Irene Montiel. 2 diciembre, 2017
Fausto Calderón diseñó una casa que con toques neoplásticos traídos a la contemporaneidad, y con magníficas vistas a los volcanes Irazú y Barva.
Fausto Calderón diseñó una casa que con toques neoplásticos traídos a la contemporaneidad, y con magníficas vistas a los volcanes Irazú y Barva.

Si algo algo abunda en Costa Rica son los terrenos accidentados y montañosos. Fausto Calderón les llama “guindos” y cuenta que hace unos años la gente tenía recelo de construir en este tipo de lugares. La propiedad donde se ubica Casa Picado Aguilar no es para nada un guindo, pero sí se encuentra en las partes más elevadas de un privado complejo residencial.

Para Fausto, cada nuevo diseño es una oportunidad fresca para proponer, traer algo nuevo a la mesa y, ante todo, satisfacer las necesidades específicas de quienes han confiado en su labor y trayectoria de más de tres décadas en la profesión de la arquitectura.

“El cliente busca el lote y dispone lo que quiere. Quienes adquieren un terreno con estas características lo hacen para aprovechar la vista panorámica que ofrece y esta se convierte en una prioridad a la hora de diseñar”, comenta el arquitecto mientras recorre los alrededores del lugar. “Si hubiera sido un terreno inferior como otros que se dan en este mismo condominio, más bien estaríamos buscando proteger la privacidad de la casa, por las viviendas que se encuentran en las propiedades más altas. En este caso, más bien aprovechamos que se pueden utilizar grandes ventanales y propusimos una estancia sumamente abierta hacia el exterior”.

De hecho, la casa tiene pocas secciones en donde el panorama no pueda observarse de manera distendida y en toda su plenitud. En un día despejado, es posible admirar el volcán Irazú, así como el Barva y las Tres Marías. El cerro de La Carpintera se asienta de manera imponente hacia uno de los lados de la casa. A la lejanía, puede verse la capital con sumo detalle, así como todos sus inconfundibles puntos de referencia.

Al ubicarse en un punto alto, la vista no es lo único que resulta vigorizante. Los vientos frescos recorren la propiedad con frecuencia. Esto fue aprovechado por don Fausto para hacer una casa de techos elevados, valiéndose de la ventilación cruzada y la iluminación natural, tanto que no es necesario utilizar prácticamente ningún tipo de luz artificial durante el día.

Identidad ecléctica

Lejos de buscar una estructura redonda y voluminosa, Calderón propuso una estancia ligera a través de planos verticales y horizontales, muy inspirado en el llamado constructivismo holandés, pero claramente traído a la modernidad. “La casa es una sucesión de planos”, explica don Fausto, “es parte del movimiento del neoplasticismo de los años 20”.

El recorrido empieza con un garaje abierto. “La ventaja de estos lugares es que no requieren ni siquiera de portones”, nos dice el arquitecto recién llegamos a la vivienda, “eso permite trabajar con mayor apertura y libertad; con menos limitantes”. La entrada es amplia y clara, con unos nichos en donde se postra una escultura de bronce. Las paredes tienen un particular revestimiento. “Es molejón de Patarrá”, nos detalla Calderón.

Se trata de una piedra que estuvo bajo el agua hace cientos de miles de años, por tanto en ella se pueden apreciar pequeñas las impresiones de fósiles que quedaron impregnadas desde ese lejano pasado: es un museo de la prehistoria en la pared. El corte realizado en la piedra le da un aire moderno a partir de un material que podría pensarse rústico, pero termina siendo sumamente contemporáneo.

Al ingresar a la casa nos sorprende la claridad, pero ante todo, una franja translúcida que recorre el techo de lado a lado y permite la entrada de la luz de manera directa. Esta se posa sobre una textura sintonizada en el piso que va desde la puerta de entrada y culmina en la terraza.

Si bien todos los elementos de diseño neoplástico se aprecian muy claramente desde las afueras de la vivienda, también se utilizaron en sus interiores.

La sala nos dirige hacia el comedor, donde nos encontramos con una ventana que enmarca el cerro de La Carpintera de manera espectacular, como una especie de obra de arte natural que varía conforme la luz del día va cambiando. La cocina también aprovecha muchísimo la vista panorámica, pues según nos cuenta Fausto, es uno de los puntos más utilizados de la casa.

Por su parte, la terraza recibe la luz del sol muy directamente en el atardecer, por tanto, el arquitecto colocó un pergolado para evitar que la intensidad del rayo solar en las horas de la tarde resulte muy abrumadora. Todo este recorrido ocurre en la parte inferior de la vivienda donde se encuentran las áreas sociales, de entretenimiento y de servicio.

En el ala oeste, también en la planta baja, se encuentran los dormitorios secundarios y el cuarto de visitas. Una escalera muy ligera hecha en madera de cenízaro nos conduce a la parte superior, la cual fue dispuesta para albergar el dormitorio máster y un estudio.

Valores universales

Al preguntársele al arquitecto qué lo motiva a continuar diseñando y proponiendo después de tantos años de experiencia: “Se trata de una necesidad personal por reinventarse y proponer, no quedarse únicamente en la arquitectura meramente funcional, sino responder a la pasión que tiene uno por crear”.

Al finalizar el recorrido, don Fausto hace hincapié en los valores universales que rescata de esta obra, los cuales también se hacen presentes en muchos otros de sus proyectos. Así lo demuestra con una vivienda basada en conceptos neoplásticos pero muy anclada en la realidad del entorno, que respeta tanto el terreno como el paisaje y promete mantenerse vigente por muchos años.