Irene Rodríguez. 18 diciembre, 2018
En el mundo hay diferentes escuelas para enseñar a los alumnos a personificar a Santa Claus. Foto: (Yui Mok/PA via AP)
En el mundo hay diferentes escuelas para enseñar a los alumnos a personificar a Santa Claus. Foto: (Yui Mok/PA via AP)

¿A qué edad dejó de creer usted en Santa Claus? ¿Cómo se sintió cuando se enteró de que se trataba de un personaje ficticio? Estas son precisamente las preguntas que un grupo de psicólogos de la Universidad de Exeter, en Reino Unido, quisieron contestar a través de una encuesta.

Para ello, se dieron a la tarea de obtener las respuestas de 1.200 adultos alrededor del mundo.

Al analizar los resultados, pudieron notar que el promedio de las personas dejaba de creer en Colacho o San Nicolás a los ocho años, sin embargo, el 34% aceptó que desearía, de algún modo, seguir creyendo en su existencia.

Enterarse de la verdad representó desilusión para muchas personas. El 32% dijo sentirse decepcionado, mientras que el 15% se sintió traicionado por sus padres. A esto se le debe sumar un 30% que dijo sentirse burlado por los adultos en general.

“Me ha impresionado leer de tantas personas que dijeron sentirse seriamente afectadas y con problemas para confiar en adultos cuando descubrieron que Santa no era real”, afirmó en un comunicado de prensa Chris Boyle, coordinador del estudio. Según dijo, muchos descubrieron el engaño por “accidente”, pero otros fueron armando el rompecabezas al crecer.

Lo paradojo es que más de la mitad de los encuestados comentó que a pesar de esa desilusión, después de saber la verdad, siguieron “jugando" con el mito y le hicieron creer a sus padres que aún creían en Santa Claus.

Además, al hacerse adultos siete de cada diez aceptó que también le inculcaron la idea a sus hijos y el 31% hasta se atreve a confirmarles la existencia del personaje a los niños aún y cuando estos llegaban a cuestionarlos.

Quizá una razón por la cual esta “tradición” sobrevive generación tras generación es que muchos padres utilizan la figura de este hombre como método de castigo-recompensa con sus hijos. Sin embargo, la encuesta dejó claro que no necesariamente esta idea es efectiva para modificar comportamientos. En ese sentido el 34% de los participantes contó que se portaban mejor si eso implicaba que Colacho les trajera regalos en Navidad, mientras que un 47% confesó que esa promesa no los hizo modificar en nada su conducta.

¿Hay que decirles la verdad? Las opiniones son variadas, pues hay psicólogos que recomiendan ser francos desde el principio y otros opinan que el tema debe abordarse con total sinceridad en el momento en que los niños ya comienzan a lanzar preguntas. Es mejor que sea así y no que se enteren por terceros.

Las anécdotas

El estudio pidió a los participantes relatar historias relacionadas con sus vivencias en torno a “Santa” y cómo llegaron a conocer la verdad. Por ejemplo, uno de los encuestados relató que a la edad de diez años descubrió a sus padres comiéndose las galletas y tomándose la leche que le habían dejado a San Nicolás y sus renos.

Otro comentó que, a los 11 años, había visto cómo su padre se caía mientras llevaba todos los obsequios hacia el árbol de Navidad, mientras que una mujer contó que a los siete años halló los regalos ya envueltos y con etiquetas que decían “Polo Norte”... solo que los vio un 20 de diciembre en el cuarto de sus papás.

Entre las anécdotas también esté el caso de una encuestada que a los nueve años descubrió que la caligrafía de “Papá Noel” era muy similar a la de su papá. Y otra, a los ocho años, logró encontrar, en el armario de su madre, todas las cartas que ella supuestamente había enviado al “Polo Norte”.

Uno de los participantes relató que, cuando estaba por cumplir los nueve años, al abrir los regalos notó que tenían las marcas de los precios y en ellos se leía que habían sido comprados en una tienda local.

No obstante, no todos “los accidentes” fueron cometidos por los progenitores de los menores; en algunas oportunidades, los papás no tuvieron más remedio que hablar con sinceridad,

Por ejemplo, una mujer dijo que ella comenzó a sospechar a los siete años, cuando vio a uno de sus maestros disfrazado como Santa Claus y una mamá se vio obligada a decirle a su hija de cinco años la verdad porque la chiquita tenía miedo de que un hombre extraño ingresara a a su casa.

Otros adultos contaron que en ellos prevaleció la lógica. Se recibieron respuestas como “Santa es muy gordo para entrar por una chimenea”, “los renos no pueden volar”, “es imposible viajar tan rápido a tantos lugares”, “los niños pobres no conocen a Santa” y “la chimenea tenía fuego y Santa se habría lastimado al bajar”.

De todas las respuestas, la calificada como la más ingeniosa fue la de un hombre que, a sus nueve años, decidió ir a dejar una carta para “Santa Claus” al correo, sin contárselo a sus papás. Como era esperable, nunca llegó a recibir los regalos de aquella lista.