AFP . 18 diciembre, 2020
Los manifestantes corean consignas mientras se reúnen en la plaza Mohamed Bouazizi en el centro de la ciudad de Sidi Bouzid, en Túnez, el 17 de diciembre del 2020. Foto: AFP
Los manifestantes corean consignas mientras se reúnen en la plaza Mohamed Bouazizi en el centro de la ciudad de Sidi Bouzid, en Túnez, el 17 de diciembre del 2020. Foto: AFP

Túnez. “La revolución me demostró que todo es posible”. Ameni Ghimaji acababa de cumplir 18 años cuando participó en la gigantesca manifestación en Túnez que echó del poder a Ben Ali, el 14 de enero del 2011, y precipitó la caída de otros dictadores árabes.

¿Quién se habría imaginado que la inmolación de un vendedor ambulante un mes antes, el 17 de diciembre, en una región marginal de Túnez, iba a ser la chispa de un movimiento de protesta popular histórico en la región?

Fotografiada con el puño en alto, bramando su rabia contra un régimen autoritario y corrupto, Ameni Ghimaji encarnó la revolución pacífica de la juventud tunecina que llegó a la primera página de los diarios del mundo cuando Zine El Abidine Ben Ali huyó del país el 14 de enero.

“No teníamos ningún plan de futuro, pero estábamos seguros de algo: cualquier cosa era mejor que aquello”, dice Ameni, que trabaja ahora en el sector cultural en Túnez.

De Túnez a Trípoli, pasando por Egipto o Siria, la ola de manifestaciones, a menudo acusada de haber abierto la puerta al caos o a más pobreza, sigue siendo, para los que participaron en ella, un paréntesis mágico que sembró semillas de esperanza.

‘Revancha’

“Era una revancha: desde que cumplí 18 años, sufrí acoso y la cárcel”, explica el abogado Abdennaceur Aouini, que tenía 40 años en aquel momento. Sus imágenes, celebrando la huida de Ben Ali desafiando el toque de queda a dos pasos del Ministerio del Interior arrasaron en internet.

Aunque hoy reconoce que está “decepcionado”.

En su país, el desempleo, la inflación y las desigualdades que fueron los detonantes de la revuelta siguen haciendo añicos los sueños de muchos y la clase política parece estar desgarrada.

Sin embargo, “sigue habiendo esperanza. Hace diez años soñaba, hoy razono”, dice.

La joven tunecina Houeida Anouar organizaba foros en internet que alimentaron las protestas. En aquel mes de enero del 2011 sabía que la buscaban y cuando salía a la calle, el miedo la atenazaba.

“La gente pensaba que la salida de Ben Ali iba a solucionar las cosas, pero se necesitan 20 o 30 años”, dice. “No estoy segura de que yo vaya a ver Túnez con una situación política digna de ese nombre, pero soy optimista. No hay vuelta atrás posible sobre las libertades o la pluralidad política”, dice.

“Y cuando vemos a Egipto”, donde ha vuelto a caer una losa de plomo, “nos damos cuenta del camino recorrido” en nuestro país.

Túnez es el único país que ha seguido adelante en el camino abierto en el 2011, con la adopción de una nueva Constitución y elecciones democráticas.

Niños corean consignas desde lo alto de una escultura en el centro de la ciudad de Sidi Bouzid, en Túnez, el 17 de diciembre del 2020, durante las conmemoraciones del décimo aniversario de la autoinmolación de Mohamed Bouazizi. Foto: AFP
Niños corean consignas desde lo alto de una escultura en el centro de la ciudad de Sidi Bouzid, en Túnez, el 17 de diciembre del 2020, durante las conmemoraciones del décimo aniversario de la autoinmolación de Mohamed Bouazizi. Foto: AFP
‘Todavía creo’

En Egipto, después de tres años turbulentos y la destitución por el ejército de un presidente islamista, un régimen como mínimo tan represivo, dirigido por Abdel Fatah al Sisi, ha reemplazado al de Hosni Mubarak.

“Diez años después, las esperanzas siguen ahí, en las generaciones más jóvenes, que eran niños en el momento de la revuelta”, dice Mohamed Lotfy, de 39 años, director de la Comisión egipcia para los derechos y la libertad (ECRF), importante organización de defensa de derechos basada en El Cairo.

No obstante, “el gobierno hace todo lo posible para matar ese sueño”, dice.

En Libia, Siria o Yemen, los conflictos generados por el debilitamiento del poder central siguen haciendo estragos.

Pero Majdi, un treintañero libio, no lamenta haberse manifestado pacíficamente hasta la caída del régimen de Muamar Gadafi. La revolución “era necesaria y todavía lo creo”.

El 15 de febrero del 2011, cuando era todavía estudiante, las fuerzas libias dispararon contra familias que reclamaban justicia para sus allegados masacrados en 1996, en una cárcel de Trípoli donde estaban los detenidos políticos.

“El país estaba impactado”, recuerda Majdi. “En varias ciudades”, la gente “salió espontáneamente” por “solidaridad”.

“Al inicio de la revuelta, ni se pensaba deponer al régimen (...), simplemente queríamos tener un poco más de libertad, de justicia y de esperanza”, subraya.

“Seguíamos lo que pasaba en Túnez y en Egipto”, dice Majdi. “Era nuestro turno, el cambio era inevitable, pero echando la vista atrás, no creo que fuéramos conscientes de los daños que el régimen de Gadafi había causado en los fundamentos del Estado”.

Tras la muerte de Gadafi, en octubre del 2011, el país se hundió en la violencia intertribal y los grupos yihadistas se aprovecharon del caos.

Las injerencias extranjeras han aumentado y envenenado un conflicto que no da tregua desde entonces.

Igual ha ocurrido en Siria. Al principio, también “reclamábamos solo reformas”, dice Dahnun, entonces estudiante de 15 años.

La protesta contra Bashar al Asad, perteneciente a la minoría alauita, cercana al chiismo, surgió en Daraa, al sur del país, a partir del 19 de marzo, y cobró fuerza rápidamente.

Sin embargo, como Majdi en Libia, Dahnun sintió la brutalidad con la que se reprimió la primera manifestación, algo que fue transformando el carácter pacífico del movimiento.

“Nos atacaban matones a sueldo del régimen y miembros de las fuerzas de seguridad”, cuenta a la AFP este sirio, hoy estudiante de Ciencias Políticas, desde Idlib (noroeste), la única región del país, que escapa todavía al control del régimen de Bashar al Asad.

Desde entonces, la guerra en Siria ha provocado más de 380.000 muertos en el país y millones de refugiados y desplazados. Rusia, que apoya a Asad, y Turquía, que respalda a algunos grupos rebeldes, se han involucrado en el conflicto. La última pieza fueron los yihadistas del Estado Islámico (EI), que sembraron el terror en el país durante varios años.

“Ahora, los sirios no pueden decir nada”, lamenta amargamente Dahnun. “Son las potencias extranjeras las que deciden, finalmente. Siria ya no nos pertenece”.

Diez años después, Bashar al Asad es el único autócrata de la Primavera Árabe que sigue en su puesto. La guerra, la crisis económica y las sanciones internacionales han hundido al país en una terrible agonía. La oposición política ha fracasado a la hora de presentar un frente unido y ha prácticamente desaparecido, dejando la vía libre al presidente sirio de cara a elecciones previstas en 2021.

Pero el sueño de los detractores de Asad no se ha esfumado totalmente.

Abu Hamza, profesor que vive en Daraa, cree que “las cosas no pueden seguir así”.

“Cuando tienes hambre dejas de tener miedo”, advierte este padre de familia.