Allan Fernández.   18 abril, 2018

Usted debería escribir sobre el perdón”, me han interpelado varias veces. Me encantaría, pero no tengo nada particular que aportar. Podría iniciar explicando que la mente humana no cuenta con la capacidad de olvidar (Freud 101). Siendo esto así -siéntase en total derecho de no estar de acuerdo- el asunto no pinta bien, ya sea que usted quiera olvidar o desee que alguien olvide lo que usted hizo... o no hizo.

El perdón -me parece- corresponde al campo de lo religioso, de ahí que no me parezca conveniente internarme allí. Tan poco conveniente como los consejos que suelen dar algunas personas religiosas cuando del campo de las relaciones afectivo-eróticas se trata. Aún escucho personas que llegan a contarme cómo el padre -o pastor- de su comunidad le recomendó darle a su pareja una oportunidad... más. Ya le dio una, dos, tres, cuatro y nada. “Ponga las cosas en manos de dios. Verá que él le resuelve”. Y no, algunas veces no resuelve (vean que estoy dando el beneficio de que algunas veces sí lo haga).

La promoción de la sumisión me resulta una estrategia desagradable y hasta enfermiza. Me han preguntado varias veces: “¿cuánto cree usted que deba uno aguantar?”. ¿Aguantar? De qué estamos hablando, ¿de una relación entre adultos o de una competencia de levantamiento de pesas? ¿Eso es su relación? ¿Algo que está tratando de aguantar? Y sí, yo sé. No todo lo de la pareja es agradable. Pregúntenle a mi esposa. Pero se que ella tiene claro que no tiene por qué aguantar. No es mi mamá. Es mi esposa. La fórmula es sencillísima: ella me comunica que no le gusta de mí. Yo lo analizo. Si llego a la conclusión de que tiene razón, inicio un trabajo interno de transformación de eso que, aunque sea parte mía, pondría en riesgo nuestra relación. Es que a mí me interesa que mi relación funcione. Si, por el contrario, eso que le molesta me parece importante conservar, le presentaré una serie de argumentos con los cuales demostrarle que no considero apropiado modificar dicho asunto. Es cuestión de comunicación. No tenemos que cargar la mente de Hawking para resolver una diferencia marital.

Ahora, hay cosas de cosas. Cada quién debería tener claro con qué puede lidiar y con qué no. Es cuestión de auto-conocimiento. Yo no me casé para aguantar. Me casé para compartir, para recorrer este viaje existencial en compañía de alguien que me demuestre su interés en acompañarme y en compartir.

Tal parece que nadie quiere hablar de la infidelidad. Todos conocemos cientos de casos, pudimos haber estado envueltos alguna vez, sea como víctima o victimario y sin embargo parece que nos pusimos de acuerdo para ignorar algo tan pero tan cotidiano. Mojigatería al más alto nivel. Negación de la realidad. Tenemos que hablarlo. Es que en el momento en que inicio una relación quedo expuesto a dicha situación. Nadie está inmune, créanme. Se los dice alguien que trabaja diariamente asuntos de pareja. La creatividad de algunas personas no tiene límite.

La columnista del N.Y. Times Karin Jones escribió hace un par de semanas un ensayo titulado: “lo que aprendí al acostarme con hombres casados”. El artículo es impresionante. Es honesto, no se anda con rodeos, es atrevido. “El deseo de cometer una infidelidad”, sostiene Karin, “puede ser un momento apropiado para sentarse a conversar con la pareja”. Sin dramas, sin platos volando, sin amenazas de suicidio. La Sra. Jones, pronta a llegar a sus 50 años, asegura que esos hombres no se atrevieron a hablar con sus parejas. Deseando no dañarlas, al considerar que hablar sobre su insatisfacción les causaría sufrimiento, deciden envolverse en un “affair”. Irónico, no hay duda. Para sumarle a la ironía, dicha solución, más que alivio, les genera más ruido interno. El famoso sentimiento de culpa al que las religiones suelen echar mano...

¿Y en el caso de las mujeres? Similar. La relación perdió fuelle. Tarde o temprano se tropezarán con alguien que esté dispuesto a reactivar el deseo. El humano es un animal que vive del deseo. Muerto el deseo se empieza a gestar una larga convalecencia, emocional y hasta física.

¿Por qué nos cuesta tanto hablar con nuestra pareja? ¿Por qué pensamos que esa persona no puede comprender aquello que nos sucede? ¿Por qué nos conformamos? Y si están teniendo problemas de pareja y no desean visitar a un profesional, al menos pregúntenle a alguien apto. Preferiblemente alguien que se encuentre en una relación estable. Preguntarle al que no da pie en bola en el campo de las relaciones no es más que buscar escuchar lo que yo quiero oír. Y respecto a los consejos de sacerdotes y pastores... no digo que no los escuchen. Solo les pido que los contextualicen.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com