Por: Esteban Ramírez.   7 septiembre
24 de febrero del 2016. Estudio de GNMedios. Fotos para la columna del periodista Esteban Ramírez. Foto: Albert Marín.

Creo que llegó el momento de conversar seriamente, en el seno de cada una de nuestras familias, si estamos preparados para enfrentar un periodo de mayor estrés económico.

Uno ve con frustración, cómo el proyecto de reforma fiscal sucumbe a la anemia infligida por los piquetes de todos los sectores; cada uno, convencido de que su aporte a la sociedad o a la economía es demasiado valioso como para dejarse arrebatar ese privilegio salarial, permitir el retiro de una exoneración vitalicia o la imposición de una carga tributaria un tanto más alta.

El barco llamado Costa Rica hace agua y todos estamos achicando, pero hacia cubierta.

Mientras tanto, el déficit fiscal dejó de ser “el coco” para convertirse en un personaje que se asoma por aquí y allá. Hoy, Hacienda corre en busca de recursos para pagar aguinaldos; mañana, tiene que “jugar al límite del reglamento” para honrar los vencimientos de sus bonos de deuda. Los problemas de liquidez del Gobierno son cada vez más difíciles de disimular.

La discusión fiscal, por si fuera poco, está a punto de salirse de los linderos de la Asamblea Legislativa, y pasar a las calles. Las llamadas a huelga se traducirán en interrupción de servicios, bloqueos en las vías y un clima de inseguridad que afecta la productividad de las empresas, la bonanza del turismo y la movilidad de las personas, no importa si andan en taxi, o en Uber.

Porque eso es lo que provoca la crispación social. Afecta todo. Causa perjuicios a la zona franca, aunque todas las demás ventajas se mantengan incólumes. Atribula al trabajador cuando se dirige a su faena diaria y a la niña que va rumbo a la escuela.

La producción comienza a crecer más lento y los pronósticos se revisan a la baja una y otra vez. El consumo de los hogares se restringe, el gasto del Gobierno también, y en el sector privado esas señales no tardan en llegar: se paralizan inversiones y contrataciones y se recortan gastos no esenciales.

El crédito se desacelera, en parte por falta de demanda, en parte porque el déficit financiero del 7,2% en el Gobierno, todo se lo consume. La mora en los préstamos no se hace esperar, y entonces tenemos noticias como la de esta semana, donde el atraso de los deudores del sistema financiero crece desde hace 16 meses.

Sin embargo, no podemos abandonarnos a la corriente. Hay que revisar las finanzas caseras, identificar la cuantía y procedencia de nuestros recursos, separar los gastos esenciales de los prescindibles y atender las deudas riesgosas. Son temas difíciles de abordar, se requiere disciplina, sacrificio e inventiva, pero la coyuntura lo amerita.