Antonio Alfaro. 28 octubre, 2018
Paulo César Wanchope aceptó la entrevista en su mala hora. En quizás aparecen algunas pistas del por qué un técnico tan profesional y preparado no le cae bien a todo el mundo. Foto Alonso Tenorio

Muchas veces he entrevistado a Wanchope, pero esta vez quería preguntarle por el engreído Paulo César, el que mucha gente ve, juzga, critica. El que siempre camina erguido, frente en alto, como si las derrotas no pasaran por él. El que no se muestra abatido, ni arrepentido en exceso, ni irreparablemente equivocado.

La entrevista, aceptada en la mala hora, cuando muchos prefieren aislarse, pronto se llenó de confesiones: su renuncia a Cartaginés mes y medio antes de la oferta herediana; la decisión de quedarse, pese a los atrasos salariales; el dinero salido de su bolsillo como insuficiente medida paliativa para algunos jugadores...

Caimos luego en los resultados y esa pregunta que a todas luces no le hace mucha gracia: ¿será mejor gerente que técnico? No importa cuál sea la respuesta. Sus sueños pasan por el banquillo. Y en los sueños de un hombre manda el corazón.

Intentemos ser justos: Wanchope arma bien los equipos, los entrena bien, los acerca al profesionalismo, pero algo le falta. “Tiempo”, dice él. Hay quienes le critican la lectura de partidos, pero esta columna resultaría pequeña para un intento de análisis serio en una materia que de por sí no tiene verdades absolutas.

Me quedo en la imagen que proyecta y por un instante creo tenerlo claro: Wanchope es orgulloso, quizás más consigo que ante el resto mundo. Prefiere decir “uno aprende” que “me equivoqué”. Eso no siempre gusta, si bien todos deberíamos aprender a reprocharnos menos y avanzar más.

Sospecho que Wanchope tampoco se permite desfallecer, en una especie de virtud con asomos de defecto. Tal vez tendría menos detractores si alguna vez lo viéramos débil, pero él -se lo aseguro- siente adversión por la lástima.

Seamos sinceros: nos identificamos más fácilmente con el “pobrecito”.

Adicionalmente, tampoco gana adeptos con esa “cabeza fría” cuando el partido es un rancho ardiendo. La afición -y apostaría que más de un jugador- suele ver coraje en el que grita, salta, tira la gorra y putea al límite del terreno. Wanchope, mientras tanto, parece tan controlado (o tan pasivo) como quién ve llover y escucha a 2Cellos interprentando “El oboe de Gabriel”.

-Yo fui jugador. Yo sé que el jugador no escucha esos gritos- dice Wanchope-. Él prefiere pensar que gritar. Otra vez creo ver una virtud acompañada de defecto. Se quiera o no, del jefe no solo importa lo que es sino lo que se proyecta. Y lo que proyecta depende del estadio: en los de Inglaterra, donde él creció, el técnico quizás depende menos del alarido. En Costa Rica, en cambio, corre el riesgo de verse tibio, inalterable, arrogante...

-Paulo César, ¿no ha pensado que alguna gente puede considerarlo engreído?

-Sí, puede ser -responde él-. Lo es, según compruebo en el diccionario: “Dicho de una persona: Demasiado convencida de su valer”. Aunque no le caería mal un “me equivoqué” de vez en cuando, tampoco sobran los que caen, se levantan, luchan y creen en sí mismos.