Jairo Villegas S..   19 febrero
Jaime Chinchilla y su esposa Erika. Ellos viven en Brandon, Canadá.

Con solo un recorrido de pocos kilómetros, el costarricense Jaime Chinchilla puede observar osos, alces y también venados que se pasean libremente. De hecho, lamenta que miles de estos últimos animales mueren en las carreteras todos los años.

Jaime enumera otros animales que suele observar: caribús, bobcats, zorros, águilas y castores.

Además, tiene el privilegio de disfrutar auroras boreales, el sueño de muchos costarricenses. “Actualmente, presenciar una de ellas es como esos eventos que ocurren todos los años a los que uno ya no les presta atención, excepto de vez en cuando que uno se detiene y se percata que está ocurriendo. Algo así como el canto de un yigüirro o ver un volcán para un tico, que son cosas maravillosas que se vuelven cotidianas”.

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Jaime vive en las faldas del Polo Norte, un lugar donde la temperatura puede descender a -50 grados Celsius. Se trata de la ciudad de Brandon, en la provincia de Manitoba, en Canadá.

Allá reside con su esposa Ericka, oriunda de San Carlos. Ellos tienen un niño, de tres años, llamado Jaime Gabriel.

Este tico, quien creció disfrutando de intensas mejengas en Alajuelita, no está solo en Canadá, pues también reside su hermana mayor, Carol, quien tiene dos hijos, Ana Gabriel y Raymond Fabián.

Además, otro hermano vive en Manitoba. Se trata de Daniel y su hijo Eddy.

“Después de creer por muchos años que estábamos solos, fue extraordinario darnos cuenta de que somos como 30 costarricenses en toda la provincia, pues nos hemos encontrado por medio del grupo de Facebook Ticos en Manitoba.

Jaime Chinchilla con su esposa Ericka y su hijo Jaime Gabriel.

¿Por qué Jaime migró a esa región?

En sus años de colegio estudiaba en el Conservatorio de Castella, donde decidió ser pianista. Luego, terminó el bachillerato en Educación Musical en la Universidad de Costa Rica (UCR) y ganó una beca para cursar la maestría en piano en Brandon University.

Su plan original era estudiar dos años y volver a nuestro país, pero la vida le dictó otro futuro.

“La estadía, los cursos universitarios, la alimentación y los gastos en general resultaban extremadamente caros e inalcanzables a pesar de la beca, tanto que no los iba a poder costear. Tenía como opción devolverme, pero decidí enfrentar el reto de otra manera”.

“A punta de trabajo, logré costear mis estudios, todo menos bajar los brazos. Los dos años se convirtieron en cuatro y después de graduarme, la pequeña ciudad del oeste de Manitoba se convirtió en mi base de operaciones”, aseveró.

Jaime Chinchilla y su esposa Erikca.

Jaime debió acostumbrarse a cambios extremos de temperatura. En cierta época el termómetro se desploma hasta llegar a -50 grados, asegura, al punto de congelamiento. En el verano, sube, sube, sube y sube hasta frenarse en los asfixiantes 45 grados.

Describe que el paisaje es desolador, por estar en medio de las praderas canadienses; ahí no hay montañas ni muchos árboles, sino que es plano.

“Cuando llegué y observé el paisaje, creí que el mar debía estar cerca porque el horizonte luce tan plano como el mar”, confiesa.

Siete años después de llegar a Canadá, Jaime hizo su primer viaje a Costa Rica, para reencontrarse con familiares y amigos, disfrutar del país y abrazar a los suyos.

Ticos que viven en Manitoba, Canadá, suelen reunirse.

Le fue imposible evitar las lágrimas con solo ver las montañas al llegar.

De inmediato recordó cuando puso, por primera vez, un pie en Winnipeg, a 230 kilómetros de su destino final: Brandon. Literalmente, quedó helado.

“Fue como entrar a un congelador para no salir jamás. Llegué en un mes de enero y estaba a -25 grados, tuve miedo de salir por mucho tiempo. Solo corría de edificio a edificio para evitar el frío o para meterme en algún automóvil de alguien que se apiadara de mí. La sensación que da ese frío es una especie de ardor en la nariz, orejas, dedos de las manos y los pies, que se quita un rato después de volver a la temperatura normal”, resalta Jaime.

Poco a poco aprendió que la mejor forma de combatir las bajas temperaturas es con mucha ropa. De hecho, el primer consejo que recibió por parte de los canadienses fue vestir en capas.

“Una capa de camiseta y calzoncillo largo térmico, luego la ropa normal que uno vestiría, como la camisa y pantalón de vestir. Encima uno puede usar un suéter y finalmente un abrigo grueso que en sí mismo incluye al menos dos capas gruesas de material”, detalla este costarricense.

El invierno es crudo en Brandon, Canadá, donde vive el tico Jaime Chinchilla.

Pero el atuendo no finaliza ahí. Jaime también debe usar guantes gruesos, gorro, bufanda, dos pares de medias, incluyendo unas térmicas, buenas botas para la nieve y un pasamontañas que le proteja el rostro.

Jaime también ha debido acostumbrarse a pasar muchas horas sin luz o muchas horas con luz, pues en el invierno la oscuridad es una compañera para todos, mientras que en el verano el sol aún reina a las 11 p. m.

Esta situación lo obliga a consumir suplementos o alimentos ricos en vitamina D, que la proporcionan los rayos solares.

“La calefacción está presente en todos los interiores, pero seca completamente la humedad del aire y la piel sufre mucho. Hay que ponerse crema varias veces al día o, literalmente, se empieza a despellejar. Además, se utilizan aparatos llamados humidificadores, para vaporizar agua y devolverle un poco de humedad al aire”, contó.

Jaime Chinchilla se desarrolla como músico en Canadá.

En el verano sucede todo lo contrario, pues la humedad es asfixiante, al extremo de dañar madera, paredes y objetos, como una guitarra que Jaime llevó desde Costa Rica, que acabó completamente rajada.

Otra curiosidad tiene que ver con los automóviles. Debido al clima extremo, todo aquel que es propietario no puede esquivar ciertas medidas para que funcione. Como apunta Jaime, allá el auto es una necesidad primaria, pero hacerlo funcionar en invierno es toda una odisea, debido al frío extremo.

“Tienden a fallar muchísimo más y a deteriorarse más rápido por los cambios de temperatura extremo y la sal de las calles que se usa para derretir la nieve. Hay que conectarlos a un toma eléctrico durante las noches para que el arrancador no se congele, pero incluso así, a veces no encienden”.

“Es obligatorio utilizar llantas apropiadas para la nieve, por lo que todos tienen dos juegos de neumáticos y aros, unos para el invierno y otros para el verano. Las ventanas y parabrisas amanecen con duras capas de hielo y hay que levantarse más temprano para dedicar tiempo a quitar el hielo o, a veces, desenterrar el carro de la nieve”.

Una vez Jaime se llevó un gran susto mientras conducía en esas riesgosas condiciones. El vehículo terminó atascado a un lado de la vía, por lo que ahora prefiere utilizar el autobús mientras prevalezca la nieve.

Así se ve Brandon, Canadá, durante el invierno.

Saborear las frutas que los ticos estamos acostumbrados también es un reto gigante para Jaime y su familia.

Asegura que la mayoría son importadas y de baja calidad, por lo que se dañan con rapidez, excepto las que son autóctonas como manzanas, uvas y melocotones. Una piña, por ejemplo, puede costar unos ¢3.000, mientras que el costo de un banano es cercano a los ¢615.

No todo son malas noticias. Enfatiza que los tubérculos son de excelente calidad, así como los granos. Además, resalta la oferta interminable de restaurantes y locales de todo tipo de comidas y de muchos países, debido a los migrantes.

Si usted se anima a visitar esa zona del planeta en el momento más frío, vaya bien abrigado y listo para disfrutar de actividades fascinantes, como patinar sobre ríos y lagos congelados. Dice Jaime que muchos de ellos han sido designados como zonas protegidas.

Aunque los idiomas oficiales de Canadá son el inglés y el francés, muchas personas hablan español, pues son migrantes.

Jaime Chinchilla y su esposa Erika en el Parque Nacional Bannf.

Este compatriota enumera una serie de ventajas de vivir en ese lugar, más allá de la seguridad. Por ejemplo, el propio gobierno provincial o local se encarga de los servicios públicos, incluyendo el transporte, que consiste en buses, trenes, metros y tranvías. Por eso es que se paga un tiquete y puede desplazarse durante dos horas, sin importar si debe cambiar de unidad.

El transporte suele ser muy puntual y rara vez va repleto de pasajeros, por lo que las personas viajan con comodidad.

Eso sí, todos los residentes deben pagar impuesto de renta. Esto le permite a las autoridades otorgar hasta unos $500 (¢307.000) mensuales como subsidio al tener hijos. En total, el tributo salarial es del 20%.

También existe un seguro de desempleo, que se nutre de un rebajo que se le hace a cada trabajador, ya sea público o privado. Cuando alguien pierde el empleo, se aplica el seguro, que le proporciona un 80% de su salario hasta que vuelva a conseguir una oportunidad laboral.

A Jaime se le hace imposible suspirar cada vez que recuerda a su familia en Costa Rica. Es inevitable hacerlo aunque lo visiten de vez en cuando. La ventaja es que pueden conversar todos los días gracias a la tecnología.

Lo que sí no puede hacer es saborear ciertos platillos ticos, así como frutas y verduras frescas.

Pese a ello es muy feliz y poco a poco va cumpliendo sus sueños en el campo musical, en un país que le abrió las puertas de par en par.

Todas mis notas en este link.

Esta es la quincuagésima segunda historia sobre costarricenses que dejaron su país por diferentes circunstancias, se adaptaron a otra tierra, pero guardan el cariño por sus raíces.