Esteban Ramírez. 16 noviembre, 2018
En esencia, la aplicación es fenomenal. En ella encontramos mensajería gratuita, simple, bastante segura y confiable. El ícono verde con un teléfono encerrado en una burbuja de diálogo abre un pasadizo a la autopista de información más popular de Costa Rica. Imagen de archivo datada el 7 de abril del 2016 del logotipo de la aplicación WhatsApp en un teléfono móvil, en Taipei, Taiwán. EFE/Ritchie B. Tongo
En esencia, la aplicación es fenomenal. En ella encontramos mensajería gratuita, simple, bastante segura y confiable. El ícono verde con un teléfono encerrado en una burbuja de diálogo abre un pasadizo a la autopista de información más popular de Costa Rica. Imagen de archivo datada el 7 de abril del 2016 del logotipo de la aplicación WhatsApp en un teléfono móvil, en Taipei, Taiwán. EFE/Ritchie B. Tongo

WhatsApp es de esos ámbitos de la vida moderna capaces de despertar en mí sentimientos encontrados: de gran dependencia y apego la mayor parte del tiempo, pero también, de vez en cuando, estar tan conectado con el mundo puede desembocar en desconcierto y frustración.

Creo que no estoy solo en el mundo. El otro día conversaba con varios conocidos y uno de ellos se quejaba de su vecino, una buena persona, cuya misión diaria era reenviarle, básicamente, cuanto mensaje motivacional, meme y video podía. “¿Cómo bloquearlo sin parecer hostil?”, se lamentaba mi contertulio.

Construir redes sociales útiles, entretenidas, eficientes, respetuosas no es un reto menudo. Es posible que tengamos que establecer, como colectivo, normas básicas de conducta que mejoren la convivencia. Algo así como un código no escrito, de dominio público y de sentido común para quien decida matricularse en la más popular de las redes sociales que usan los costarricenses: el 83% de quienes habitamos el país utilizamos WhatsApp, nos revela el estudio Latinobarómetro 2018.

En esencia, la aplicación es fenomenal. En ella encontramos mensajería gratuita, simple, bastante segura y confiable. El ícono verde con un teléfono encerrado en una burbuja de diálogo abre un pasadizo a la autopista de información más popular para el intercambio de textos, fotografías, audios, emojis, direcciones, contactos y hasta pesados videos.

En WhatsApp también está el clásico redistribuidor de noticias falsas; y el que lanza andanadas de videos, causando que el plan de datos, el tiempo de la víctima y el espacio disponible en su celular nunca sean suficientes.
En WhatsApp también está el clásico redistribuidor de noticias falsas; y el que lanza andanadas de videos, causando que el plan de datos, el tiempo de la víctima y el espacio disponible en su celular nunca sean suficientes.

Su efecto multiplicador es poderoso. La posibilidad de crear grupos para todo tipo de ocasiones y entornos habilitó una nueva dimensión en la masificación de la información y la construcción de comunidades de todo tamaño, construidas sobre lazos de índole afectivo, laboral, comercial, vecinal y de ocio, solo por citar algunos pocos.

Hace unos días la campanada en mi teléfono anunció la llegada, casi en tiempo real, de un video de mi hijo de meses, disfrutando su primer bocado de alimento sólido; por ahí también recibieron mis más allegados las primera fotos del recién nacido, aún empapado y comenzando a explorar la vital mecánica de respirar con sus propios pulmones. En esos momentos, para mí la ternura viaja encriptada por la red.

Pero “La Fuerza” (como en la saga Star Wars), tiene un lado oscuro, uno que se alimenta del mal uso que hacemos del WhatsApp y que desgraciadamente es más poderoso de lo que pensamos.

Es el chat de vecinos que un día se unen para embellecer un parque del barrio y al otro se están peleando porque los perros hacen sus necesidades en las áreas públicas. Son los resentidos porque la comunidad no responde de inmediato a sus mensajes; quienes se ofenden porque un disidente abandonó la conversación, o el que se siente con el derecho (o la obligación) de enviar alguna tontería a las 2:00 a. m. pues presupone que quien no quiera ser perturbado tiene la obligación de apagar el teléfono.

También está el clásico redistribuidor de noticias falsas; y el que lanza andanadas de videos, causando que el plan de datos, el tiempo de la víctima y el espacio disponible en su celular nunca sean suficientes. Hay más casos. En todos ellos WhatsApp se transforma en una especie de Torre de Babel donde, –a diferencia del relato bíblico–, todos hablamos el mismo idioma, pero igual nos entendemos poco.

En WhatsApp también debe privar la responsabilidad, tolerancia, el sentido común y reglas básicas de convivencia.