24 mayo, 2007
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Edad: 77 años

Estado civil: Casado

Nacionalidad: Argentino

El poeta argentino Juan Gelman está en Costa Rica después de 13 años sin venir a esta tierra.

Llegó convocado por el VI Festival Internacional de Poesía y durante su estadía recitará sus versos a viva voz y hablará con vehemencia y serenidad de la pasión que lo ha hecho escribir casi una treintena de libros y ganar importantes premios.

Ayer, La Nación se entrevistó con este hombre de 77 años en el Gran Hotel Costa Rica. Allí, él insistió en que no cree en la poesía comprometida pues, a su juicio, el tema no define la obra de arte.

Fue una charla amena en que el poeta demostró ser un conocedor de la historia de la poesía y en que habló de su obra y de su vida.

Usted ha dicho que la poesía es una fuente de insatisfacción y, a pesar de ello, sigue escribiendo poesía. ¿Por qué lo hace? ¿Es un ejercicio de masoquismo?

(Ríe) ¿Vas a titular la nota: “Un hombre masoquista”? (Ríe de nuevo) Lo que pasa es que la insatisfacción es el motor de la escritura, así como el deseo de ver que finalmente uno agarra a la señorita –a la poesía– por la cola. Hay gente que se cansa de esto y otra que no; obviamente, yo no me he cansado.

Lo han definido como poeta comprometido –término que odia–, a lo cual responde que el único tema de la poesía es la poesía. ¿En qué poesía cree?

Creo en la poesía. Suelo decir que el único tema de la poesía es la poesía misma; por eso ella puede hablar de todo: sentimientos religiosos, amor, política...

“No creo en la poesía comprometida: en primer lugar, porque soy un hombre casado y, en segundo lugar, porque creo en la poesía casada con la propia poesía. La poesía es una e indivisible.

“El poeta no se debe automutilar. Si hay algo que lo obsesiona y lo lleva a escribir, el poeta debe escribirlo. El ciudadano va por un lado y el poeta por otro; cuando algo le pasa al ciudadano que lo incita a escribir, debe hacerlo.

“El tema no hace a la obra de arte. Después de la Revolución Cubana, se escribieron en América Latina montones de panfletos sobre la revolución que no tienen nada que ver con la poesía excepto en que tenían buenas intenciones.

“El tema no es lo que define la calidad de la obra. Desde Safo –poetisa griega– hasta la fecha, es decir durante 27 siglos, se han escrito millones y millones de poemas de amor y la inmensa mayoría no le pisan ni la sandalia a los fragmentos y a esos tres poemas completos que se conservan de ella”.

La denominación de ‘poesía comprometida’ es estereotipo…

Sí, además es un término que tiene una carga sociopolítica. Yo juzgo la poesía desde otro lugar: no desde la ideología del autor, porque entre la ideología de un autor y su cultura hay caminos difíciles de descubrir. La posición política de un poeta forma parte de su subjetividad, pero no es para nada toda su subjetividad. Si no cómo se explica el fenómeno de Jorge Luis Borges: se suponía que era derechista y conservador, pero eso a mí qué me importa: él era un gran escritor.

“La escritura de la poesía es el producto de la necesidad”, ha dicho. ¿Cuál es la necesidad que lo impulsa ahora a escribir?

Es la necesidad de siempre: la de escribir poesía, que es un modo de saber lo que me pasa, lo que le pasa al mundo y lo que pasa del mundo por mí.

Poesía es tanto lo que se dice en un poema como lo que se calla. ¿Cuál es la importancia del silencio en su obra poética?

Cada vez adquiere más importancia. Cuando uno elige una palabra está descartando 100.000.

Durante su adolescencia, la poesía fue una pasión secreta. Ahora, que es una pasión a voces, ¿en qué se le ha convertido?

Sigue ahí. Esta desgraciada me sigue molestando.

Usted sigue en el periodismo. ¿Qué le permite este oficio que no le permite la poesía?

Siempre he creído que el periodismo es un género literario. En mi caso, el periodismo no molesta a la poesía ni viceversa. Son como dos vecinos que conviven en pisos distintos. Uno de los motores del periodismo y la poesía es la curiosidad.

¿Cuáles temas de la actualidad son los que más le preocupan?

Me preocupa mucho lo que ocurre con la guerra en Iraq, la situación en Irán, la matanza en Líbano, porque me parece que podemos estar al borde de un desastre nuclear; ojalá me equivoque. Desde el 11 de setiembre del 2001, estoy obsesionado con ese tema desde el punto de vista periodístico.

Tantos años después de la pérdida de su hijo y su nuera durante el golpe de Estado en Argentina a fines de los años 70, ¿en qué se le ha convertido ese dolor?

Sí, yo no enterré a mi hijo; encontraron los restos 13 años después de que lo mataron. Fue una situación contra natura. Yo estaba en el exilio, vivía en Roma y era vecino –después amigo– de un dirigente sindical demócrata cristiano. A través de él, me puse en contacto con la Secretaría de Estado de El Vaticano; allí hablé con un sacerdote muy culto, que hablaba perfectamente español y que se interesó por el tema. Pocos meses después él logró saber que mi hijo y su mujer habían muerto, pero que ella, que estaba embarazada, tuvo un bebé. Esa información venía en inglés; decía child was born, así que fue hasta hace unos años –en el 2000– que encontramos a mi nieta que supimos si era niño o niña.

“Para mí, encontrar a mi nieta fue la herencia de mi hijo”.