José Luis Arce.   3 julio

Vivimos, sin duda, un momento surrealista, por decir lo menos. No sólo nos corresponde enfrentar individual y colectivamente una profunda crisis y, al mismo tiempo, plantar cara al momento de cambio más vertiginoso y lleno de incertidumbre de toda nuestra historia.

El mundo después de superar el shock sanitario inicial será totalmente distinto al que conocíamos de previo y sentarse a esperar que lo que, en enero, llamábamos normal regrese, puede constituir un costosísimo error para familias, empresas y gobiernos.

Pero quizás, lo realmente surrealista – distópico es probablemente un mejor calificativo – es la forma en que esta crisis ha desnudado a nuestro sistema político y a los diversos actores que interactúan en él.

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En la Asamblea Legislativa ha conducido a una desbordada y peligrosa creatividad, que bajo el argumento de la coyuntura ha conducido a que se discutan y aprueben diversos proyectos de ley de muy dudosa técnica y utilidad. El camino al infierno está adoquinado de buenas intenciones, conduciendo a que escasos recursos legislativos y estrechos espacios de negociación política deban ser empleados en la contención de ocurrencias. Los legisladores parecen olvidar que, aunque el marco democrático tutela su derecho a sostener opiniones propias; esto no debería conducir, ni por asomo, a pretender tener el derecho a sus propios hechos o realidades paralelas.

Algo similar sucede con los grupos de interés quienes, agobiados por el impacto real o potencial de la crisis sobre sus parcelas privadas, empiezan a defenderlas con virulencia mostrando bajísima empatía, solidaridad y, sobre todo, sentido de colectividad y de nación. Por esta categoría desfilan desde sindicatos defendiendo beneficios injustos entronizados jurídicamente, burocracias que se han apropiado ilegítimamente de jugosos presupuestos públicos y sectores empresariales concentrados en los resultados contables y que siguen sin entender el rol político que les toca jugar en una sociedad que cada vez demanda de ellos más que la generación de valor económico.

Mientras tanto, el Ejecutivo parece negarse a liderar e impulsar un abordaje más integral y comprensivo de la crisis. Concentrado en la ciertamente necesaria micro gestión de la coyuntura, parece ceder todos los espacios políticos, quizás sintiéndose derrotado a priori en la tarea de crear el espacio para construir los acuerdos políticos necesarios para enfrentar la crisis, los cambios estructurales que generará y sus cicatrices, especialmente, fiscales y sociales.

¿Algo destacable en medio de tanta aflicción? Sí, han sido las instituciones construidas sobre las sanas bases de la técnica y de una independencia bien entendida las que han liderado la respuesta a la crisis en los ámbitos sanitario, económico y de seguridad. La mala noticia es que ese peligroso vacío político puede terminar engulléndoselas en un santiamén si no restauramos responsablemente los espacios democráticos de deliberación y toma de decisiones.