Por: Esteban Ramírez.   29 diciembre, 2017

Me resisto a desear y a recibir abundancia dentro del paquete de buenas intenciones que suele acompañar el inicio de un nuevo año. No es que sea mal agradecido, ni quiero que suene a pedantería. Es que de un tiempo para acá cuestiono con más severidad el sentido y la extraña fuerza que nos empuja a llenarnos de tantas posesiones y chucherías, muchas de ellas inútiles. ¡Con qué facilidad podemos atiborrar nuestras vidas de chunches!

En mi caso, la evidencia más clara yace en unas cuantas cajas sin abrir que guardo en el garaje de la casa, producto de la última mudanza, es decir, de hace casi cuatro años. Raras veces he tenido la necesidad real de acudir en busca de algo que ahí se encuentre, y sin embargo, no me había llegado a pasar ni de lejos la idea de deshacerme de todo o parte de ese cargamento.

No obstante, de un tiempo para acá me ha comenzado a intrigar el camino que lleva hacia una existencia sin tanto lastre.

Estoy claro en que no quiero transformarme en un asceta, pero sí me gustaría iniciar un proceso de limpieza y por eso comencé a revisar un poco sobre cómo algunas personas aprenden a vivir con menos cosas, un campo donde Internet es prolija en publicaciones, blogs y libros para ayudarnos a aligerar el exceso de equipaje.

Para comenzar echaré un vistazo en el ropero y la cochera, pues ambos son el escondrijo ideal para muchas de las cosas que dejaron de tener sentido (o nunca lo tuvieron). Imagen con fines ilustrativos.
Para comenzar echaré un vistazo en el ropero y la cochera, pues ambos son el escondrijo ideal para muchas de las cosas que dejaron de tener sentido (o nunca lo tuvieron). Imagen con fines ilustrativos.

Esto del enfoque de vida minimalista tiene tanto de moda como de sentido común. En muchos casos, quienes optan por resumir su lista de pertenencias a 100, 50 o 25 artículos toman esta decisión porque en algún punto de su existencia llegaron a la convicción de que sus posesiones eran tantas que en lugar de sumarles más bien les restaban.

La razón es que los haberes comienzan a consumir espacio vital en nuestras casas; la tarea de limpiar y organizar nos roba tiempo valioso y la tenencia de ciertas cosas puede convertirse en motivo de angustia más que de placer: esos zapatos que me costaron carísimos, solo me puse una vez y ya pasaron de moda; los ocho libros que compré en el último remate y que siguen envueltos en plástico...

Insisto en que el sentido de esto no es entrar en una vida de privaciones; se trata de mejorar el uso de nuestros recursos, sean estos espacio, dinero, tiempo o emociones.

Por eso, así como algunos se proponen bajar de peso, ahorrar dinero, hacer ejercicio o estudiar algo nuevo, un buen plan (y mi propósito) para el 2018 es comenzar a sacar de mi vida algunas cuantas cosas.

Para comenzar echaré un vistazo en el ropero y la cochera, pues ambos son el escondrijo ideal para muchas pertenencias que dejaron de tener sentido (o nunca lo tuvieron). Dicen que esto ayuda en dos vías: por un lado permite detectar lo que ya no necesitamos y por otro, adquirir noción de lo que tenemos para controlar mejor nuestros impulsos de compra.

Decidirse a desechar, reciclar, vender o regalar objetos puede ser una decisión difícil, porque al final terminamos por encontrar un uso potencial o entablar un lazo afectivo con las cosas.

Una solución, de acuerdo con los especialistas en este tipo de purgas, es crear una caja intermedia donde vayan a dar aquellas cosas que aún no estamos seguro de querer desechar, y revisar con ciertas frecuencia su contenido. Puede ser que algunos artículos resistan la primera inspección, pero al cabo de los meses y varias revisiones después, la decisión de conservar o dejar ir esa lámpara, florero o traje entero puede ser más sencilla de tomar.

Que este año que viene sea de menos cosas, pero todas de alto valor.