Por: Agencia AFP.   22 febrero

Washington. El gobernador de Texas, Greg Abbott, conmutó este jueves la pena de muerte contra Bart Whitaker, un sentenciado que contrató a un sicario para asesinar a su familia, después de que su padre, a quien intentó ultimar, pidiera por la vida de su hijo.

“El Sr. Whitaker deberá pasar lo que resta de su vida tras la rejas en castigo por su crimen atroz”, señaló Abbott al justificar su decisión.

Whitaker, un estadounidense que quiso asesinar a toda su familia, debía ser ejecutado este jueves, pero el gobernador terminó por escuchar los pedidos de clemencia del padre.

De manera excepcional, la estatal Junta de Indultos y Libertad Condicional de Texas también había recomendado el martes clemencia para Whitaker.

Kent Whitaker (izq.) visitó a su hijo Bart en la prisión de Polunsky, Texas, en octubre del 2016.
Kent Whitaker (izq.) visitó a su hijo Bart en la prisión de Polunsky, Texas, en octubre del 2016.

La intensidad de este drama familiar impactó a Estados Unidos. Por un lado, un hijo asesino de su madre y de su hermano, que también quería matar a su padre. Por otro lado, había un padre, que aún gravemente herido y sin saber quién estaba detrás del ataque, decidió perdonar al asesino, por ser un firme creyente en la redención.

En una rara coincidencia, otros dos estados tienen previsto ejecutar a sendos condenados este mismo jueves. En ambos casos, los abogados de los convictos también tienen fuertes argumentos para intentar impedir que se concreten las sentencias.

En el 2003, Bart contrató a un pistolero para liberarse de sus padres y de su hermano, contra los que había acumulado odio.

El entonces veinteañero montó un falso robo, y afirmó que habían disparado en su contra durante el sangriento ataque. Su madre Tricia, de 51 años, y su hermano Kevin, de 19, resultaron fatalmente heridos.

Durante siete meses, Kent Whitaker vivió con su hijo Bart ignorando que él era el responsable de la tragedia familiar, mientras los policías avanzaban en la investigación que finalmente lo halló culpable.

Para entonces el padre ya había perdonado al asesino. Lo decidió la noche misma del tiroteo, con el tórax perforado por una bala 9mm, cuando, según dijo, Dios fue a su encuentro y lo ayudó a llegar a un “perdón milagroso”.

“Vivo con la magnitud de la pérdida todos los días. Pero Dios me ayudó a alcanzar ese completo perdón y creo que lo hizo para ayudarme a reconstruir mi relación con mi hijo”, contó a AFP.

Otras dos ejecuciones

Por otro lado, el estado de Alabama planeaba ejecutar a Doyle Hamm, quien pasó tres décadas en el corredor de la muerte. Fue condenado en 1987 por el asesinato de un empleado de un motel durante un robo a mano armada.

Hamm padece cáncer de cerebro y del sistema linfático. Por la gravedad de su enfermedad, sus abogados temen que su ejecución mediante inyección letal se convierta en una sesión de tortura.

Sin embargo, el martes un tribunal dictaminó finalmente que la condición de salud de Hamm no impedía que fuera ejecutado, siempre que el catéter de infusión se insertara en una vena de sus piernas o pies.

La otra ejecución prevista para ese jueves es en el estado de Florida, donde a las 18H00 locales debe morir Eric Branch, sentenciado a la pena de muerte por el asesinato de un estudiante en 1993.

Los condenados a muerte en Estados Unidos reciben generalmente la inyección letal en los brazos o manos.

Sus abogados lanzaron el último recurso para salvarlo, argumentando que el detenido tenía solo 21 años en ese momento y que el veredicto fue emitido por un jurado no unánime.

No ha habido tres ejecuciones programas para el mismo día en Estados Unidos desde el 7 de enero del 2010. Una triple ejecución ocurrió solo 13 veces en 40 años, según el Centro para la Información sobre la Pena de Muerte (CPIPM, por sus siglas en inglés), una organización que aboga por la eliminación de la pena capital.

En la historia moderna, el número récord de ejecuciones en un día se registró el 9 de diciembre de 1999, cuando cuatro estados (Oklahoma, Indiana, Texas y Virginia) ejecutaron a un prisionero.

Sin embargo, el número más alto en la historia del país se alcanzó el 26 de diciembre de 1862 en Minnesota, cuando las autoridades federales ahorcaron a 38 miembros de la tribu indígena Dakota.