Álvaro Cedeño.   31 marzo

Cuando preguntamos a alguien si sabe lo que es el bien común, podría respondernos que no. O podría respondernos que sí y darnos una definición de diccionario. ¿Diríamos entonces que sabe lo que es? Diríamos que puede recordar una definición, pero ¿Podrá utilizar ese conocimiento para contribuir al bien común? Porque lo que la humanidad necesita no son personas que repitan verbalmente, sino personas que contribuyan.

Un nivel superior de conocimiento quedaría demostrado si esa persona es capaz de explicar eso que ha definido. Es lo que los viejos maestros nos ponían a hacer: No repita como lora. Dígalo pero en sus propias palabras. Mientras no podamos hacerlo, la definición será un cuerpo extraño en nuestro aparato de conocer y no podremos decir que la entendemos.

Aplicar es un tercer nivel de conocimiento. Si alguien es capaz de hacer contacto con una serie de situaciones y señalar en cuáles casos no se aplicó o sí se aplicó el concepto, estará dando muestras de haber ido más allá de simplemente poder explicarlo.

Un nivel superior es el de analizar. Poder señalar qué caracteriza al bien común. En qué se diferencia de solidaridad, filantropía, compasión, empatía. De qué manera se relaciona por ejemplo con la responsabilidad; responder si solo el estado debe procurarlo o si los ciudadanos lo pueden procurar privadamente.

Evaluar un concepto es mucho más que lo que llevamos recorrido. No basta con analizar. Es importante que seamos capaces de juzgar por qué conviene. Si habrá situaciones extremas en las que podríamos olvidarnos del bien común. Juzgar la conveniencia de practicarlo. Discutir si convendría hacer obligatorio contribuir o si es preferible dejar a las personas en libertad de hacerlo o no.

Solo cuando somos capaces de crear, de diseñar planes, simples o complejos, para contribuir al bien común, habremos agotado el camino, porque lo importante para la convivencia humana, no es que muchos sepan definir el concepto sino que muchos encuentren formas de hacer cosas que beneficien directa o indirectamente a otros.

Esta escalera de grados de conocimiento, provista por Bloom hace muchos años, podría servirnos para evaluar lo que sabemos y hasta dónde lo sabemos, especialmente en lo que pudiera resultar crítico para nuestra vida intelectual, nuestro trabajo, nuestra vida familiar y nuestra convivencia social. Con seguridad encontraremos que no sabemos tanto como creemos.