Hay madres y padres que se quedarán en vela después de que sus hijos se van a dormir y se preguntan cómo se las arreglarán con la hipoteca, o pagarán las cuentas del médico, o ahorrarán lo suficiente para la universidad [de sus hijos]. Hay una nueva energía por aprovechar y nuevos empleos por crear; nuevos colegios por construir y amenazas por enfrentar y alianzas por reparar.

El camino por delante será largo. Nuestro ascenso será empinado. Puede que no alcancemos la meta en un año o siquiera en una administración, pero, Estados Unidos, nunca he tenido más esperanza que esta noche de que llegaremos. Les prometo que nosotros, como un solo pueblo, llegaremos.

Habrá adversidades y arranques en falso. Hay muchos que no estarán de acuerdo con cada decisión o política que decida como Presidente, y sabemos que el gobierno no puede resolver todos los problemas. Pero siempre seré honesto con ustedes respecto a los retos que encaramos. Los escucharé, en especial cuando no estemos de acuerdo. Y, sobre todo, les pediré que se unan a la tarea de rehacer esta nación de la única forma que se ha hecho en Estados Unidos durante doscientos veintiún años: bloque por bloque, ladrillo por ladrillo, callosa mano por callosa mano.

Lo que empezó hace veintiún meses en las profundidades del invierno no tiene que terminar esta noche de otoño. Esta victoria a solas no es el cambio que buscamos, es solamente la oportunidad para que logremos ese cambio. Y eso no puede ocurrir si regresamos a las cosas como eran. No puede suceder sin ustedes.

Por lo tanto, invoquemos un nuevo espíritu de patriotismo, de servicio y responsabilidad, en el que cada uno de nosotros resuelva dar un aporte y trabajar más esforzadamente y cuidar no solo de nosotros sino unos de otros. Recordemos que si esta crisis financiera nos enseño algo es que no podemos tener una Wall Street próspera mientras las calles comunes sufren; en este país, subimos o caemos como una sola nación, como un solo pueblo.

Opongámonos a la tentación de volver al mismo partidarismo y a la misma mezquindad que han envenenado a nuestra política desde hace tanto tiempo. Recordemos que fue un hombre de este estado [Illinois] el que primero llevó el estandarte del Partido Republicano a la Casa Blanca, el de un partido fundado sobre los valores de la confianza en uno mismo, la libertad del individuo y la unidad nacional. Esos son los valores que todos compartimos y, si bien el Partido Demócrata ha alcanzado una gran victoria esta noche, lo hacemos con una buena medida de humildad y decisión de curar las divisiones que han retrasado nuestro progreso. Como dijo Lincoln a una nación mucho más dividida que la nuestra: “No somos enemigos sino amigos… aunque puede que las pasiones los hayan tensado, no podemos romper nuestros lazos de afecto”. Y a aquellos estadounidenses cuyo apoyo todavía tengo que ganarme: puede que no haya ganado sus votos, pero escucho sus voces, necesito su ayuda, y seré su Presidente también.

Y a todos los que nos miran esta noche desde más allá de nuestras costas, desde parlamentos y palacios hasta los que están reunidos alrededor de un radio en los más remotos rincones de nuestro mundo, nuestras historias son particulares, pero nuestro destino es compartido, y está disponible un nuevo amanecer de liderazgo estadounidense. A los que despedazarían este mundo: los vamos a derrotar. A todos los que buscan la paz y la seguridad: los apoyamos. Y a todos aquellos que se han preguntado si el faro de Estados Unidos sigue brillando con fortaleza, esta noche les probamos de nuevo que la verdadera fortaleza de nuestra nación no proviene del poderío de nuestras armas o el tamaño de nuestra riqueza sino del poder perdurable de nuestros ideales: democracia, libertad, oportunidad e inquebrantable esperanza.

Porque esa es la verdadera genialidad de Estados Unidos: que Estados Unidos puede cambiar. Nuestra unión se puede perfeccionar. Y lo que ya hemos logrado nos da esperanza para lo que podemos y tenemos que lograr mañana.

Esta elección tuvo muchas primeras veces y muchas historias que se narrarán durante generaciones. Pero esta noche tengo en mente una acerca de una mujer que depositó su voto en Atlanta. Ella se parece en mucho a otros millones que hicieron fila para hacer valer su opinión en esta elección, excepto por una cosa: Ann Nixon Cooper tiene 106 años de edad.

Nació apenas una generación después de la esclavitud, una época cuando no había carros en la carretera o aviones en el cielo, cuando alguien como ella no podía votar por dos razones: porque era una mujer y debido al color de su piel.

Y, esta noche, pienso en todo lo que ella ha visto a lo largo de su siglo en Estados Unidos: las angustias y la esperanza; la lucha y el progreso; las veces cuando nos dijeron que no podíamos, y la gente que siguió adelante con aquel credo estadounidense: Sí podemos.

En una época cuando las voces de las mujeres eran silenciadas y sus esperanzas desechadas, ella vivió para verlas ponerse de pie y hablar y de alcanzar el voto. Sí podemos.

Cuando había desaliento por la tormenta de polvo [que se originó en Estados Unidos en la década de 1930 y que duró casi una década] y depresión de un lado a otro del país, vio a la nación vencer al temor mismo con un Nuevo Contrato, nuevos empleos y un nuevo sentido de propósito común. Sí podemos.

Cuando las bombas cayeron en nuestra bahía y la tiranía amenazó al mundo, ella estaba ahí para atestiguar como una generación se elevó a la grandeza y se salvó la democracia. Sí podemos.

Ella estaba ahí cuando los buses en Montgomery, las mangueras en Birmingham, un puente en Selma y un predicador de Atlanta que le dijo a un pueblo que “¡Venceremos!”. Sí podemos.

Un hombre se posó en la luna, un muro cayó en Berlín, un mundo se interconectó con nuestra ciencia e imaginación. Y este año, en esta elección, tocó una pantalla con un dedo y emitió su voto, porque después de 106 años en Estados Unidos, pasando por las mejores épocas y las horas más oscuras, ella sabe que Estados Unidos puede cambiar. Sí podemos.

Estados Unidos: hemos llegado tan lejos. Hemos visto tantas cosas. Pero queda tanto por hacer. Por lo tanto, preguntémonos esta noche, si nuestros niños viven para ver el siguiente siglo, si mis hijas tuvieran tanta suerte como para vivir tanto tiempo como Ann Nixon Cooper, ¿cuáles cambios verán? ¿Cuánto habremos progresado?

Esta es nuestra oportunidad de atender ese llamado. Este es nuestro momento: para devolver a nuestra gente al trabajo y abrir las puertas de la oportunidad a los jóvenes; para restaurar la prosperidad y promover la causa de la paz, para reivindicar el Sueño Americano y reafirmar aquella verdad fundamental: que de muchos, somos uno; que mientras respiremos tenemos esperanza, y que donde nos topemos con cinismo y duda, y con aquellos que nos dicen que no podemos, responderemos con aquel credo de todos los tiempo que resume el espíritu de un pueblo: .

Sí podemos. Gracias, Dios los bendiga y Dios bendiga a los Estados Unidos de América.

Traducción: Gerardo Chávez, para La Nación