Wálter Quesada, escritor invitado;, David Goldberg, edición.. 26 abril
 Wálter Quesada se retiró del arbitraje en el 2017, con 47 años de edad. Hoy trabaja en Cartaginés. Foto: Rafael Pacheco
Wálter Quesada se retiró del arbitraje en el 2017, con 47 años de edad. Hoy trabaja en Cartaginés. Foto: Rafael Pacheco

Fue en el mes de mayo de 1989 en que decidí hacer mi primer curso de árbitro. Esas locuras de joven, porque nadie me lo pidió. Tenía 19 años recién cumplidos. Me enteré de la información en la tienda de deportes Campos y dije ‘¿por qué no?’. Quizás si el anuncio hubiese sido de locución deportiva, hoy sería narrador. En ese momento cursaba apenas el quinto año en el Colegio Vocacional de Artes y Oficios (Covao), en Cartago, donde he vivido toda mi vida.

Lo tomé con emoción y susto a la vez. Emoción porque pensé que sería un entretenido pasatiempo mientras me recuperaba de una fractura de tibia y peroné, sufrida en un partido de “papi fútbol” en ese mismo colegio. Y susto porque de niño pitaba en juegos amistosos en la plaza de Guadalupe y ya había probado la acidez de algunos insultos inmerecidos.

Soy sincero, mi pasión era jugar al fútbol. Y no era malo. En mi adolescencia solía estar hasta en dos campeonatos al mismo tiempo, los de categoría juvenil y en terceras. Era centrocampista; recuperaba bastante el balón y servía buenos pases en profundidad.

Como muchos jóvenes en el país, mi sueño era integrar algún equipo de Primera, pero nunca soñé con un color en especial. Ninguno en específico. Lo puedo gritar a los cuatro vientos. Solo era sumamente fiebre para practicar el deporte.

Es más, todavía voy a cuanta mejenga tenga chance. Incluso, todos los domingos por la mañana juego con el grupo Arenilla. Nada de charlatanería: dos equipos de 11, uniforme completo y árbitro. Usualmente mis compañeros le discuten todo lo que pita, pero yo soy 100% respetuoso de sus decisiones. Lo garantizo.

Wálter Quesada se declara un fiebre del fútbol. Le gusta desempeñarse de volante y asegura que ahora juega todos los domingos por la mañana.
Wálter Quesada se declara un fiebre del fútbol. Le gusta desempeñarse de volante y asegura que ahora juega todos los domingos por la mañana.

Primer acercamiento.

El curso fue en la filial de Cartago de la Asociación Central de Árbitros de Fútbol (ACAF). El primer tema que vimos fue la regla 1: El Terreno de Juego. Me pareció muy interesante, así que quise seguir aprendiendo, sin saber lo que me esperaba más adelante. Sin saber que sería mi vicio por 28 años.

Al final, fue por una recaída de mi lesión que comencé a dedicarme un poco más al arbitraje, estudiando más y trazándome metas. Muchos me preguntaban el por qué de la decisión. Que si no me preocupaba mi familia, que si no quería a mi mamá, que si no me daba miedo alguna agresión. No obstante, la respuesta era demasiado sencilla: “Me gusta el fútbol y quiero seguir involucrado en él”. Y es que siempre vi este deporte como un crítico y como un admirador de lo que, desde muchos campos de la vida, puede mover. Nunca como un fanático.

Los fanáticos eran otros. Esos que sí son difíciles de controlar. Más que cualquier jugador conflictivo en la cancha.

Esta fotografía pertenece a la primera final dirigida por Wálter Quesada. Fue un clásico entre Saprissa y Alajuelense, disputado el 5 de junio de 1994. Tenía 24 años. En la foto, de izquierda a derecha: Carlos Luis Astúa, José Fabio Barrantes, Quesada y Jorge Cantillano. Foto: Cortesía Wálter Quesada
Esta fotografía pertenece a la primera final dirigida por Wálter Quesada. Fue un clásico entre Saprissa y Alajuelense, disputado el 5 de junio de 1994. Tenía 24 años. En la foto, de izquierda a derecha: Carlos Luis Astúa, José Fabio Barrantes, Quesada y Jorge Cantillano. Foto: Cortesía Wálter Quesada

Como nunca tuve que esconder afinidad por nadie, pues no la tenía, realmente tuve pocos problemas. Incluso, tenía tanto cuidado que evitaba cantinas, grupos de personas numerosos y a veces hasta trataba de esquivar partidos en los que jugara Cartaginés, para no tener altercados cuando caminaba por algún lugar de mi propia provincia.

Sin embargo, siempre hubo gente en la calle, que aunque fuese entre dientes, se ponía a decir cosas pasadas de tono. Pero quizás no se compara con lo que vivieron algunos compañeros del arbitraje, que hasta se dieron de golpes con personas que los ofendían gravemente.

En definitiva, el referato no es fácil. El error, algo inherente al ser humano, es castigado como un pecado capital. Por tus jefes, por la prensa, por los jugadores, por la afición. Los árbitros lo sabemos desde el principio, pero realmente nadie te prepara para ese tipo de escrutinio público.

Wálter Quesada conversa con el exmanudo Jonathan McDonald, en uno de los últimos juegos de su carrera. Foto: Cortesía Wálter Quesada.
Wálter Quesada conversa con el exmanudo Jonathan McDonald, en uno de los últimos juegos de su carrera. Foto: Cortesía Wálter Quesada.

El peor partido.

Por suerte, creo que en mi carrera hubo pocos juegos que pueda calificar como imborrables por culpa de un mal desenvolvimiento personal. Solo uno me viene a la mente a menudo. Fue un Alajuelense-Brujas, en el Morera Soto. Un miércoles 9 de febrero del 2010, para ser exacto.

Brujas siempre era un equipo difícil de dirigir por lo fuerte que jugaba, pero existía la noción de que yo era uno de los pocos que les pitaba sin inconvenientes. Así que esa noche, después de mi jornada laboral regular en el Instituto Nacional de Seguros, llegué al estadio confiado en que iba a ser un juego atractivo para el público, en el cual yo iba a pasar desapercibido. Así esperaba que fuese siempre, pues el cansancio del día solo me hacía desear una noche tranquila.

Sin embargo, minutos antes de iniciar se suscitó algo inesperado. Casi que con los equipos calentando, se divulgó de un positivo de una prueba doping de Try Bennet, lo cual descontroló por completo a los futbolistas y me despedazaron el juego. Fueron 90 minutos de acciones bruscas, de reclamos exacerbados, de conducta muy violenta. Se me hizo imposible dominarlos y terminé arbitrando fatal. Me extravié en medio de su nerviosismo. Fue el peor partido de mi vida. Tanto que ese pudo finalizar única y exclusivamente por que no expulsé a medio equipo de Brujas, el cual, sin duda, lo merecía. En esos tiempos comentábamos en el gremio que si el árbitro hubiese sido un novato, ahí mismo terminaba su carrera.

Es en esos momentos donde un árbitro necesita ser fuerte. Y ojalá tener un respaldo sólido de quienes lo rodean, porque ni los psicólogos que pone la Federación te preparan para cuando es tu culpa que medio país esté triste o molesto.

Yo, gracias a Dios, pude construir una familia tan estable que se convirtió en mi soporte. Mi esposa Maritza Montero y mis hijos Francinie, Wálter Osvaldo y Kendall son culpables de que haya aguantado tanto tiempo en el arbitraje. Los llamo así, porque, aun cuando sufrían cuando me iba mal, sabían manejar ese tipo de estrés.

Wálter Quesada junto a su esposa Maritza Montero y sus hijos Kendall (primero a la izquierda), Francinie (cuarta de izquierda a derecha) y Wálter Osvaldo. Foto: Cortesía Walter Quesada
Wálter Quesada junto a su esposa Maritza Montero y sus hijos Kendall (primero a la izquierda), Francinie (cuarta de izquierda a derecha) y Wálter Osvaldo. Foto: Cortesía Walter Quesada

Ya retirado, puedo decir que el arbitraje me dio a conocer públicamente, tanto a nivel nacional como internacional. Que visité lugares alrededor del mundo que nunca hubiese conocido por tiempo ni dinero. Por eso pensé que al dar un paso al costado me daría cierta nostalgia o ansiedad.

Sin embargo, con rapidez entendí que fue solo un pasaje más de mi vida y hoy hasta me siento mejor que cuando pitaba, sin tanta presión y feliz de compartir más con mis seres queridos. Es más, ahora que lo pienso, quizás no era tanto una alegría, sino solo un vicio. Y, normalmente, llega el momento en que estos hay que dejarlos atrás.

Desde la grada
Desde la grada

Nota del editor: En Desde la grada buscamos historias escritas por los propios protagonistas del deporte de alto rendimiento. Contácteme a david.goldberg@nacion.com, si tiene interés de ser parte de esta iniciativa.