José Luis Arce. 23 noviembre, 2018

La necesidad urgente de dictar políticas y tomar medidas para propiciar la reactivación económica es una de esas frases hechas que, con muchísima frecuencia, escuchamos de políticos, de líderes empresariales y de tomadores de decisiones públicas.

La facilidad con la que se recurre a ella y la vaguedad de las acciones a las que remite terminan, en la abrumadora mayoría de los casos, convirtiéndola en una frase vacía.

“Mientras tanto, los temas realmente importantes para garantizar un crecimiento mayor y de mejor calidad –en lo productivo y en lo social– continúan, en la mayoría de los casos, estando ausentes en la política pública”.

Primero lo obvio. Más allá de su contenido, una agenda de reactivación en el contexto actual de las finanzas gubernamentales resultará infructuosa. Mientras una solución contundente y duradera a los problemas del déficit y la insostenibilidad de la deuda públicos no se ponga en marcha, difícilmente mejorarán las condiciones crediticias, las expectativas de los agentes económicos y la demanda locales; y, por tanto, acciones específicas de impulso productivo equivaldrían a arar en un terreno infértil.

Como suele suceder en el ámbito de las políticas públicas, se debe ser muy cuidadoso en la identificación de las causas de los problemas y en el diseño de las medidas que pretenden resolverlos y los incentivos que estas generen. Es común que se confundan los síntomas con las causas y que los prejuicios sustituyan a los datos duros, desviando la atención de las reformas realmente efectivas y necesarias hacia acciones que, además de inefectivas, terminan generando más distorsiones y costos… el camino al infierno suele estar pavimentado por buenas intenciones.

Mientras tanto, los temas realmente importantes para garantizar un crecimiento mayor y de mejor calidad –en lo productivo y en lo social– continúan, en la mayoría de los casos, estando ausentes en la política pública, en los programas de los grupos políticos o incluso en las agendas de grupos de interés.

De esta forma, se siguen extrañando acciones que propicien mayor competencia y eficiencia en los mercados internos, que mejoren la productividad y permitan la adopción de nuevas tecnologías en las empresas –de todas ellas, de las micro a las grandes firmas, las que se vinculan al exterior como las que venden en el mercado local– , que mejoren las capacidades y habilidades de la fuerza de trabajo, que incorporen los retos demográficos y de equidad –tanto en lo socioeconómico, como en materia de género o de grupo etario– y que definan políticas industriales y de desarrollo productivo modernas.

Los desafíos del desarrollo requieren más que canalización de crédito y facilitación de negocios; enfrentarlos apropiadamente implican identificar las barreras que impiden un crecimiento saludable y tener la valentía de tomar las acciones que las eliminen.