Esteban Ramírez.   23 marzo

Quién sabe qué clase de artefacto o servicio estará vendiendo Intel dentro de 20 años, pero es un hecho que será algo muy distinto a lo que vende hoy. De lo que sí podemos tener certeza es que, para atraer y retener en el país a esta y otras compañías de similar calibre, habrá que aplicar una mezcla de juego de cintura y visión de largo plazo.

24 de febrero del 2016. Estudio de GNMedios. Fotos para la columna del periodista Esteban Ramírez. Foto: Albert Marín.

A finales de febrero pasado la empresa estadounidense anunció despidos en su operación local, de los cuales brindó pocos detalles pues no reveló ni la magnitud del recorte, ni el perfil de los trabajadores afectados.

A raíz de este evento, La Nación publicó el martes de esta semana un reportaje titulado Intel se afianza en Costa Rica mediante la exportación de conocimiento, cabe decir que un poco con el objetivo de mostrar el estado de salud de la operación local y alejar posibles fantasmas de hace cuatro años, cuando la empresa cerró su planta de manufactura de procesadores.

Hoy funciona en Costa Rica un Intel muy diferente al que conocimos antes del 5 de abril del 2014. Las instalaciones son laboratorios de pruebas, dedicados a la validación de los componentes y plataformas antes de su producción masiva; también se proponen nuevas generaciones de productos basados en los actuales, que incorporan las sugerencias de los clientes.

Me cuentan que las puertas de las antiguas bodegas de la planta, en La Ribera de Belén, ahora dan a un parqueo y están obstruidas por vehículos: la empresa ya no exporta ni un tornillo; vende puro conocimiento.

La adaptación se evidenció en la capacidad del país para dotar a Intel de personal capacitado para las nuevas demandas del laboratorio. La visión de largo plazo es imprescindible para entender hacia dónde van, y qué necesitan Intel, pero también Amazon, IBM, Convergys, Boston Scientific, Edwards Lifesciences y tantas otras empresas de inversión extranjera.

Hace 20 años, el 18 de marzo de 1998, comenzó a operar la planta CR-I de Intel Costa Rica y a los pocos días salieron de sus líneas de ensamblaje y prueba los primeros procesadores Intel Pentium II. Se hablaba que ocho de cada 10 computadoras del mundo tendrían en su interior un microprocesador fabricado y evaluado en Costa Rica.

Un técnico de Intel sostiene una lámina de silicio de 12 pulgadas de diámetro con cientos de procesadores Pentium 4 de 3 gigahertz. La empresa fue en algún momento, la responsable del 20% de las exportaciones de bienes de Costa Rica.

La inversión de Intel en aquel momento fue de $500 millones pero se multiplicó con el paso de los años, lo mismo que su planilla, que pasó de 500 a 2.800 empleados en el apogeo de su producción; esta compañía llegó a representar el 20% de las exportaciones del país.

Lo que pasó más adelante es historia conocida. La computadora de escritorio entró en declive y se abrió una nueva era en el uso de las tecnologías, donde los teléfonos inteligentes y las tabletas se adueñaron del mercado, con procesadores muy potentes, pequeños, económicos y de bajo consumo de energía, así que Intel tuvo que hacer un viraje hacia otras áreas de producción, con despidos masivos y resultados muy variables.

Los chips aún son su principal producto, solo que ahora la empresa se enfoca también hacia la computación en la nube, el Internet de las cosas y los automóviles sin conductor. Por eso aquí estamos casi obligados a mirar hacia allá si es que queremos tener a Intel – y otras tantas empresas– por 20 años más.