José Luis Arce. 23 octubre

Retomar cuanto antes el proceso de ajuste en las finanzas gubernamentales –crucial, desde lo económico, por dos razones: cerrar una brecha entre ingresos y gastos a todas luces insostenible y asegurar el financiamiento público– requiere un esfuerzo político considerable, pero no de cualquier tipo, ni concentrado únicamente en el equilibrio presupuestario, que en todo caso no debe ser considerado un fin en sí mismo.

La complejidad de la sociedad y, por derivación, de la política plantea retos monumentales para las democracias que, contrario a lo que normalmente se piensa, no pasan necesariamente por fortalecer per se los mecanismos de delegación o recurrir cada vez con mayor fruición a los “expertos” como una fuente de certidumbre, legitimidad y balance (sobra decir, que aunque los “expertos” puedan proveer conocimiento científico –siempre tentativo, por definición– su consejo conlleva un natural y entendible sesgo; por tal cosa hace bien siempre dudar aquellos que se presentan a sí mismos como libres de tales prejuicios).

Quizás la clave, como piensa Innenarity pasa por repensar la política más allá del plano competitivo –no sólo en lo electoral sino, hoy más que nunca, en el del antagonismo entre tribus con intereses y visiones del mundo diferentes y, tristemente, con la idea de cuentas por ajustar debido a agravios pasados, mutuamente infringidos– y empezar a entender que muchos de nuestros problemas más prácticos –como el de los presupuestos públicos– y los realmente importantes, como el deterioro de nuestros espacios de gobernanza y, peor aún, de convivencia democrática, pasan por entender la política desde la cooperación que nace de la interdependencia.

Un triste ejemplo: la discusión en torno a los presupuestos públicos. Independientemente de las bondades de la racionalización del gasto público, algo que podría haber concluido en un acuerdo razonable, terminó muy mal. Primero, porque la oposición y los diferentes intereses deberían entender que, para cualquier Ejecutivo en democracia, la aprobación presupuestaria es siempre un pulso político fundamental, en especial, cuando –con razón o no– cree que ha presentado un plan de gasto suficientemente ajustado y, además, los recortes propuestos tocan sensibilidades especiales dentro de sus votantes. El cóctel termina siendo explosivo si, como cualquier agrupación política moderna, no es un bloque monolítico y fácilmente disciplinable; mucho menos, en el marco de un liderazgo político en el Ejecutivo marcado por la indecisión, cierta ingenuidad e impericia.

¿Se podía esperar otro resultado? Difícilmente, pues la secuencia acción-reacción estuvo construida no sobre la idea de buscar una solución cooperativa, sino la de una competitiva y de las de peor clase, la del ajuste de cuentas polarizante. Como si esto no fuera suficiente, la incongruencia es mayúscula: mientras la oposición cargaba contra el gobierno y su partido por lo acontecido; acto seguido, un conjunto de diputados –que, por cierto, se interseca con los agraviados por la irresponsabilidad presupuestaria– impulsa una medida tributaria que reduce sustancialmente la recaudación.

Y esto se repite una y otra vez, en círculo dantesco en el que, por cierto, no purgan sus faltas los políticos; sino una ciudadanía con cada vez más demandas legítimas insatisfechas, enfrentada en un entorno de crispación y polarización y, como si no fuera suficiente, conviviendo con las amenazas de una crisis económica y del populismo irresponsable.