AFP. 12 julio
El líder de la extrema derecha de Alemania (AfD), Alexander Gauland (izq.), durante un congreso del AfD, en Augsburg, en el sur del país. Foto: AFP
El líder de la extrema derecha de Alemania (AfD), Alexander Gauland (izq.), durante un congreso del AfD, en Augsburg, en el sur del país. Foto: AFP

Berlín. La extrema derecha alemana, con su ala radical cada vez más activa, afronta una crisis de crecimiento con sondeos estancados, sospechas de malversaciones y controversias estratégicas.

El partido Alternativa para Alemania (AfD), afectado desde hace meses por sospechas de donaciones ilícitas procedentes del extranjero, padece últimamente tensiones internas entre su dirección y sus miembros más extremistas.

El sábado, su dirigente en Turingia –un estado en el que el AfD es muy fuerte– volvió a provocar turbulencias.

Björn Höcke, jefe de filas del Ala, la franja más radical del partido oficialmente bajo vigilancia por los servicios de inteligencia, atacó duramente a la dirección de la formación.

Höcke, que evitó una exclusión de la Afd tras calificar en el 2017 el Memorial del Holocausto de "monumento de la vergüenza", se permitió, entre aplausos de sus seguidores, abogar por una próxima renovación de los dirigentes del partido.

La réplica no se hizo esperar. Un centenar de dirigentes escribió una carta abierta, titulada "Por una AfD unida y fuerte", acusando a Höcke de haber "violado la solidaridad interna del partido y haber apuñalado por la espalda a los militantes".

Los firmantes critican además el "culto a la personalidad" que rodea a este dirigente regional en su feudo.

El jefe del partido, Alexander Gauland, tuvo que intervenir para recordar que la AfD no fue fundada para "crear un espacio donde cualquier puede decir cualquier cosa".

Otras luchas intestinas similares afectan a las federaciones de Baviera y de Renania del Norte-Westfalia.

Y en otro estado Schleswig-Holstein, los militantes de la AfD local eligieron a fines de junio como líder a Doris von Sayn-Wittgenstein, pese a ser objeto de un procedimiento de exclusión por sus vínculos con un grupúsculo radical.

Fundada en el 2013, la AfD hizo una espectacular entrada en el Bundestag hace dos años, impulsada por el desgaste de los partidos tradicionales y la apertura de las fronteras a centenares de miles de migrantes y refugiados sirios e iraquíes, entre otros.

Desde hace meses el partido no se mueve en los sondeos del 12-14%, por lo que le cuesta encarnar su gran ambición: ser la principal fuerza de oposición a la coalición de Angela Merkel, una canciller sumamente frágil en este momento.

La Afd está claramente superada por los Verdes, que llegan al 25% de la intención de voto y seducen a un número creciente de jóvenes.

Sin embargo, el partido de extrema derecha se mantiene fuerte en la exRDA donde, 30 años después de la caída del Muro, podría llegar en primer lugar tras el verano (boreal) en varias elecciones regionales, lo que puede desestabilizar a la canciller y a su coalición.

No obstante, a nivel federal, su mensaje antiislam tiene menos éxito desde el fin de la masiva llegada de solicitantes de asilo procedentes de países del mundo árabe musulmán.

El escepticismo de la AfD ante el cambio climático también plantea problemas, incluso a nivel interno. Tras un decepcionante resultado en las elecciones europeas (10,97%), la juventud del partido, Junge Freiheit, instó a la dirección de la formación a que cese de negar la realidad de la emergencia climática, sobre todo cuando este tema encabeza la prioridad de los alemanes.

Para Alexander Gauland, de 78 años, el partido atraviesa su “crisis de pubertad” lo que dificulta su tarea de atraer a los decepcionados de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU), el partido de Angela Merkel, tras 14 años de gobierno ininterrumpido.

Estos problemas impiden además los intentos de algunos dirigentes de la CDU de crear coaliciones locales con la AfD, una opción que hasta ahora han descartado tanto Merkel como la nueva líder del partido, Annegret Kramp-Karrenbauer.

“El sueño de Gauland de una fuerza que congregue a conservadores y radicales es cada vez más una cándida ilusión”, resumía el miércoles el diario Frankfurter Allgemeine.