Hazel Feigenblatt. 16 julio, 2020

“Creo que cometí un error. Pensé que el virus era una farsa, pero no lo es”.

Esas fueron las palabras antes de morir de un hombre de 30 años en Texas quien contrajo Covid-19 en una actividad a la que asistió sabiendo que participaba una persona enferma, según informó el hospital que le dio tratamiento.

Muerte y enfermedad son solo parte de las consecuencias que han tenido las teorías de conspiración alrededor del mundo, las cuales suelen negar o poner en duda la existencia o gravedad del virus. 

Es sabido que la incertidumbre y ansiedad causados por las crisis de salud pública hacen a ciertos segmentos de la población presa fácil de las teorías de conspiración. 

Ese ha sido sin duda el caso en Costa Rica, en donde han circulado desde audios anónimos sobre “remedios” absurdos contra el virus hasta noticias falsas sobre el origen del mismo o las medidas tomadas por el gobierno.

Sin embargo, en los últimos días – conforme el número de casos se dispara y el gobierno toma medidas más firmes – se ha empezado a observar un intento más deliberado por usar la religión para elevar la aceptabilidad de las teorías de conspiración.

Esto puede explicarse por el hecho de que las autoridades y los medios de comunicación han sido persistentes en desmentir información falsa, y esto ha ayudado a limitar la cantidad de quienes se toman en serio ese tipo de información.

La respuesta de quienes promueven teorías de conspiración entonces ha sido mezclarlas con creencias religiosas, en un intento desesperado por hacerlas más aceptables. Esto no es nuevo, pero se ha intensificado. 

Al presentar teorías de conspiración con lenguaje religioso se espera que las personas usen la fe para aceptar dicha información sin cuestionar, en lugar de usar la razón para evaluar si está basada en hechos confirmables.

Es por eso que hasta un audio anónimo cargado de afirmaciones ridículas puede cumplir esa función.

El audio del “pueblo satánico”

Un ejemplo claro es un audio circulado por WhatsApp en días recientes con las siguientes características: 

Si estos grupos llegaran a manipular y movilizar un porcentaje significante de la población contra las medidas por la covid-19, las consecuencias pueden ser devastadoras para la epidemia, el sistema hospitalario, la continuidad de la educación y la economía. 

-El objetivo político de fondo es reducir la confianza de los ciudadanos en el gobierno y dificultar la labor de este, por ejemplo incitando al irrespeto colectivo a las medidas contra el virus para desestabilizar el país. Una baja confianza en el gobierno limita su margen de negociación y da ventaja a los oponentes en la competencia electoral.

-Para hacer el mensaje más aceptable entre los creyentes la teoría de conspiración se presenta como parte de un supuesto plan para hacer Costa Rica “un pueblo satánico” en el que la gente rechaza la religión.  

Este es solo uno de múltiples mensajes que han estado circulando con afirmaciones descabelladas. 

Algunas dicen que ponerse la eventual vacuna contra el virus es ponerse la marca “de la bestia” o que la epidemia es un invento para cerrar iglesias. Otras dicen que usar mascarilla es negar la “gloria de Dios” y la supuesta semejanza humana con Dios.

Queda claro que hay un intento organizado e irresponsable por satanizar la salud pública. 

Esto era de esperarse y seguirá empeorando mientras las autoridades sigan validando la injerencia religiosa en asuntos de salud pública, y el Tribunal Supremo de Elecciones siga mostrando debilidad y temor en hacer cumplir la ley contra el uso de la religión para fines electorales.

Por lo pronto el resultado es que grupos religiosos de todo tipo ahora creen tener legitimidad y autoridad para interferir – desde las profundidades de su ignorancia y dogmatismo – en asuntos de salud pública.

La diferencia esta vez es que esta vez ya no se limitan a atacar la salud pública de las mujeres sino que ahora van por la de toda la población. 

Si estos grupos llegaran a manipular y movilizar un porcentaje significante de la población contra las medidas por la covid-19, las consecuencias pueden ser devastadoras para la epidemia, el sistema hospitalario, la continuidad de la educación y la economía. 

El precio de las ventajas electorales

Tales consecuencias son el precio de las ventajas electorales que quienes promueven las teorías de conspiración esperan sacar de la epidemia a favor de quienes apoyan sus ideologías. 

No han trascendido estudios detallados sobre quiénes exactamente crean y promueven estas informaciones falsas y cómo interactúan entre ellos, pero sí se observa una creciente red de cuentas y plataformas en Internet (algunas anónimas) en donde unas promocionan el contenido de las otras. 

Es una red en la que unos se encargan de hacer ciertos contenidos para que otros puedan usarlos sin que la responsabilidad caiga en ninguno en particular, y el trabajo más sucio se hace desde cuentas anónimas.

En ese sector de la web, es posible observar a algunos políticos compartir información falsa o darle difusión a quienes la promueven mediante conversaciones y entrevistas. Así, exponen a sus audiencias a teorías de conspiración pero no las repiten directamente para poder lavarse las manos.

En otros casos, personas vinculadas con grupos políticos crean plataformas informativas para publicar datos falsos o manipulados. Cuando estos son usados por terceros, por ejemplo para justificar protestas, se desligan diciendo que ellos no tuvieron nada que ver con la organización de las protestas.

Las excusas son muchas y variadas pero el resultado es el mismo: Usar la religión para promover teorías de conspiración con las que minar la confianza en las autoridades y la ciencia y sacar una supuesta ventaja electoral.