Irene Rodríguez. 9 junio, 2019
Aissata Camara sufrió mutilación genital antes de cumplir los 13 años. Hoy, a sus 31, lidera las luchas para que ninguna niña o adolescente deba vivirlo.
Aissata Camara sufrió mutilación genital antes de cumplir los 13 años. Hoy, a sus 31, lidera las luchas para que ninguna niña o adolescente deba vivirlo.

Vancouver, Canadá. “Cuando la gente piensa en mutilación genital femenina o en que te corten los genitales, se imagina que esto todavía ocurre en zonas rurales muy alejadas, con mucha pobreza, pero no. Yo puedo decir que nunca he vivido la pobreza, mi papá era político, mi mamá tenía una pequeña empresa, y de todas formas yo no me escapé. A muchas niñas en todos los continentes les sigue pasando, por eso tenemos que ponernos a trabajar para detenerlo. Esto no puede verse como una práctica religiosa o cultural, si no como lo que es: un atropello a los derechos humanos, de la mujer y la niñez”.

Así comenzó Aissata MB Camara, de 31 años, su exposición en la conferencia Women Deliver en Vancouver, Canadá. Este evento, de la cual La Nación formó parte, es el punto central para la presentación de diferentes investigaciones en torno a la mujer, pero también de las luchas civiles relacionadas con igualdad de género.

Camara, quien lidera la fundación There is No Limit (No hay límite), junto con otras mujeres que también vivieron su mutilación genital y fundaron The Orchid Project (El Proyecto Orquídea), presentó una campaña para evitar esta práctica que daña la salud física y mental de las víctimas.

La mutilación genital femenina, también conocida como ablación del clítoris, es la remoción parcial o total del clítoris y sus labios vaginales por razones no médicas.

Esta práctica usualmente se produce entre los dos y los 15 años. Camara no recuerda específicamente su edad cuando enfrentó esta situación, solo sabe que tenía “menos de 13” y vivía en Guinea. No obstante, en muchas zonas del mundo es algo que pasa antes de que las menores cumplan los cinco años.

Es cierto que se trata de una realidad que no se da en Costa Rica, pero, en otras partes del planeta el panorama es desolador. Se calcula que más de 200 millones de mujeres la han vivido. Cada año, 3,9 millones de niñas alrededor del mundo están en riesgo debido a esta práctica. La meta es acabarla antes del 2030.

“Es muy duro. Yo recuerdo a mis padres diciendo que me amaban, luego forzándome a tener mis genitales mutilados y al momento abrazándome y diciendo otra vez que me amaban. Es algo que muchas familias dicen hacer por el bien de las niñas, porque de lo contrario ningún hombre querría casarse con ellas”, relató la activista a La Nación.

Los riesgos

Los daños de la mutilación genital a la salud física y emocional de las mujeres son muchos.

“Hay lugares donde ni siquiera se utiliza anestesia y el dolor es indescriptible. Otras, donde sí se utiliza, pero, aunque no duele, se desconocen las medidas higiénicas, pues en muchos casos se hace en los hogares de la menor. También, aunque sí esté médicamente bien realizada, las emociones y la salud mental de las mujeres sufren mucho”, dijo Camara.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en la primera infancia, si la niña ya lo vivió se expone a shock, ataques de pánico, infecciones hemorrágicas, septisemia, tétano, retención urinaria, e incluso VIH, dado el uso de instrumentos sin esterilizar.

Cuando crecen y llegan a a edad escolar, las menores se exponen a infecciones en el tracto urinario, inflamación crónica de la pelvis, menstruaciones dolorosas y más pronunciadas, úlceras, depresión, bajo rendimiento académico y deserción escolar.

Posteriormente en la vida, suelen presentar dolores al tener relaciones sexuales, infecciones, infertilidad y ansiedad en el acto sexual.

Además, el 70% de las mujeres está en riesgo de hemorragias a la hora del parto y la posibilidad de que sus hijos mueran es mayor.

Desorden de estrés postraumático, depresión, pérdida de memoria, aislamiento, problemas de pareja y traumas psicológicos son también parte de las afectaciones.

Lucha más allá de las afectadas

Hubo algo que cambió la vida de Camara y que la hizo tomar la decisión de trabajar en evitar que las niñas experimenten esta mutilación: a los 14 años se mudó con su familia a Nueva York, Estados Unidos, y ahí vio otro tipo de vida y enfrentó otro tipo de miedos.

“La primera vez que me sentí cómoda para hablar con alguien de ese tema fue cuando me encontré con una profesora que, aunque tenía muy buenas intenciones, no estaba mentalmente preparada para darme el apoyo emocional que yo necesitaba. Se me quedó viendo con una mezcla de shock y de preocupación y me dijo ‘¿pero puedes seguir trabajando en esto?’ le dije ‘sí’ y me dijo ‘ok, sigamos trabajando’. Y entonces volví a ese silencio nuevamente, a ese silencio que hace mucho daño”, señaló Camara.

Al reflexionar sobre lo vivido, ella se percató que no solo debía educar a las familias y a las personas en su país, si no a las de otras naciones en donde el tema no es normal para que sepan cómo ayudar a quienes lo viven.

El tema en países como Guinea y Kenia, donde está más normalizada esta práctica es hacer conciencia desde la escucha.

“Muchas familias piensan que si no lo hacen, la hija no se casará. Pero también hay todo un tema económico, hay comunidades que dan dinero a las familias cuando las niñas son mutiladas, hay, por otro lado, personas que se dedican a esto y no conocen otro oficio, y desgraciadamente, es el único sustento que tienen para que sus familias no mueran de hambre”, destacó Camara.

La solución que ha encontrado no es llegar a hablar de derechos humanos, si no del amor que como padres le tienen a sus hijas, en decirles que piensen en que sus hijas sufren.

Otro frente es ir a los centros educativos y derribar mitos con los estudiantes.

“Hay jóvenes de colegio que me dicen 'yo no voy a casarme con una mujer que no ha sido mutilada porque su sabor es diferente. ¡Nos toca trabajar mucho!", subrayó.

En las niñas, la misión es empoderarlas e impulsarlas a hablar con sus familias.

“Yo les digo a las niñas, 'ustedes me ven y no parece que tengo lesiones, me veo sana, pero desde que me cortaron el dolor va conmigo, cuando me levanto, cuando voy al baño, cuando me veo al espejo”, indicó.

Y concluyó: “y a quienes viven en países en donde esto parece imposible les digo que estudien, que aprendan, que no saben en qué momento pueden encontrase con una niña como yo y que si no le dan el apoyo, que no es difícil de dar, simplemente es escuchar, pueden hacer que una chiquita calle por más tiempo”.