Agencia AFP. 22 julio

Ámsterdam. “Si se niegan a ponerse un preservativo, los echo”, dice Foxxy Angel, una trabajadora sexual de 47 años, de cabello rubio y con el cuerpo lleno de tatuajes, tras las vitrinas de un burdel del famoso barrio rojo de Ámsterdam.

En las calles de esta parte de la ciudad, la planta baja de muchas de sus pintorescas viviendas tienen tres vitrinas iluminadas con un neón rojo, un emblema de la mayor ciudad holandesa, donde la semana que viene se celebra la Conferencia Internacional sobre el Sida.

Esta foto de archivo fue tomada el 6 de diciembre de 2008, muestra a una sexo servidora esperando clientes detrás de su ventana en el barrio rojo de Ámsterdam. AFP
Esta foto de archivo fue tomada el 6 de diciembre de 2008, muestra a una sexo servidora esperando clientes detrás de su ventana en el barrio rojo de Ámsterdam. AFP

“Cuando elegimos Ámsterdam como sede de la conferencia fue con la idea de poner ante los focos a las personas más vulnerables expuestas al VIH”, explica la presidenta de la Sociedad Internacional del Sida (IAS, por sus siglas en inglés), Linda-Gail Bekker.

“Si no prestamos atención a esas personas, fracasaremos en la lucha contra el sida”, dice a la AFP durante una visita por el barrio rojo el sábado.

Pero los trabajadores y trabajadoras sexuales no esperaron la celebración de esta conferencia para tomar conciencia del riesgo que les hace correr la práctica de “la profesión más antigua del mundo”.

“Nunca tengo relaciones sexuales sin preservativo y me hago pruebas cuatro veces al año para las ETS =Enfermedades de Transmisión Sexual) y el VIH”, el virus responsable del sida, cuenta Foxxy Angel.

Tras más de tres décadas de investigación, sigue sin haber ni una vacuna ni una cura contra el virus, que contaminó a unos 80 millones de personas desde que comenzó la epidemia, a principios de los años 80.

Algunas de ellas son compañeros de Foxxy Angel y de Elsa, su vecina de vitrina. En el barrio rojo ya hace tiempo que el sida no es un tabú.

“No tengo miedo para nada, algunas de mis compañeras están infectadas con el VIH pero siguen trabajando. Hoy es posible”, cuenta Elsa, una joven estadounidense de 25 años.

En esta foto de archivo tomada el 15 de noviembre de 2012, los clientes caminan por las ventanas del barrio rojo en el barrio rojo de Wallen, en Amsterdam.
En esta foto de archivo tomada el 15 de noviembre de 2012, los clientes caminan por las ventanas del barrio rojo en el barrio rojo de Wallen, en Amsterdam.

La prostitución se legalizó en Holanda en el año 2000 y las prostitutas, registradas en la cámara de comercio, pagan impuestos con su trabajo.

Unas 7.000 personas trabajan en el sector del sexo pago en Ámsterdam, y 75% de ellas proceden de países con salarios bajos, especialmente de Europa del Este, según las autoridades municipales.

En alerta

Elsa, trabajadora sexual desde los 17 años, ocupa una vitrina frente a uno de los numerosos canales de Ámsterdam. Frente a ella está el burdel donde empezó a trabajar cuando llegó a Holanda, huyendo de la falta de libertad que sufría para ejercer su trabajo en Estados Unidos.

Al igual que Foxxy Angel, Elsa acude varias veces al año a un centro de pruebas sanitarias financiado por el ayuntamiento, muy cerca de su lugar de trabajo.

“Presto mucha atención, utilizo preservativos. Pero estas pruebas son gratuitas, así que lo aprovecho”, cuenta la joven.

Aunque desde la aparición del sida las costumbres cambiaron, y el uso del preservativo se democratizó hasta en los prostíbulos, los trabajadores sexuales deben mantenerse siempre alerta.

“Algunos hombres intentan sacarse el preservativo mientras mantienen relaciones sexuales. Cuando eso pasa se acaba el encuentro, inmediatamente”, afirma Foxxy Angel, prostituta desde hace 15 años y exvendedora de ropa.

“¡No lo aceptaría ni por un millón!”, insiste.