Víctor Hugo Murillo S..   24 agosto
¿Groenlandia a la venta? (Jonathan NACKSTRAND / AFP)

¿Le pareció jocosa, o tal vez descabellada, la idea del presidente Donald Trump de comprar Groenlandia a Dinamarca?

Usted no es el único que lo vio así, pero tome en cuenta esta advertencia: el “chiste” es muy serio y se enmarca dentro de una lógica de poder e interés geoestratégico. No es, como lo dijo el mandatario, “un gran negocio inmobiliario”.

Por cierto, no es la primera vez que Estados Unidos propone ese trato al pequeño reino europeo: en 1946, el gobierno de Harry Truman le ofreció $100 millones en oro, pero Copenhague dijo no, al igual que ahora.

Estados Unidos sabe que otros países, principalmente China y Rusia, tienen la región del Ártico en su mira y que en esas aguas gélidas son varios los pescadores que alistan su utillaje. Por ahora, la potencia norteamericana está a la zaga, pero no está dispuesta a ser mera observadora.

“La región se ha convertido en un espacio de poder y competencia mundial”, destacó el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, durante la última conferencia del Consejo del Ártico, en mayo.

Estados Unidos es uno de los ocho países miembros de ese foro internacional, en el cual cinco de ellos, conocidos como los Artic Five, tienen costas en el océano Ártico. Washington es uno de estos. (Vea Los ocho socios del Ártico).

La compra de Alaska a la Rusia zarista, en 1867, le permitió el acceso a esa región del mundo, mas una Groenlandia estadounidense significaría un punto de avanzada en esas aguas y territorios.

La adquisición de tierras por medio de la billetera ha sido una de las vías utilizadas por Estados Unidos en su procesión de expansión territorial.

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Aparte de Alaska, con dinero tomó posesión del vasto territorio de Luisiana, que Francia le vendió en 1803; a Dinamarca le compró las Islas Vírgenes en el siglo XIX y lo mismo hizo con Filipinas, en 1898, tras infligirle una contundente derrota militar al moribundo imperio de España, que antes rechazó –en tres ocasiones– transar Cuba.

Entonces, aquella propuesta al reino danés tiene antecedentes históricos y apunta, como en las mencionadas compras, a intereses geoestratégicos.

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Quién es quién y qué quiere

Por proximidad geográfica y por razones de conveniencia, Rusia es el país con mayores intereses en el Ártico, que comprende aproximadamente el 8% de la superficie del planeta, incluido el océano homónimo y partes de Rusia, Noruega, Estados Unidos, Dinamarca (Groenlandia) y Canadá.

Durante la Guerra Fría, esas aguas constituyeron la vía para la conexión entre sus flotas del Norte (con base en la ciudad de Murmansk) y del Pacífico, con asiento en Vladivostok. Entonces, la mayoría de su flota de submarinos nucleares operaba alrededor de una base próxima a Murmansk.

Las dos superpotencias emergentes de la Segunda Guerra Mundial impulsaron medidas de disuasión que implicaron un fuerte gasto militar para instalar radares de alerta temprana y misiles intercontinentales, así como patrullajes con submarinos estratégicos. Estos últimos continúan.

La actividad mermó a partir de los años 1990 con la desintegración de la Unión Soviética. Sin embargo, ahora Washington y Moscú tienen planes para fortalecer la presencia militar, máxime después de que ambos se retiraron este año del Tratado de Fuerzas Nucleares Intermedias (INF).

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Un mes antes de la última conferencia del Consejo Ártico, el Kremlin anunció una estrategia dirigida a fortalecer el control suyo en la región para lo cual construirá infraestructura, rehabilitará bases militares de la época soviética que están abandonadas y ampliará la flota de buques rompehielos. El gigantesco país es el único que dispone de este tipo de naves propulsadas por energía nuclear y es, con mucho, la mayor de todos los Artic Five.

Uno de los objetivos de esta política tiene como fin resguardar la Ruta Marítima del Norte, puntualizó el presidente Vladimir Putin. Rusia aspira a aumentar el tránsito por allí y proyectó que para el 2025 pasen 80 millones de toneladas de mercancías contra 20 millones en el 2018.

“Esta es una tarea realista, concreta y bien calculada”, resumió.

Al visualizar la región como un teatro de “poder y competencia”, Pompeo indicó que su país reconstituirá su flota de rompehielos, hará ejercicios militares y no permitirá que ese espacio se vuelva “un lugar sin ley”.

Icebergs en el este de la isla de Groenlandia, el 15 de agosto del 2019 en la noche.

Esta alusión la dirigió contra Moscú, al que recriminó pretender el control de la navegación en la Ruta Marítima del Norte lo que, a su juicio, evidencia una “actitud agresiva rusa”.

China no escapó a la arremetida de Pompeo en el Consejo Ártico: denunció intenciones de Pekín por establecer una presencia permanente en la zona polar, incluso con un posible despliegue de submarinos nucleares.

Lo criticó por querer presentarse como un país “casi ártico”. “Hay solamente Estados árticos y no árticos. No existe una tercera categoría, y asegurar lo contrario no da a China derecho a nada”.

El gigante asiático tiene estatus de observador en el Consejo Ártico.

China no oculta su interés en la explotación de recursos naturales, minerales y energéticos, así como en beneficiarse de la apertura de la Ruta Marítima del Noroeste, que acortaría el tiempo y distancia de navegación entre sus puertos y Europa. (Vea Un viaje más corto entre Oriente y Occidente).

Al no contar con presencia geográfica en el Ártico, esa potencia asiática rechaza los reclamos de soberanía de los Artic Five y pugna porque se establezca una gobernanza que salvaguarde sus planes y objetivos allí.

China apuesta por una “Ruta de la Seda Polar” que conecte sus puertos con Europa y para ello busca trabajar en conjunto con Rusia. Esta cooperación, que Washington ve con recelo, ya se manifiesta en acuerdos conjuntos para transporte de hidrocarburos y un convenio general para el transporte en la Ruta Marítima del Norte.

“El objetivo principal de la política ártica china es no quedar fuera de la gobernanza del Polo Norte”, explicó Norma Pensado Moreno, embajadora de México en Rusia.

Ann Daniels, investigadora del Catlin Arctic Survey, esquió sobre la capa de hielo del Ártico -en octubre del 2009- para medir el grosor.

En su libro blanco sobre su política en el Ártico, expuesto en enero del 2018, China recalca lo anterior mientras se presenta como “una potencia responsable, dispuesta a cooperar con todas las partes relevantes” para desarrollar la región.

Es claro en ese documento la oposición de Pekín al control de las rutas marítimas por parte de un país, así como a los reclamos de soberanía."Respeto, cooperación, ganancia compartida y sostenibilidad" se erigen como los pilares básicos de su estrategia.

El botín debajo del hielo

No solo las tres potencias se marcan de cerca en su afán por aprovechar el potencial que tiene el Ártico, mucho del cual se abre a las posibilidades de exploración y explotación ante el deshielo provocado por el cambio climático.

Concatenado con lo anterior tienen explicación los reclamos de soberanía de algunos de los cinco países costeros, que buscan legitimar así su condición de miembros de lo que José Carlos Díaz González, especialista en seguridad internacional, denomina el “primer anillo” de influencia regional.

En el segundo se ubican los países árticos sin costa (Suecia, Finlandia e Islandia) con intereses y capacidades menos determinantes y, por último, un tercero en el cual están China, Japón, Singapur, Corea del Sur, India y la Unión Europea.

Dinamarca alega derechos soberanos sobre casi 900.000 km² y Canadá afirma que le pertenecen 1,2 millones de km². Todas esas reclamaciones las hacen tomando como referencia la sierra de Lomonósov, un sistema montañoso submarino que cada país busca demostrar que es una prolongación de su plataforma continental.

Toca a la Comisión Internacional para los Límites de la Placa Continental de las Naciones Unidas resolver este asunto, con base en la Convención de Derecho del Mar.

Además del control de rutas de navegación, en el Ártico están en juego otros intereses. El Instituto Geológico de Estados Unidos estima que allí yacen el 13% del petróleo y el 30% del gas natural del planeta. Para países como Noruega, cuyas reservas petrolíferas están decayendo, es lógico mirar al norte para hallar más hidrocarburos.

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Rusia, por ejemplo, tiene en la región amplias fuentes energéticas y mineras. La embajadora Pensado refiere a estudios según los cuales el 95% de la producción de gas y el 70% del petróleo de ese país provienen de allí, y hay decenas de depósitos de estos hidrocarburos aún sin explotar.

El país extrae del Ártico minerales como diamantes, platino, níquel, cobalto, cromo, manganeso, tungsteno, tierras raras y oro.

Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, guarda en su subsuelo grandes depósitos de tierras raras, un grupo de minerales y metales que son clave para la fabricación de instrumentos y aparatos tecnológicos, además de uranio y cinc.

Por eso, no solo Estados Unidos vuelve la vista a la enorme isla helada; también China hace su apuesta. Una empresa estatal china desarrolla un plan para construir una mina de tierras raras y una de uranio.

El Gobierno de Dinamarca rechazó el año anterior una oferta china para construir tres aeropuertos.

¿Cooperación o enfrentamiento?

Pasada la Guerra Fría, surgieron iniciativas de cooperación para el Ártico. La más notable ha sido el Consejo Ártico, que explícitamente excluye asuntos militares y de seguridad, comercio y migración. Sus decisiones se toman por consenso y, a diferencia del Tratado Antártico, las decisiones del Consejo no son vinculantes.

Sin embargo, esa búsqueda de consenso se rompió este año –por primera vez en dos décadas– cuando sus miembros fueron incapaces de acordar una declaración en la cumbre que sostuvieron en mayo en Ravaniemi, Finlandia. Estados Unidos rehusó plegarse a un documento que advertía de los riesgos del cambio climático.

Esta situación da una alerta sobre el desafío que deben enfrentarse las iniciativas de cooperación ante la presencia de intereses múltiples y, en ciertos casos, contrapuestos.

La central nuclear flotante Akademik Lomonosov era remolcada desde el puerto ártico Murmansk, noroeste de Rusia, con destino a Pevek, en Siberia, en el extremo este del país. Es un recorrido de 5.000 kilómetros.

“La territorialización de la región y el persistente y tradicional dominio en el sistema internacional de la balanza de poderes pueden poner en serio peligro los avances en materia de cooperación e integración de los últimos 20 años”, advirtió Alejandro Márquez, con una maestría en Estudios Internacionales de la Universidad de Barcelona.

Díaz González, por su parte, señaló que la falta de un tratado similar al que rige para la Antártida y el el papel casi nulo de las Naciones Unidas acarrea el peligro de que el enfrentamiento cobre más vigencia. Indicó: “El Ártico seguirá estando al arbitrio de las grandes potencias, confrontaciones que pueden llegar a poner en peligro la paz y la seguridad internacionales".

Este especialista prevé un panorama más difícil con un aumento de las tensiones conforme el deshielo siga creciendo y los países árticos choquen por la definición de fronteras. “Luego vendrán los conflictos sobre cómo y a qué ritmo se produce la explotación de los recursos”, planteó en su artículo “Las ¿nuevas? estrategias para el Ártico”, publicado en Revista de Pensamiento Estratégico y Seguridad CISDE.