Conflictos

Escasez de agua pone en aprietos a gente en capital siria

Ciudadanos acuden a lavarse a los baños públicos por falta de líquido

Damasco

Ante la escasez de agua potable que desde hace dos semanas golpea Damasco impidiendo a muchos de sus habitantes lavarse en casa, a Anwar al-Ades acude al baño árabe Al-Malik Al-Zahir, uno de los más antiguos de la capital.

La afluencia a este establecimiento histórico, construido en 985 durante la dinastía abasida, se disparó desde que los combates dañaron la red de agua de la capital siria, dejando los grifos casi secos.

"No me he bañado desde que cortaron el agua. La poca que nos llega la usamos para beber y lavar los platos", explica este damasceno de 34 años, envuelto en una toalla.

Debido a los combates en Wadi Barada, un sector rebelde 15 kilómetros al noroeste de Damasco, donde se encuentran las principales fuentes de abastecimiento en agua de la capital, unos 5,5 millones de personas vieron su suministro cortado o reducido desde el 22 de diciembre, según Naciones Unidas.

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Esta crisis es un maná para los baños públicos de la capital, como Al-Malik Al-Zahir que cuenta con su propio pozo.

En Oriente Medio y Turquía, los baños árabes son una vieja tradición, pero en los últimos años los damascenos acudían a ellos únicamente en ocasiones especiales: antes de la penuria de agua, solo una decena de clientes frecuentaba diariamente este establecimiento histórico.

"Hacía 12 años que no ponía los pies en un baño público, desde el día de mi boda", explica Habib Isa, un peluquero de 32 años sentado en la sala de relajación.

"Había previsto cómo reaccionar ante los cortes eléctricos y de combustible, pero nunca se me ocurrió que podría sufrir una penuria de agua. A este ritmo, voy a tener que elaborar un plan por si se acaba el aire en la ciudad", dice con ironía.

Equipados

Como todos los baños tradicionales, Al-Malik Al-Zahir tiene tres secciones. En el centro se encuentra el baño de vapor y a su alrededor, los compartimentos con grifos de agua caliente y fría, los barreños y el jabón.

Después, la zona reservada a los masajes. Y, por último, un patio para la relajación, con suelos de mármol y bancos colocados en torno a una fuente central.

Bajo la luz que se filtra por los cristales multicolor de la cúpula, los clientes que esperan para entrar se cruzan con los que descansa acostados sobre cojines, fumando una pipa de agua o tomando té con dulces bajo la mirada del propietario, Basam Kebab, cuyo teléfono no para de sonar.

"El número de clientes se duplicó. Ahora vienen por necesidad, mientras que antes lo hacían por placer", explica a la AFP.

"Intentamos no rechazar clientes y le pedimos a la gente que no se entretenga para que podamos recibir a todos los que quieren darse un baño", precisa.

Atiende al teléfono a los clientes que piden una cita para los próximos días y debe disculparse ante quienes querrían acudir ese mismo día.

"Ya tuve que anular una reserva de unos comerciantes que quería todo el baño para ellos, alargué las horas de apertura hasta pasada la medianoche y pedí más jabón para satisfacer a los clientes", explica.

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Sin embargo, no aumentó los precios. La sesión sigue costando 1.200 libras sirias ($2,4).

"Cuando me paseo por el hammam, los clientes no hablan de otra cosa: ¿cuándo volverá el suministro de agua a la normalidad?", subraya.

Abdalá al-Abdalá, de 46 años, se relaja comiendo un plato de lentejas servido tradicionalmente tras el baño.

"En casa, tengo cortes de electricidad, de calefacción y de agua. Cuando funciona la corriente eléctrica, no hay agua; y cuando el agua vuelve, no tenemos electricidad", se lamenta.

"Perdí muchas cosas en los últimos años, pero mi familia y yo no podemos soportar vivir sin agua", concluye.

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